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La vida al lado del mejor himalayista

Cecilia Kukuczka, viuda del mítico alpinista polaco desaparecido hace 30 años en el Lhotse, revive su pasión

El alpinista polaco Jerzy Kukuczka, fallecido en 1989. Ampliar foto
El alpinista polaco Jerzy Kukuczka, fallecido en 1989.

El entrevistador empieza siendo interrogado: “¿Desea hablar de Jurek?, se adelanta Cecilia Kukuczka, viuda de Jerzy Kukuczka, desaparecido hace más de 30 años. Todo ha sido dicho del polaco Jerzy, o Jurek, para muchos el mejor himalayista que ha existido. Poco se sabe en cambio de su viuda, que ahora observa con otro interés al periodista, sorprendida cuando éste le asegura que desea conocer su trayectoria vital. Los ojos pequeños de Cecilia (68 años) escrutan de medio lado, pero tras unos segundos asiente y da vía libre a su intérprete para que arranque el diálogo en el marco del BBK Mendi Film Festival de Bilbao.

“Lo primero que pensé cuando el representante de la asociación polaca de montañismo vino a avisarme de la muerte de Jurek fue que no podía ser, que no era posible. Durante un año, estuve esperando su regreso: cada vez que llamaban a la puerta pensaba que era él, que tenía que ser él. Sencillamente, mi cabeza se negaba a asumir que su pérdida era real, algo que nos había ocurrido. Pasó ese año y poco a poco empecé a encajarlo, a hacerme a la idea de su ausencia, desgraciadamente”, dice, con un tono de voz que se apaga mientras desgrana sus recuerdos.

Cecilia Kukuczka, viuda de Jerzy.
Cecilia Kukuczka, viuda de Jerzy.

Ryszard Pawlowski fue la última persona que vio con vida a Jurek. A 8.200 metros, contempló horrorizado cómo éste perdía pie, resbalaba, caía cada vez más rápido. La cuerda que sujetaba en sus manos y que debería haber evitado su muerte se rompió contra el granito de la vertiente sur del Lhotse. Su cuerpo desapareció en el abismo, seguido por uno de sus guantes, que resbalaba sobre la nieve, lentamente, como si se despidiese. Todos creían que Jurek era inmortal. Casi adelanta a Messner en la carrera por ser el primero en conquistar los 14 ochomiles del planeta, y en su haber figuran nueve aperturas de nuevas rutas y cuatro primeras invernales. No pasaba mucho tiempo en casa.

“Jurek no era una persona egoísta: tan solo poseía el egoísmo que todo ser humano lleva consigo. ¿quién no piensa en sí mismo? Su vida, su pasión era la montaña y yo no podía apartarlo de su camino así que acepté sin problema su pasión y le ayudé en todo lo que pude. Nunca me sentí como un segundo plato en su vida. Cuando él estaba en la montaña siempre echaba mucho en falta a su familia, y cuando estaba mucho tiempo en casa, añoraba las montañas pero era alguien totalmente devoto con su familia. Aunque echase de menos la montaña, estaba muy implicado en la vida de familia y le gustaba, la disfrutaba. En casa, casi nunca hablaba de montañas, o de sus compañeros de expedición”, evoca Cecilia.

En los años 80 del siglo XX, Polonia se hallaba bajo el régimen comunista y la familia Kukuczka vivía en una colmena de hormigón, un diminuto apartamento en el que el matrimonio y sus dos hijos hacían juegos malabares para acomodarse.

“No tengo consejo que dar a las mujeres o a los hombres que pierden a sus parejas en la montaña porque cada cual lo vive a su manera... Es muy difícil dar consejos”. Cecilia estaba muy en sintonía con su marido, ella se entregó a una tarea: crear el sueño de Jurek, es decir tener una casa propia en la localidad de Istedna. “No obtuve ayudas del Gobierno, así que me las apañé para ir tirando”, señala sin querer entrar en detalles.

Si Cecilia está en paz con Jurek, no así sus hijos, especialmente el mayor, que contaba 9 años cuando perdió a su padre. “El menor tenía 5 años así que no recuerda a su padre, solo lo conoce de fotos y películas, así que no puede decir gran cosa de su padre. El año pasado escaló el Everest, para ver si él también tenía esa pasión, pero decidió que no era así. El mayor no ha aceptado nunca su muerte, ni su pasión, ni que abandonase a la familia. Pero recuerdo perfectamente que cuando las pertenencias de Jurek llegaron a casa tras el Lhotse, el mayor estuvo horas escuchando un radiocasete en el que Jurek grababa su diario, en soledad, buscando una conexión con su padre porque le echaba de menos. El niño no aceptaba ni entendía que la pasión de su padre se lo hubiese arrebatado. Estuvimos juntos 17 años, 14 de ellos casados y lo que ocurrió fue simplemente el destino, y así tengo que aceptarlo. Si aceptaba su pasión, tenía que aceptar las consecuencias, ¿no?”, pregunta con ojos sonrientes.

Hace un lustro se estrenó el documental Jurek, un soberbio retrato del himalayista polaco. “A veces debemos afrontar dificultades para llegar al límite… el límite entre la vida y la muerte. Puede que de esa manera nuestras vidas normales, nuestro día a día en la ciudad tenga más color”, reflexionaba en la cinta, dando a entender el complicado equilibrio entre un alma que necesita aventura y libertad pero también el gozo sencillo de lo cotidiano. “Nos echábamos de menos y él podía contar con que yo me arreglase con todo en casa y yo confiaba en que él se las apañase en las montañas”, resume Cecilia, tratando de ordenar una forma de vivir un matrimonio que muy pocos aceptan o justifican.

No se permite a Cecilia olvidar a su marido, que sigue siendo una leyenda en Polonia. No pasa un día en el que no hable con conocidos o desconocidos de él, y también se editan “muchos libros, testimonios, la gente visita su memorial en nuestro pueblo y la suya es una historia que la gente desea conocer… además hay calles con su nombre, escuelas, universidades de educación física…”

Con todo, la soledad es un vacío que no siempre encuentra refugio en el recuerdo: “En la vida cotidiana no me siento sola, sobre todo porque muy a menudo algo me recuerda a él, y sigo hablando de él 30 años después, comparto su recuerdo, como si su presencia no se desvaneciese nunca. Pero sí que echo en falta su presencia física, como mujer, porque no puedo abrazarle, ni hablar con él, ni quejarme de lo que sea…”, lamenta Cecilia, quien nunca contempló a su marido como una figura del himalayismo sino como “mi marido, un ser querido y nada más”.

Jerzy Kukuczka perteneció a una generación genial de alpinistas, tipos que no se arrugaban ni ante las preguntas incómodas. En Jurek, un periodista asegura: “El alpinismo procede de los complejos de sus actores y que no tienen otra razón de ser que la búsqueda de su superación”. Jurek, contra todo pronóstico, coincide: “Sí, y es algo maravilloso porque el hombre es un alma inquieta buscando nuevas experiencias. Los complejos destruyen la autoestima así que navegamos por los mares del mundo para redefinirnos”.

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