Laporta y las ganas de no volver a verlo
No es fácil enfrentarse al hombre que convierte la tierra quemada en jardín y logra sacar de quicio al madridismo con apenas una sonrisa


Todo parece indicar que el sentimiento no era mutuo cuando Laporta mandó colgar aquella lona en el corazón de la Castellana con el lema, ya icónico, de “Ganas de volver a veros”. El golpe de efecto se hizo notar en el ánimo del socio culé, un tanto abatido por el desmoronamiento del proyecto propio y el dominio reinstaurado del máximo rival: con muy poco dinero y bastante dosis de jeta, el favorito en todas las encuestas asestaba un directo casi definitivo a sus principales competidores y removía el avispero del día a día en la capital. “Al menos lo ha escrito en castellano”, declaraba una señora con pinta de venir de la compra a unos reporteros de televisión.
Han pasado más de cinco años desde entonces y las urnas vuelven a calentar motores para elegir al próximo presidente del Barça, otra vez con Laporta como gran favorito pese al esfuerzo, casi titánico, de Víctor Font por presentarse como una alternativa real de cambio. No es fácil enfrentarse al hombre que convierte la tierra quemada en jardín y logra sacar de quicio al madridismo con apenas una sonrisa, la misma con la que suele afrontar la ingesta de un buen chuletón o los días de partido. Luchar contra la felicidad es como avanzar por el campo de batalla pegándose tiros en ambos pies, y nada parece indicar que el soci, al menos de forma mayoritaria, esté dispuesto a renunciar a la suya por aventurarse en el terreno siempre desconocido del día después: por eso el único camino que podría apartar a Laporta del palco pasa por destruir el encantamiento y convertir al orondo príncipe en rana.
En eso se afana una oposición que no siempre se presenta a las elecciones. En Barcelona, pero también en Madrid, donde hasta los andares de Laporta se perciben como una afrenta insoportable. Llegó el tiempo del escándalo, si es que alguna vez se fue, de ahí la proliferación del término en casi cualquier noticia que tenga que ver con el club azulgrana, incluida la aparición de una pobre rata por las obras del nuevo Camp Nou. “Acabarán pidiendo hasta la dimisión de CAT por dejación de funciones”, me dice un amigo culé que suele recopilar este tipo de noticias por puro divertimento, una especie de álbum de los horrores donde hasta Frankenstein se deja grabar cantando el himno de Jabois. Y no es malo para Laporta tanto exceso en la persecución: cuando todo es un escándalo, nada lo es, ni siquiera aquello por lo que, a estas alturas, ya debería haber ofrecido algo más que explicaciones.
Hace años, en Pontevedra, el candidato del Partido Popular se agarró a la presencia de algunas ratas en las calles para pedir la dimisión del alcalde. Es un tema recurrente en campañas electorales de todo tipo, símbolo clásico de la suciedad, las corruptelas y hasta la traición, sobre todo en el lenguaje de la mafia. “¿Pero qué problema tienen con las ratas?”, replicó uno de los concejales al candidato. “Las ratas hacen su trabajo, no como ustedes”. Alguna lección se puede extraer de todo aquello, supongo, y la primera bien podría ser que un palomo no hace verano, palabra de Cruyff. Derrotar a Laporta exigirá algo más que siete plagas, un diluvio universal y la publicación de un documento falso sobre una supuesta cuenta de gastos en el club Cupido. Y mucho más que el mero deseo, sincero y hasta comprensible, de volver a perderlo de vista: las urnas dictaminarán con quién se queda el socio y quién con las ganas. Nada más, pero tampoco menos.
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