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Gente

«¡Uy!, mira, ese señor lleva peluca.» Las niñas que exclamaron esto veían, acaso, una peluca por primera vez en su vida. Eran españoles de principios del año 1976, cuando la peluca no había entrado aún en la mitología política nacional. Ante ellas, acariciándo su peluca desarreglada, Santiago Carrillo entraba en Madrid. Lo cuenta Joaquín Bardavío en su libro Sábado santo, sábado rojo, del que mañana EL PAIS Semanal da un adelanto.

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