Comoras, el último cuento de hadas del fútbol

El minúsculo archipiélago africano sorprende en la Copa de África con un equipo que refleja la diáspora de un país con una historia tumultuosa

El delantero de Comoras Ahmed Mogni  celebra con sus compañeros el segundo gol de su equipo ante Ghana.
El delantero de Comoras Ahmed Mogni celebra con sus compañeros el segundo gol de su equipo ante Ghana.DANIEL BELOUMOU OLOMO (AFP)

El fútbol pone en el mapa a Comoras, un archipiélago del Océano Índico cuya selección se exhibe en su estreno en la Copa de África. La victoria contra Ghana (2-3) y el inopinado tropiezo de Argelia le ha dado el pase a octavos de final como una de las mejores terceras de grupo. El domingo se cruza con Camerún, la anfitriona, pero nadie se atreve a dar por vencido a un grupo de futbolistas singular, reflejo de un país que gracias a la pelota muestra su realidad.

El archipiélago comorano lo componen cuatro islas. Tres de ellas, en la que se agrupan 860.000 habitantes, se unieron para ganar la independencia respecto a Francia en 1975. La cuarta, Mayotte, prefirió seguir unida a la metrópoli y por ende a la Unión Europea, pero acoge a unos 180.000 comoranos, muchos de ellos llegados en clandestinas travesías marítimas que se han cobrado numerosas vidas. De allí procede, por ejemplo, El Fardou Ben Nabouahane, autor de un gol contra Ghana y pieza importante en el Estrella Roja, donde esta temporada suma siete goles en la liga serbia.

Hay una “quinta isla”. Es Marsella y su área metropolitana, donde se calcula que viven más de 200.000 comoranos y descendientes. Otros 75.000 más se dispersan también en enclaves como los suburbios de París, Nantes, Lyon, Niza o Dunkerque. Uno de cada tres comoranos vive en Francia y entre los que lo hacen todavía en las islas más de la mitad tienen menos de 20 años y una mirada puesta en otro horizonte. La diáspora se explica por las condiciones de vida en Comoras, una tierra cuya historia colonial no se conectó al turismo, como sucedió en Seychelles o en Mauricio. Más del 40% de la población habita bajo el nivel de pobreza extrema en un país que en las últimas cuatro décadas ha vivido más de una veintena de golpes de estado y cuya economía es mayoritariamente agrícola. El fútbol fue durante años una pasión callada, sin campos, sin estructuras ni medios, sin una federación afiliada a la FIFA.

Todo empezó a cambiar con la entrada en el nuevo mileno, el acceso a la Confederación Africana y la admisión en la FIFA en septiembre de 2005. Comoras se había hecho un hueco. Después de eso, la lenta construcción de su selección se hizo con la mirada puesta en Francia. Allí se captó a Manuel Amorós, aquel aguerrido lateral de ascendencia española que destacaba en la selección ochentera de Platini y Giresse. Él se encargó de empezar a reclutar talentos de origen comorano en el crisol marsellés. El encargo no duró mucho, pero abrió una puerta.

En 2014 se puso al frente del equipo Amir Abdou, que entonces entrenaba a un equipo de la sexta categoría gala. Marsellés e hijo de comoranos, Abdou, que en una entrevista concedida a la web de la Confederación Africana de Fútbol señala a Simeone y Ancelotti como referentes, es hoy el técnico más longevo entre todas las selecciones africanas. En ocho años ha edificado un equipo. La procedencia es dispar, la mezcla consistente. El meta Salim Ben Boina juega en la quinta categoría gala y tiene un pasado bajo palos en la selección francesa, pero de fútbol playa. Contra Marruecos le detuvo un penalti al sevillista En-Nesyri. Said Bakari es un zurdo que juega de extremo o mediapunta en el Waalwijk de la primera división holandesa, pero en la Copa de África se adapta a jugar como lateral. Faiz Selemani, del Kortrijk de la máxima categoría belga, se alinea en el flanco derecho. Los centrales Zahary y M’Dahoma y el lateral diestro Youssouf están consolidados en la segunda división francesa. Y el centrocampista Rafidine Abdullah, curtido en el vivero del Olympique marsellés y con experiencia en la máxima categoría gala, pasó dos campañas en Segunda con el Cádiz, de donde se marchó tras 72 partidos, 50 de ellos como titular y un rastro de frialdad y talento que ni acabó de desplegar ni de casar con la exigencia de Álvaro Cervera.

Además, hay futuro: mientras la selección se faja en Camerún el joven Isaac Lihadji acaba de anotar su primer gol como profesional en el Lille, el vigente campeón galo. “Tenemos las puertas abiertas a todo el que tenga sangre comorana y se quiera sumar a nuestro equipo”, apunta el seleccionador.

Los celecantos

A los dos meses de llegar al cargo Abdou ya había reclutado a los jugadores suficientes para disputar un amistoso en Marsella contra Burkina Faso, entonces subcampeona de África. El ensayo acabó en empate y los alicientes crecieron para unos cuantos futbolistas que entendieron que tenían ante sí una interesante carrera internacional y al tiempo un vínculo emotivo para honrar la tierra de sus padres y sus abuelos, con la que apenas tenían relación. En 2016 ganaron su primer partido internacional, a Bostwana.

El nivel del equipo, que ha escalado hasta el puesto 132 del ránking FIFA, se elevó a medida que llegaron más descendientes de comoranos con experiencia en el fútbol profesional. La mayoría de ellos jamás sospecharon verse en una situación así. “Ya no podemos escondernos”, avisó Abdou en el inicio del proceso clasificatorio para la actual Copa de África. Se clasificaron tras dejar atrás a Kenia y Togo y empatar contra Egipto. Ya en Camerún les bastó con el triunfo ante Ghana para pasar ronda y situar el foco en una tierra olvidada, con un movimiento de población al que pocos atienden y una historia singular.

A la selección de Comoras se les conoce como los celecantos, un extraño pez que puede vivir más de cien años, que remite a la época de los dinosaurios y que se creía extinguido hasta que se identificó un banco de unos 300 en las profundidades de las aguas comoranas. Longevidad y resistencia definen al celecanto.

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