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De Laurentiis, el último ‘padrone’ del calcio

El presidente del Nápoles gestiona el club con una mezcla de intuición genial y despotismo que le coloca en el abismo un año después del histórico ‘scudetto’

Aurelio De Laurentiis en el césped del Estadio Diego Maradona, un día antes de que el Nápoles enfrente al Barcelona.
Aurelio De Laurentiis en el césped del Estadio Diego Maradona, un día antes de que el Nápoles enfrente al Barcelona.NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)
Daniel Verdú

Una mañana de verano en 2004, Aurelio de Laurentiis desayunaba en una terraza de Capri, la isla donde toda su familia veraneó siempre. En el periódico había una suerte de edicto en el que se anunciaba el concurso de acreedores de la sociedad que administraba el club de fútbol Napoli. Él, que a lo sumo le había interesado el baloncesto y no tenía ni pajolera idea de aquel deporte, pensó que podía ser una aventura divertida y un buen negocio. “No quedaba nada, solo una afición y un logotipo. Y había una subasta para comprar un trozo de papel”, recordaba en una entrevista con EL PAÍS. Desembolsó 33 millones de euros y en tres años subió al equipo a la Serie A. El resto de sus éxitos son historia. Pero también el de sus salidas de tono, enfados y manera de gobernar un club algo despótica. El lunes por la noche, con 29 puntos menos que la temporada anterior y a 48 horas del encuentro de octavos de final de la Champions con el Barça, liquidó al segundo entrenador de esta temporada.

De Laurentiis, que vive a caballo entre Roma y Nápoles, es el último presidente/propietario forjado a la vieja usanza del calcio. Una suerte de padrone 2.0 que recuerda a aquellos Cragnotti, Berlusconi o Moratti que se adueñaron del fútbol en los años 90. Grandes hombres de negocios que pusieron su fortuna al servicio de los equipos y convirtieron el calcio en la referencia mundial, pero cuyos arrebatos emocionales y financieros también le dieron la puntilla. Hoy los fondos de inversión, especialmente estadounidenses, gobiernan el fútbol italiano y De Laurentiis se ha convertido en una rara avis.

Afamado productor cinematográfico, descendiente de la saga más importante de los años dorados del celuloide italiano -es sobrino del legendario Dino de Laurentiis e hijo de Luigi- se dedicó a un tipo de cine más comercial que sus familiares, pero con igual fortuna económica. Su idea al comprar el Nápoles, precisamente, era que la industria del fútbol debía regirse por unos patrones parecidos a la producción fílmica porque, al fin y al cabo ambos mundos son espectáculo y llegan al público principalmente a través de una pantalla. Y de algún modo, sus teorías, siempre pensando en la cuenta de resultados, funcionaron. Contratos largos, cláusulas de recisión y 100% de los derechos de imagen para el club. El año que ganaron de nuevo el scudetto, después de 33 años en blanco, De Laurentiis había vendido a los principales jugadores del club y había traído a una serie de desconocidos que pusieron en pie de guerra a la afición. Aquellos fichajes, sin embargo, resultaron ser extraordinarios futbolistas como el extremo georgiano Khvicha K’varatskhelia, el coreano Kim Min-jae o el nigeriano Victor Osimhen. Ganó dinero y títulos.

De Laurentiis, que siempre sufrió que su hazaña viviese a la sombra del gran Nápoles de Maradona, cree que casi todo es sustituible. Y esta temporada, sin embargo, intentó repetir la fórmula y permitió que Luciano Spalletti, el entrenador que había revolucionado el equipo con un juego fabuloso abandonase club. “Me equivoqué dejándole marchar”, aseguró hace unas semanas De Laurentiis subrayando una evidencia: en ocho meses el club lleva ya tres técnicos distintos, seis si contamos los otros tres del Bari, equipo que también posee. Una decisión que suele tomar sin consultar con nadie. El encargado ahora de preparar el partido de octavos de final con el FC Barcelona será Francesco Calzona, que seguirá siendo también técnico de la selección eslovaca: la primera vez que sucede algo así en el calcio.

La apuesta a comienzos de temporada para sustituir a Spalletti fue Rudi García, exentrenador también de la Roma. Sus números no fueron los mejores: 12 jornadas, 6 victorias, tres empates y tres derrotas. Le sustituyó Walter Mazzarri, que ya había entrenado al Nápoles entre 2009 y 2013. Y empeoró a García: 12 partidos, 4 victorias, 3 empates y 5 derrotas. Ahora llega Calzona, un eterno segundo entrenador que conoce muy bien la casa y ya formó equipo con Maurizio Sarri y con Spalletti. Calzona, hijo del estilo de juego ofensivo y del 4-3-3, se convirtió en entrenador de Eslovaquia gracias a la mediación del ex capitán del Nápoles, Marek Hamsik, que medió con la federación para que le fichasen después de atribuirle gran parte del mérito de la temporada en que el Nápoles estuvo a punto de conseguir el scudetto con un juego brillante. Y fue un éxito: la selección está clasificada para la Eurocopa de Alemania. La duda ahora es si su presencia, el úlitimo golpe de genio de De Laurentiis, logrará en solo 24 horas cambiar la dinámica del equipo para enfrentarse al Barça este miércoles.

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Sobre la firma

Daniel Verdú
Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.
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