El juego infinitoOpinión
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Mbappé aunque se enfade el mundo

Si el PSG sale rebotado, se sospecha que la venganza puede ser terrible

La ley del mercado. Florentino, sin ningún complejo de pobre, se plantó ante el Paris Saint Qatar y, sabiendo que el precio por cada gramo de crack está por las nubes, puso cara de bueno y dijo: “Quiero a Kylian Mbappé por 160 millones”. Cifra escandalosa para el año de contrato que le queda al jugador y para los presupuestos pandémicos de los que venimos. Pero el PSQ, enfadado como está, reclama un mínimo de 200 millones para no enfadarse aún más. Lo del enfado es crítico porque si los árabes salen rebotados, se sospecha que la venganza puede ser terrible, hasta el punto de que en el futuro son capaces de comprar hasta el recuerdo de Bernabéu y Di Stéfano. La otra posibilidad es esperar un año, terminar el futurista estadio y llenarlo de ilusión con la llegada del futurista Kylian. En el siglo XXI se pisa así de fuerte o no se es nadie.

La energía del optimista. El que cuida la banda reservada a Mbappé tiene 21 años, se llama Vinicius y hay que reconocer que la ocupa con un optimismo envidiable. Si cualquier jugador de estos días mirara hacia atrás en el tiempo para ver que la amenaza se llamaba Hazard, y luego mirara hacia adelante y viera que la nueva amenaza se llamará Mbappé, se tiraría al suelo y se pondría a llorar. Vinicius, no. A la espera de que, a sus respectivos modos, Hazard y Mbappé se materialicen, él vive el fútbol con una sonrisa y de vez en cuando nos regala goles prodigiosos que hablan de sus progresos. “Aquí estoy”, parece decirnos la promesa constante y sonante que rivaliza contra realidades por concretar, pero que se llevan todos los titulares. ¿Qué pasará con Vinicius en el futuro? Nadie lo sabe, pero la energía de un optimista de su dimensión es un capital en el que yo invertiría.

Él mismo. Si jugar cerca de Messi acompleja, sustituir a Messi acojona. A Depay le cayó esa china y lo está resolviendo con naturalidad. En el fútbol está desapareciendo lo que yo busco con más interés: el asombro. Por esa razón me gustó la carta de presentación de Depay ante la Real. Recibió una pelota en el medio del campo, de espaldas y encimado por Le Normand. El regate que se inventó incluyó taco y sombrero en un solo toque. Aplaudí, porque de exquisiteces también vive este juego. Desde entonces, todo lo que hizo tuvo sentido, gusto y peligrosidad. En Bilbao, el Barça fue sometido a una presión que divorció al equipo de su mejor delantero, pero bastó encontrarlo con un balón profundo para que Depay la clavara de zurda y violentamente en el ángulo más cercano. De aquella exquisitez a esta contundencia, bastaron dos partidos para demostrarnos que no viene a sustituir a Messi, sino a ser Depay.

Los poderes del nuevo fútbol. Como Europa es la dueña del gran fútbol, a la Champions le bastó el sorteo para exhibir su poder de seducción con emparejamientos que prometen partidos formidables. Pero una cosa es el poder de seducción y otra el poder, sin más. Porque al mismo tiempo que se realizaba el atractivo sorteo, la Premier y la Liga se negaban a ceder sus jugadores a los países en riesgo pandémico (sobre todo de Sudamérica) para los partidos clasificatorios del próximo Mundial. Alegan que, al volver, los jugadores tendrían que pasar una cuarentena, y que la pérdida de esos talentos en algunos partidos falsearía la competición. Es razonable. Tan razonable como pensar que la ausencia de jugadores claves en sus respectivas selecciones falsea la clasificación para el Mundial. ¿Es más la Premier que un Mundial? No, es más el poder económico que el poder simbólico.

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