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La negativa del Gobierno español a reconocer Kosovo como país independiente derivó este miércoles en un ejercicio de funambulismo televisivo

El entrenador de la selección española, Luis Enrique (i), conversa con el de Kosovo, Bernard Challandes al término del partido de clasificación para el Mundial Catar 2022.
El entrenador de la selección española, Luis Enrique (i), conversa con el de Kosovo, Bernard Challandes al término del partido de clasificación para el Mundial Catar 2022.Julio Muñoz / EFE

Pocas veces habrá sucedido, al menos en la historia del fútbol, que un ridículo mayúsculo quede plenamente acreditado antes de comenzar un partido. Lo logró este miércoles Españita, que es ese país minúsculo, grotesco e imaginario al que aludimos algunos desprendidos cuando la actualidad del reino nos llena de vergüenza o espanto, una reducción chanante del orgullo patrio que ha hecho cierta fortuna en las redes sociales.

La negativa del Gobierno español a reconocer Kosovo como país independiente derivó ayer en un ejercicio de funambulismo televisivo que obligaba a circunvalar la realidad cada vez que la retransmisión exigía referirse al equipo rival. Incluso el marcador, reducido al habitual recurso de las iniciales, lucía letras minúsculas en la casilla de los balcánicos con una intención tan pueril como inútil: a los pocos minutos de que el balón comenzase a rodar, Kosovo ya era tendencia entre la comunidad española de Twitter, como no podía ser de otra manera. En otras palabras y con una perspectiva diferente, Kosovo seguía siendo Kosovo, incluso existiendo más allá de la realidad paralela en que nos sumió nuestra maltratada televisión pública.

Hasta el mismo miércoles, cuando sobre la hora de la siesta comenzaron a llegar las primeas informaciones del dislate que se estaba cocinando, nadie había caído en la cuenta de que a Kosovo, en esta nuestra quijotesca Españita, no se le puede llamar Kosovo. Desde el mismo día del sorteo, usted, como yo, habrá leído y escuchado el nombre de marras no menos de unas doscientas veces. El mundo del fútbol, a menudo un pozo sin fondo capaz de eructar los peores reflujos de la sociedad, había asimilado con una facilidad pasmosa lo que ayer se convirtió en un tabú de moqueta, en un recurso de photocall. La geopolítica, territorio apasionante para algunos, queda reducida a la mínima expresión cuando los hinchas entramos en la ecuación. Básicamente, lo que nos interesa es saber si aquel futbolista ocupará plaza de extranjero en nuestro equipo o si a cierto delantero brasileño le podemos empaquetar el gentilicio de carioca sin ofender a nadie.

Como de Kosovo no sabemos gran cosa, el abanico de posibilidades para ningunear su identidad quedó reducido a una serie de fórmulas sin ninguna gracia como, por ejemplo, “el equipo de la federación de Kosovo”. De habernos tocado en suerte el País de Gales o Escocia, tampoco reconocidos por el Estado español, el bueno de Juan Carlos Rivero podría haberse referido a ellos como “el verdadero equipo de Bale o “el combinado del país que popularizó el whisky, valga la redundancia” sin contradecir las órdenes recibidas, cualquier cosa con tal de esquivar la normalidad con la que habitualmente nos referimos a ellos.

En definitiva, un partido entre una selección nacional con poca entidad y otra sin ninguna identidad, al menos en los futbolístico, quedó reducido a un esperpento general que disimuló, al menos en parte, el perpetrado sobre el terreno de juego por Luis Enrique con el cambio final de Sergio Ramos. Cunde la sensación de que los futbolistas españoles no terminan de dar la importancia necesaria a estos partido de entre tiempo y no ayuda ver al propio seleccionador adoptando medidas tan arbitrarias como poco rigurosas. Ahora bien: si lo que pretendía el asturiano era sumarse al Día Grande de Españita -y como diría Don Latino, uno de los personajes más celebrados de Valle-Inclán-, me quito el cráneo.

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