Del Bosque sufre más negociando con Porta que jugando contra el Hamburgo

La imagen tranquila, sosegada y serena de Vicente del Bosque cambió en el transcurso de las negociaciones con Porta y su federación por el tema de la huelga. «Sentí más impotencia e indignación que cuando perdí los nervios y le di el mamporro a Keegan en Hamburgo. Me subleva que se diga que la federación actúa como mediadora y que piensa en los aficionados. Es una mentira demagógica». Del Bosque ha asumido su papel de jugador de un equipo grande que debe dar la cara por sus compañeros. Ante el futuro inminente, se muestra escéptico y pesimista. «Nos están empujando a la huelga. Y parece que les interesa».

El hombre de zancada lenta, pero mente ágil, aún no ha templado sus nervios estos días. Durante varias horas sufrió el viernes pasado, junto con otros compañeros, la disyuntiva de que una decisión suya podría dejar sin fútbol al país, por segunda vez en menos de dos años. «Soy una persona bastante nerviosa, aunque la gente pueda sonreír y no creérselo. Me cuesta mucho dormir cuando tengo algún problema o estoy preocupado por algo. Pero lo de estos días ha superado todo».Descubrir y hacer estallar los nervios de Del Bosque ha sido virtud esencial de Pablo Porta. Un mérito, sin duda. «Me indignó tanto la postura de la federación que estallé. El primero que me puso un micrófono delante se llevó una sorpresa al oírme las cosas que dije». Han pasado varios días y Del Bosque mantiene el mismo criterio, consciente de que las negociaciones siguen sin ir por buen camino, al menos por una de las partes implicadas. «Ojalá me equivoque, pero temo que dentro de un mes las cosas van a seguir igual. No creo que en la asamblea se apeen del burro».

Dos temas conflictivos: el económico y el de los sub-20. Del Bosque los tiene claros. «Lo de las deudas no hay ni que reiterarlo. Todos los años ocurre lo mismo. La federación no puso nada de su parte para arreglarlo. Al final, incluso Agustín Domínguez, secretario de la federación, me dijo que ya tenía preparados los telegramas para enviar a los clubes cuando faltaban varios millones por resolver. No les importaba lo más mínimo que hubiera fútbol o no. Esa fue la impresión que daban. Claro que Agustín es un empleado; no tiene poder. El no es quién para tomar una decisión. Pero me fastidiaba esa tranquilidad. Tienen a un directivo, Monleón, que creo que es director de un banco, y ni siquiera tenían confianza en avalar unas letras que nosotros debemos aceptar». «Me parece una medida absurda lo de los sub-20», añade Del Bosque, «es poco seria y claramente perjudicial, incluso para los propios jugadores inmersos en ella. Pero sigo sin entender una cosa: si Porta y los directivos de clubes piensan que es magnífica, me pregunto para qué necesitan que sea obligatoria. Luego acusan a la AFE de que pretende acabar con la juventud, que no piensa en los aficionados. Es el colmo de la demagogia. Son ellos los que no parecen dispuestos a adoptar decisiones con sentido común».

Hablar con Porta. He ahí la cuestión. Terrible dilema que da que pensar a Del Bosque. «Es que habla de una forma que pretende envolverte. Admito que en un principio da la imagen de tener poder de persuasión, y él lo sabe. Por eso maneja a muchos presidentes de clubes, mueve a casi todo el mundo. De mediador, nada. Pero a mí no hay quien me saque de que los futbolistas tenemos razón. Y creo que él también lo sabe. Pero no se enfocan los problemas de fondo; se desvía la atención. Por un lado se afirma que la AFE es válida, pero eso es una frase hecha. Últimamente están intentando desprestigiar a las personas. De mí, algunos dicen que ya soy un muerto, que menos hablar y más correr. Del otro, que si gana tanto. Del de más allá, que es del PSOE. No me parece serio».

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 20 de septiembre de 1980.

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