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Lezama, medio siglo de una cantera única

La academia del Athletic cumple este miércoles 50 años. Urkiaga y Liceranzu reviven su pionero camino de la cuna a la élite

Entrenamiento en Lezama el 27 de enero de 1971.
Entrenamiento en Lezama el 27 de enero de 1971.Athletic Club

Los periódicos bilbaínos del 28 de enero de 1971 daban cuenta, en sus páginas de deportes, y sin demasiadas alharacas, de una noticia que, sin saberlo, señalaba el futuro del Athletic. Informaban del primer entrenamiento que el equipo bilbaíno había realizado el día anterior en sus nuevas instalaciones en la población de Santa María de Lezama (a 12 km de Bilbao). En las fotografías se podían apreciar los cascotes de las obras todavía sin terminar del edificio principal. El club esperaba el empujón económico de la Delegación Nacional de Deportes e iría trasladando allí los entrenamientos poco a poco.

Las instalaciones consistían en tres campos de fútbol, regados con aguas residuales depuradas, seis vestuarios con un novedoso, entonces, sistema de duchas; vestuarios de entrenadores y árbitros, un almacén de material deportivo, un gimnasio de musculación, la residencia con 12 habitaciones dobles, aulas y salones de trabajo, y un polideportivo cubierto. El germen de la escuela de Lezama, que medio siglo después sigue dando frutos y se ha convertido en el símbolo del fútbol de cantera en España.

Lezama cumple hoy 50 años, en los que por sus campos han pasado 9.000 futbolistas, de los que 192 hombres y 56 mujeres han llegado al primer equipo del Athletic. En la actualidad, 324 chicos y 91 chicas, en 11 equipos masculinos y cuatro femeninos, recorren ese camino.

De 9.000 jugadores, 192 hombres y 56 mujeres han llegado al primer equipo

Lezama fue una idea de Félix Oráa, el presidente que había llegado al cargo por el fallecimiento de su antecesor, Julio Egusquiza, en un accidente de tráfico. Propuso a su directiva la compra de los terrenos por 40 millones de pesetas (240.000 euros), en plena zona rural, en un pueblo pequeño, al que se llegaba desde Bilbao en un tren que circulaba cada hora, o por carretera a través del Alto de Santo Domingo.

Ese día en que Iribar y sus compañeros se entrenaron por primera vez en Lezama, a las órdenes del inglés Ronnie Allen, con el que el año anterior habían rozado el título de Liga, un chaval de 11 años, Santi Urkiaga, acudía a clase en las escuelas de Mendieta, en el barrio de Albiz. El fútbol era su pasión, y la de su cuadrilla. Cuando el Athletic anunció, dos meses después del primer entrenamiento en Lezama, que iba a organizar un torneo para infantiles y juveniles en sus instalaciones, para captar promesas, los chavales de Albiz se apuntaron.

“Fui a inscribirme con mis amigos del barrio a las oficinas del Athletic, en la calle Bertendona”, rememora Urkiaga, que acabaría llegando al primer equipo y que sigue en Lezama 50 años después como encargado del mantenimiento de las instalaciones.

El presidente Félix Oráa compró los terrenos en un pequeño pueblo

Se presentaron 3.000 chicos de todas las edades. El torneo juvenil juntó a 75 equipos y el infantil a otros tantos. “Nos eliminaron en la tercera ronda”, recuerda Urkiaga, “pero me llamó el Getxo para invitarme a comer porque querían ficharme. Habíamos ganado 9-1 en el primer partido y marqué cinco goles”. Pero Getxo le quedaba lejos, “era otro mundo”, así que dijo que no a un equipo que en los tiempos sin Lezama era un vivero rojiblanco. Al Athletic ya no le dijo que no. “Me llegó una carta a casa en la que me invitaban a hacer una prueba”, revive. Pasó esa criba y unas cuantas más. “Hasta que me dijeron que entraría en el equipo infantil”. Todavía no tenía la edad legal, así que se entrenaba sin ficha, a las órdenes de Poli Bizkarguenaga. Santi fue progresando, año a año: “El primer año de juveniles, con José Luis Garay, luego con Iñaki Sáez, con el que estuve también en el Bilbao Athletic”.

El despido de Helmut Senekowitsch, después de una derrota por 7-1 en el Bernabéu, promocionó a Sáez al primer equipo. Urkiaga, lateral derecho, ascendió con él. Se convirtió en el primer jugador que había desarrollado toda su trayectoria en Lezama. Jugó en el Athletic, ganó dos Ligas en 1983 y 84 y una Copa ese segundo curso, disputó los Juegos Olímpicos de Moscú 80, el Mundial del 82 y la Eurocopa del 84. Llegó, con el Espanyol, a la final de la UEFA del 88. “Tuve suerte”, dice con modestia, “hay que tenerla para jugar en Primera, pero Lezama fue fundamental para mí, y lo es para el Athletic, que sigue trabajando cada día para que salgan jugadores”.

Lezama fue un éxito desde el primer día. Mientras el mítico Piru Gainza afinaba su olfato para buscar talento, el gerente del Athletic, José Ignacio Zarza, se encargaba de cribar el fútbol europeo para copiar lo bueno y captar especialistas. Se fijó en la escuela de fútbol de Vichy, y también en Fernando Sánchez Bañuelos, pionero de la educación física.

“Es un lugar especial en educar al futbolista”, afirma Liceranzu

Un año después de Urkiaga, Iñigo Liceranzu participó en el torneo de Semana Santa con el equipo del colegio Santiago Apóstol de Bilbao. “Había muchísimos equipos y los partidos se jugaban en medio campo. Quedamos subcampeones”, recuerda hoy. “Unas semanas después me mandaron una carta a casa. Fuimos a probar 25 chavales”. Acabaría entrando en la academia.

Liceranzu, el central autor del gol 3.000 de la historia del club, que dio al Athletic el título de Liga de 1984, apunta: “Salíamos del colegio a las seis, y teníamos que coger el autobús del Athletic que conducía Txabo Buesa [mítico chófer del club]. Volvíamos a las diez. Recuerdo el hambre con que llegaba a casa”.

El bilbaíno fue el segundo, tras Urkiaga, en llegar al primer equipo del Athletic desde la cuna. “Lezama lo fue todo, y sigue siendo pionero en educar al futbolista. Para un club como éste, es esencial estar siempre con los métodos más novedosos”, explica.

Lezama sigue allí, y se parece poco a lo que fue cuando llegaron Urkiaga o Liceranzu. Tal vez el edificio antiguo, quizás ese aire de familia que se encuentra en un lugar en el que cualquier visitante puede entrar casi sin cortapisas. Frente al bullicio habitual de San Mamés, en Lezama se guarda siempre un respetuoso silencio mientras continúa escribiéndose una historia que tiene ya medio siglo.

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