La democracia, en peligro
SERIA UNA ingenuidad ocultamos que el país vive pendiente de un atentado, de una provocación política. Las medidas de seguridad y protección personal arbitradas sobre relevantes personalidades de la Iglesia, de la oposición, del sindicalismo atmósfera de provocación con base real. El primer aniversario de la muerte del general Franco puede quedar en legítimo recordatorio de sus partidarios o en enfrentamiento ciudadano entre demócratas y antidemócratas. Bajo esta perspectiva o presentimiento es legítimo rechazar de antemano cualquier pretensión de brutalidad.Extremistas de distinto origen coinciden en estos días en un punto: la necesidad de romper la salida pacífica hacia una fórmula de democracia europea. Para unos es el fin inevitable de una etapa, prolongada artificialmente por la inercia legal. Para otros, asoma el fantasma de la estabilidad, esto es, la imposibilidad de que la revolución permanente continúe siendo, durante años, un slogan sin traducción real posible.
Atención, pues, a estos días: a los atentados, como los sufridos por entidades culturales. A los asesinatos, como el perpetrado contra el señor Araluce y sus acompañantes, en pleno centro de San Sebastián; al tráfico de terroristas y mercenarios de distinto pelaje y al renacimiento de la anticuada dialéctica de los puños y las pistolas.
El mundo del trabajo ha dado en estos días varias señales de sensatez: la huelga de ayer -cuyo seguimiento parece no muy amplio pero sí considerable, aunque las informaciones sean todavía contradictorias- se ha llevado a efecto con orden, sin alteraciones serias, con buen espíritu cívico. Habría que desear lo mismo de todos los españoles que, en uso de su legítimo derecho, quieren rendir homenaje al general Franco en el primer aniversario de su muerte. Ese derecho es sagrado, pero no se debe tolerar su manipulación en favor de una regresión política. Conviene lo sensato: dejar a Franco descansar en paz y no hacer de su memoria una bandera de enfrentamiento civil.
En los procesos políticos como el que está viviendo España hoy suele existir un punto de no retorno, para decirlo con un barbarismo anglosajón. A partir de él, todos los intentos para sabotear la democracia resultan inútiles. A más de que sirven para afianzar la conciencia colectiva y despejar los riesgos de paso atrás. España está a punto de alcanzar esa línea divisoria. A estas alturas es difícil pensar que cualquier sector responsable vaya a dejarse cazar en una trampa o en una provocación.
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