El escándalo de la cruz
Como ciudadano y como cristiano, quisiera agradecer públicamente al partido que defiende la no inclusión de la Iglesia (sic) católica en el texto constitucional. Como con los partidos laicos del siglo pasado respecto a los poderes económicos de la iglesia de su tiempo, por ejemplo, o con el movimiento obrero, respecto al patrocinio eclesiástico de los gremios, primero, y del sindicalismo amarillo, después, el Partido socialista, en esta ocasión, tiene ganado un puesto de reconocimiento de aquellos creyentes que queremos una Iglesia pobre, incluso legalmente, tal como la quiso Jesús de Nazaret.La excusa ofrecida -son «otros» los que proponen tal inclusión-, es eso, excusa. Y da pena, tristeza, hondo cavilar, que la supuesta neutralidad de lajerarquía eclesial no intervenga en esta ocasión para rechazar esa posición de privilegio en que, según las apariencias, otros la quieren colocar. Argumentos no faltan. Los cívicos los ofrece el partido mencionado y no hay por qué traerlos aquí. Los llamados históricos -el péso de la Iglesia oficial en el acontecer hispano desde siglos-, deberían llevarla hoy, ahora, en este momento, a un acto de humildad, de auténtica reconciliación cón el pueblo al que dice -y creo que quiere- servir y optar, por el camino contrario al que le quieren llevar. Así, en lugar del puesto oficialmente preeminente, siempre distante de la España real en este país, hablaría la elocuencia de los hechos, la verdad de las obras. Y, además, ¿para qué? ¿Para qué ha servido tener todo el poder terreno a su alcance, en otros siglos o estos últimos cuar - enta años? ¿Acaso así ha manifestado mejor la fuerza de lo débil, que nos recuerda San Pablo, o el escándalo de la cruz? Querría poder gritar, ponerme delante de los diputados y senadores con un par de carteles, soñar que todavía es posible una socie dad en la que cada uno es el que es.
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