EUROLIGA FEMENINA

El Perfumerías Avenida y el reto de Constantinopla

El equipo de Salamanca busca su segunda Euroliga en una Final Four con siete jugadoras y tres técnicos españoles entre los cuatro aspirantes al título. “Queremos competir con identidad”, dice Roberto Íñiguez

Las jugadoras del Avenida escuchan a Roberto Íñiguez. / Sonia Cañada (FIBA)
Las jugadoras del Avenida escuchan a Roberto Íñiguez. / Sonia Cañada (FIBA)

En la Final Four de la Euroliga femenina, que se disputa desde hoy hasta el domingo en el Volkswagen Arena de Estambul, el baloncesto español disputa varios torneos en uno. Alba Torrens (Ekaterimburgo) intentará alcanzar los seis títulos de Diana Taurasi y Lidia Gorlin, —en el podio junto Uliana Semenova, la mítica plusmarquista del torneo con 11—, y Silvia Domínguez peleará por su cuarta corona 10 años después de su primera conquista. También entra en liza Laura Nicholls (Fenerbahçe), sin Euroligas aún en su currículo pero con nueve medallas con la selección, una más que Alba y Silvia. En 2011, Torrens fue la mvp y Domínguez la máxima anotadora del Salamanca campeón de Europa. Desde entonces, siempre ha habido representación española entre los vencedores de la máxima competición continental. En Constantinopla, además de las internacionales, a las que se suman Maite Cazorla, Leo Rodríguez, Andrea Vilaró y Umi Diallo en el cuadro salmantino, se citan también tres técnicos nacionales en los banquillos. Este viernes en semifinales se miden el Ekaterimburgo de Miguel Méndez frente al Fenerbahçe de Víctor Lapeña (15.00, Tdp) y el Perfumerías de Roberto Íñiguez frente al Sopron húngaro (20.00, Tdp).

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Íñiguez, campeón con el Ros Casares en 2012 en su primera experiencia al frente de un equipo femenino, vivirá su séptima Final Four con el quinto club diferente. El entrenador del Perfumerías Avenida fue elegido el martes como el mejor técnico del curso y su equipo, el más joven de la competición con 24 años de media, llega invicto (8-0) a la pelea por el título. Pero, coherente con su ideario, Íñiguez relativiza un galardón que ya recibió al frente del Sopron húngaro y del Kursk ruso. “Mi mejor título es la foto que me dieron los padres de unos niños en Alboraya, cuando empecé a entrenar, y lo que me dijo una de las madres: que había cambiado la vida a su hijo. Ese es el mayor título. Las copas y medallas se oxidan”, señala Íñiguez en conversación con EL PAÍS antes de partir a Estambul. “Lo que más me llena es encontrarme jugadoras que me agradecen lo que les aporté en su día. Ese es el sentido de entrenar y no lo cambio por nada. De lo otro la gente se olvida. Ganar está bien, pero solo ganar deja un vacío. Me motiva más hacer crecer a las jugadoras”, desarrolla el entrenador vitoriano, de 53 años, compañero de quinta y de pupitre de Pablo Laso en el colegio San Viator. “El solo ganar se lleva muchas cosas por delante. Eso está muy basado en el ego y en lo otro está la persona, lo que te da la plenitud en el trabajo”, suma.

El camino del Salamanca hasta la Final Four de Estambul tiene dos hitos protagonizados por Íñiguez: un llamamiento y un reconocimiento. “¿Quién piensa en las jugadoras? Si no puedo protegerlas de este calendario, me voy. Son mi familia y no me las voy a cargar”, clamó el técnico en enero ante un ritmo de partidos claustrofóbico que ha erosionado a su plantilla. “No hay tiempo ¿Cómo y cuándo mejoran las jugadoras jóvenes?”, explica Íñiguez ampliando el problema más allá de lo físico. “Para las jóvenes no todo es jugar. Hay que entrenar, aprender, mejorar… el tiro, el dribbling con tu mano no dominante, el trabajo de pies, la postura corporal defensiva, entender el juego, muchas cosas… En Europa se prima la competición. Competir y saber competir, cuanto antes. Eso también es un valor y es importante, pero todo tiene que tener un equilibrio. Por eso hablé de cuidar a las jugadoras y racionalizar los calendarios. Vivo esa preocupación día a día”, añade. Un desasosiego mitigado por una gestión empática del grupo, marcada por el reconocimiento a la capitana del equipo: Silvia Domínguez. “Una de las razones por las que estoy en Salamanca es porque quería volver a entrenar a Silvia Domínguez. Fue uno de los baluartes de aquella Euroliga del Ros en 2012 y significa mucho para mí, por cómo entrena y cómo trabaja, por el día a día. Es un ejemplo para las jóvenes. Me frustra verla tocada en lo físico y ojalá pueda acercarse a una versión buena para disfrutar de esta Final Four. Nunca se borra”, detalla Íñiguez.

Hace 10 años, en 2011, después de cuatro títulos consecutivos del Spartak de Moscú, el entonces Halcón Avenida tocó el cielo continental con la conquista de la Euroliga en Ekaterimburgo, con Alba Torrens como mvp a sus 21 años y Lucas Mondelo en el banquillo. El baloncesto femenino español ponía fin a casi dos décadas donde el palmarés a nivel de clubes había sido un páramo. Desde que el Dorna Godella se proclamara campeón dos veces consecutivas, en 1992 y 1993, ante Dinamo Kiev y Como respectivamente (a la estela del impulso olímpico y del oro de Perugia), ningún equipo español había logrado el título. La apoteosis llegó al año siguiente, en 2012, con la final entre el Ros Casares y el Rivas Ecópolis, en la que el lujoso proyecto valenciano, dirigido por Íñiguez, alcanzó la cuarta corona española, la última hasta la fecha.

Después, Alba Torrens inició su periplo emigrante en Turquía y Rusia para agrandar su palmarés con cuatro Euroligas más (una con el Galatasaray y tres con el Ekaterimburgo, campeón en tres de las cuatro últimas ediciones), el proyecto del Ros se vino abajo y el baloncesto de clubes en España entró en crisis mientras, paradójicamente, la selección se lanzaba a coleccionar medallas rompiendo todos los techos. Ahora el Salamanca completa el viaje de vuelta a la élite. De la gloria de Ekaterimburgo al reto de Constantinopla. “Lo importante es competir con identidad, parecernos a nuestra mejor versión, aunque vamos al límite en el apartado físico. Por encima de ganar o perder el reto es competir. Y cuando hacemos lo que somos es cuando competimos”, cierra Íñiguez.

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