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Columna
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La España vaciada de José Mourinho

El técnico portugués desmantela a la Roma ‘spagnola’ y ya no cuenta con ninguno de los cinco españoles que el año pasado llegaron a salir juntos como titulares

José Mourinho habla con Chris Smalling y Borja Mayoral en un partido de La Roma contra el Hellas Verona.
José Mourinho habla con Chris Smalling y Borja Mayoral en un partido de La Roma contra el Hellas Verona.Marco Luzzani (Getty Images)

Muchos psicoanalistas pagarían fortunas por sentar 50 minutos en su diván a José Mourinho. Saber cómo demonios funciona la cabeza de un personaje a ratos turbado, melancólico, narcisista y egomaníaco. Un tipo odioso. Pero a la vez entrañable y heroico en su tozuda incorrección política. No hace falta recurrir a Freud, sin embargo, para detectar un trauma de raíces profundas: España. Mou siempre será en Barcelona el traductor de Bobby Robson y el hombre que le metió el dedo en el ojo a Tito Vilanova. En Madrid las cosas nunca salieron del todo bien y una parte de la afición —y de sus jugadores— jamás comulgó con esa estrategia de la tensión tan de moda ahora en la política italiana. Si uno lo piensa, el concepto de la España vaciada encaja perfectamente con lo que Mourinho ve cuando observa aquel periodo por el retrovisor y solo alcanza a distinguir el saludo de algunos incondicionales como Florentino Pérez envuelto en una bola de fuego. En Roma, esta es la noticia, también ha borrado en la cancha todo rastro de esa vida anterior.

La Roma nunca tuvo un grupo de jugadores de la misma nacionalidad tan amplio. Fue algo único. Los argentinos y los brasileños eran hasta el año pasado quienes habían nutrido más al equipo en distintos periodos. Pero una combinación de casualidades, Monchi mediante, convirtió al equipo en una provincia futbolística española. El momento de esplendor llegó el pasado 18 de marzo, cuando el equipo se plantó en Ucrania con Pedro, Borja Mayoral, Villar, Carles Pérez y Pau López de inicio para disputarle el pase a los cuartos de la Europa League al Shakhtar. Y funcionó. Ni en la Liga sería fácil encontrar un club con el 40% de la alineación nacional de inicio. Pero tenían los días contados.

El caso del fantástico Gonzalo Villar es el más llamativo en esta repentina extinción y explica nítidamente la manera, algo rácana, de entender el fútbol de Mourinho. Hacía mucho que en Trigoria no tenían un talento en el medio del campo como el murciano, un negocio redondo (cinco millones) que voló desde El Altet (Elche) a Fiumicino sin que nadie en España anticipase el éxito de la jugada. Era tan bueno que en Roma no se entendía el año pasado cómo Luis Enrique no le convocaba. Pero llegó Mourinho, la némesis a ese universo, y terminó el hechizo.

Un tiempo se decía que los portugueses jugaban muy bien, pero olvidaban que el objetivo de este negocio es el gol. La contribución cultural del extécnico del Madrid —amplificada globalmente por los registros de Cristiano Ronaldo— ha sido esa: la lucha contra el juego corto y horizontal. El tiki-taka, vaya. Y Villar es hijo de esa criatura. Técnico, rápido mentalmente. El balón al pie. Pero en el fútbol del de Setubal no hay una trama fija sobre la que desplazarse por el campo de ese modo. El murciano es un jugador académico en ese sentido (por no decir que carece del físico que pide su técnico en el centro del campo). Esta temporada solo ha pisado el césped en Conference League y se ha pasado la mayoría de partidos en la grada.

El resto de casos está más claro. A Pedro se lo vendió nada más llegar. Costaba demasiado y tenía a otros jugadores para ese puesto. Especialmente a la joven estrella del equipo, Nicolò Zaniolo, a quien había que dejar espacio tras su lesión. Parecía una decisión razonable. Pero luego el canario marcó el gol de la victoria en el último derbi con la Lazio y humilló a su sustituto en el equipo con una fantasía en la banda. Pau López, el portero, vivió lastrado por sus fallos y por el precio y ha terminado en el Olympique de Marsella con un préstamo con obligación de compra. Mourinho quería un guardameta experto para una joven defensa, así que se trajo a su compatriota Rui Patrício (33 años). Y Mayoral, como Villar, parece demasiado ordenado para el fútbol anárquico y físico de Mou. Hoy, el único que juega de vez en cuando es Carles Pérez, justo quien peor lo tenía el año pasado y quizá el que mejor encaje con esa idea de juego -anoche no jugó ningún español en la derrota por 1-0 ante la Juventus-. Pero más allá de la táctica, quizá alguien encuentre otras respuestas en el diván.

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Sobre la firma

Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

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