Alienación indebida
Columna
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El riesgo de apostar por Dembélé

El francés es tan capaz de dinamitar a las defensas rivales con sus recursos de impulso electromagnético como de sembrar la confusión entre las propias filas

Ousmane Dembélé, en el partido contra el Celta en el Camp Nou.
Ousmane Dembélé, en el partido contra el Celta en el Camp Nou.Alejandro García (EFE)

Hay un niño en mi aldea que se pasea cinco días a la semana con la camiseta de Ousmane Dembélé, demostración de esa constancia que tantas veces hemos echado de menos en el delantero francés. Su contrato finaliza en unas pocas semanas tras cinco temporadas desconcertantes, capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo partido, siempre a medio camino entre la puerta grande y la enfermería. En esta última, por cierto, se ha pasado una buena parte de su estancia en Barcelona, golpeado por un sinfín de lesiones que algunos achacan a supuestos malos hábitos y otros al mal fario que impregna el día a día del club desde que Cruyff entregó su medalla de presidente honorífico: nadie sale indemne del insulto caprichoso al padre de todos los dioses.

Como al Joker de Heath Ledger, a Dembélé también se le podría definir como un agente del caos para lo bueno y para lo malo, tan capaz de dinamitar a las defensas rivales con sus recursos de impulso electromagnético como de sembrar la confusión entre las propias filas. Frente al Celta, sin ir más lejos, amargó la existencia a Javi Galán pero también a un Dani Alves que, a sus casi cuarenta años, lo abroncaba en cada pérdida como esos padres que entran en el salón y coquetean con el esguince de tobillo al pisar un sindiós de juguetes abandonados. “Para mí, Dembélé es como un niño pequeño”, dijo de él un Kevin-Prince Boateng que, para mí, valga la redundancia, era como una especie de adolescente resabiado, lo que por lógica debiera sembrar más dudas sobre el nivel de compromiso que cabría esperar del francés en caso de una hipotética renovación. “De un día para otro costó 150 millones y todavía no comprende cómo funciona esto”, remachaba. Determinar hasta qué punto tiene —o no— razón su antiguo compañero podría ser un buen punto de partida.

¿Cuánto dinero más está dispuesto a invertir el Barça en averiguarlo? Pues dependerá de cómo se interprete el verdadero potencial de Dembélé y de la caótica situación financiera del club, que podría verse tentado a ampliar su relación contractual no solo por cuestiones futbolísticas, sino también por las económicas. Después de un lustro esperando su eclosión en futbolista adulto, no parece descabellado arriesgar un tiempo más a la esperanza y asegurarse, ya de paso, la posibilidad de un futuro traspaso que aliviaría las arcas del club dejando tras de sí un poso de empate moral en todo esto, algo que no sucederá si se marcha con la carta de libertad y una foto de Josep María Bartomeu en el portarretratos oculto de la cartera.

Al niño de mi aldea, por cierto, tampoco le termina de convencer del todo Ousmane Dembélé. Lo sé porque se lo he preguntado, y las razones de su adhesión estética al siete azulgrana tienen más que ver con cuestiones prácticas que con cualquier tipo de idolatría: “Me la regaló mi padrino y se seca rápido”. Así deberían tomarse las decisiones en un club tan ciclotímico como el Barça, abocado en este asunto a morir de sed o ahogado en un vaso de agua: los riesgos inherentes de apostar —o no— por un agente del caos.

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