Sydney McLaughlin bate su récord del mundo de 400m vallas

La atleta californiana superó en la última recta de la final a su compatriota Dalilah Muhammad, la campeona de Río 2016 y Doha 2019

Sydney McLaughlin, en primer término, en la final de los 400m vallas en la que batió el récord mundial.
Sydney McLaughlin, en primer término, en la final de los 400m vallas en la que batió el récord mundial.David J. Phillip (AP)

El fuego apaga el fuego, le roba el oxígeno, explican los bomberos, y el hierro se afila con hierro, dicen los afiladores y afirma Sydney McLaughlin, 21 años, Los Ángeles, California, que acaba de batir su récord del mundo de los 400m vallas en la final olímpica: 51,46s, 44 centésimas menos que los 51,90s que ella misma había fijado como plusmarca mundial hace un mes en Oregón.

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Es el tercer récord mundial que se bate en seis días de atletismo en los Juegos de Tokio, la ciudad que responde a las expectativas. Como el de triple salto de Yulimar Rojas el domingo (15,67m), lo consigue una mujer, una profesional del atletismo desde niña a la que entrena Bob Kersee, el técnico de la eterna y dulce Allyson Felix. Como el de los 400m vallas de Karsten Warholm (45,94s) el mediodía anterior, y su pelea con Rai Benjamin, lo consigue una rivalidad, un duelo entre las dos mejores de la historia. Y en Tokio ya nadie se asombra.

McLaughlin, que ya fue olímpica en Río a los 17 años, es de hierro como de hierro es también Dalilah Muhammad, de Nueva York, 10 años mayor, anterior plusmarquista y campeona olímpica en Río, que agarra la final como si fuera la última carrera de su vida, el último desafío, y muere en la décima valla.

Hierro contra hierro. Chispas. Fuego.

Y de las chispas nace la luz. La inmolación. Muhammad, la mayor, ha buscado recuperar su récord y lo único que ha conseguido es llevar de la mano a la joven, a McLaughlin. Se ha sacrificado. Ha guiado toda la carrera, desde la salida, a McLaughlin, que, incluso, tropieza un poco en la novena valla, y en la décima valla ve cómo la que la seguía se pone a su altura, y, más fresca, más fuerte, en la última recta, los últimos 40 metros que se hacen infinitos para quien quiere ganar, la adelanta. “Estoy absolutamente encantada. Qué gran carrera”, dice McLaughlin. “Vi a Dalilah delante de mí con una valla para acabar y solo pensé que tenía que hacer mi carrera. Las vallas nunca empiezan hasta la séptima. A partir de ahí, lo di todo”.

Como Benjamin la víspera, tantas cosas se repiten sobre la pista que rebota en Tokio, el calor (32 grados), la humedad (67%), también Muhammad (51,58s) habría batido el récord del mundo anterior, también queda insólitamente segunda. Y Femke Bol, la fenomenal neerlandesa de 21 años, tan peculiar y efectiva su forma de correr, tan largas sus piernas, logró una marca (52,03s, nuevo récord de Europa, superando los 52,34s de la rusa Yuliya Pechonkina desde 2003), que le habría dado la medalla de oro en todos los Juegos Olímpicos hasta Tokio, 20 disputados. “Como en los hombres, cualquiera de las tres primeras habría ganado cualquiera de los Juegos Olímpicos anteriores”, dijo Muhammad, gentil derrotada. “Estoy muy orgullosa de formar parte de esta historia y más orgullosa aún de mi compañera de equipo Sydney”.

También saltaron chispas en el anterior gran duelo entre las estadounidenses, entre la niña prodigio McLaughlin, la Shirley Temple del atletismo podría decirse, o la Judy Garland, y la atleta madura Muhammad. También hubo fuego, y luz. Y allí bailó Muhammad, a quien McLaughlin empujó hasta la victoria con un primer récord mundial (52,16s). McLaughlin, la prodigio, le llegó a cuatro centésimas y le quedó el peso tremendo de las expectativas del mundo frustradas, porque el mundo siempre quiere que gane la más joven, la más excepcional. Y McLaughlin superó todo, y ya más madura, aún muy joven, alcanzó el éxito que los demás le habían pronosticado y exigido.

Para ello, explica, se pasó la primavera corriendo los 100m vallas, sobre obstáculos más elevados (siete centímetros más altas son las vallas de los 100m que las de los 400m, que miden 76,2 centímetros), porque Kersee, el marido de la plusmarquista mundial de heptatlón Jackie Joyner, y cuñado, así, de Florence Griffith, la elite técnica de la velocidad en Los Ángeles, quería que ganara en fuerza, en ritmo, en velocidad. “Siente el ritmo de ir más rápida”, le pidió Kersee, como si fuera un maestro de baile. Y veloz sobre las vallas bailó la última danza.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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