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Crítica:
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

"El coleccionista" de William Wyler

Las cinco películas para el fin de semana son ya un recurso habitual en la programación para reforzar el grado de interés de la audiencia. La discreta comedia No estamos casados tiene especial atractivo para los mitómanos; Marilyn Monroe aparte, el mejor de los sketchs es el que interpretan Ginger Roaers y Fred Allen. Lo de Atila, frente a Roma, comercialmente estrenada también con el obvio título de Atila, rey de los hunos, es una pintoresca versión de Hollywood sobre los romanos, inevitablemente seudohistórica y quizá agradable para los aficionados al cartón-piedra. Vienen después Sherlock Holmes en Nueva York, con Roger Moore («El Santo») en el papel del famoso detective para un subproducto destinado exclusivamente a la televisión, más dos westerns: Forajidos de río Bravo, donde el experto Gordon Douglas está muy desmejorado, y El más fabuloso golpe del Far West, un pésimo producto nacional de José A. de la Loma.La historia de un maníaco que incorpora una mujer a su colección de mariposas, El coleccionista, de William Wyler, queda hoy como un lej ano ( 1965) íncubo fredudiano, pero con suficientes niveles para que sea lo más interesante de la programación.

Cuando William Wyler dirigió El coleccionista tenía atrás justo cuarenta años de buen oficio, en los que, aun cultivando el eclecticismo de estilos, se distinguió por dignificar el melodrama, lo épico (incluida la etapa en que fue premiado con el grado de mayor de las Fuerzas Aéreas) y el western.

La película se basa en la primera novela de John Fowles y constituye una variante psicologista del género de suspense. El protagonista, Freddie (Terence Stamp), se permite el lujo de raptar a una joven estudiante de arte (Samantha Eggar) gracias al dinero de las quinielas. El tímido y complicado coleccionista siente por la chica el mismo amor que por las mariposas: poseerlas para contemplarlas en una vitrina, para admirarlas; quizá por eso, para dar juego a la etimología, la joven responde al nombre de Miranda. Freddie sustituye la vitrina por el sótano de la casa, y Wyler no aparta la cámara de esos cuatro muros y de los dos personajes, enfrentados en un loco encuentro. La claustración física y la incertidumbre sobre el desenlace de la historia son subrayados por la indefinición fotográfica de los contornos, por la deliberada elección de colores sucios que acentúan la existencia subterránea de la pareja. De hecho, el impecable artesano William Wyler estuvo desde 1941 muy interesado en la composición fotográfica y, en particular, vinculado al desarrollo de la profundidad de campo en el cine. La sobriedad de la banda sonora, con largos compases de silencio, añade a la minuciosa realización el valor de crear 119 minutos de tensión.

Mientras la primera parte del filme se sostiene gracias a la ambigüedad del maníaco, ilusionado con la posibilidad de ser amado, Wyler recurre, cuando avanza la segunda parte, a los clichés comerciales, con un final poco convincente.

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