BALONCESTO

El suplicio de Pere Sureda

Con 20 años y después de superar un problema cardiaco y un tumor en la rodilla, entre otras desgracias personales y deportivas, el exinternacional sub-18 pelea por volver a empezar

Pere Sureda, con el filial del Fuenlabrada en un partido de 2017. Teresa Novillo
Pere Sureda, con el filial del Fuenlabrada en un partido de 2017. Teresa Novillo

Pere Sureda (Mallorca, 20 años) descubrió antes la exigencia que el juego y el infortunio que los sueños. Hijo único de Gerónimo y Margarita y a la vez el menor de los seis hermanos que estos sumaron en su matrimonio, creció en un chalet de familia acomodada en Marrachí, al noroeste de Palma, con un patio amplio y una canasta donde empezó a jugar al baloncesto con apenas tres años, en cuanto tuvo fuerza suficiente en los brazos para lanzar la pelota. Por aquel aro pasaron todos los niños de la familia. Sus hermanos fueron su referencia y su padre, el jefe de una infancia estricta. Endurecido por la autoridad paterna, Sureda, miembro de la quinta de Carlos Alocén, Adam Sola, Joel Parra y Arnau Parrado (todos despuntando en ACB) se abrió paso en las categorías de formación y llegó a las puertas de la élite, pero una tortuosa secuencia de adversidades le lanzó ladera abajo y le devolvió a la casilla de salida, donde estos días hace balance de daños físicos y morales para intentar continuar, para volver a empezar. “Quiero recuperar la ilusión, la magia de la vida”, explica en una charla con EL PAÍS en la que, a modo de catarsis, narra su odisea.

A los 17 años le detectaron un problema cardiaco que requirió de un complejo cateterismo para ser corregido, a los 18 le encontraron un tumor en la rodilla derecha que necesitó de dos intervenciones y más de un año de rehabilitación y, entre tanto, le diagnosticaron una narcolepsia, que le martirizaba sin saberlo desde tiempo atrás y le lastró en los estudios. “Me habían contado muchas historias de jugadores que se quedaban por el camino y pensé: ‘ya soy uno más de ellos’. Una más de esas carreras que se truncan. Pensé que lo mejor era dejar el baloncesto y dedicarme a la agricultura o a los idiomas, que son dos cosas que me apasionan. Olvidarme de todo esto y sanar mi mente. Ya son muchos años de sufrimiento”, confiesa Sureda en su relato. Durante el confinamiento se fue al campo a meditar, hizo pública su pena en una carta abierta que le sirvió de purificación y decidió darse una segunda oportunidad. “Aquí sigo. Pero no me voy a meter ninguna presión. El objetivo es ir día a día, entrenamiento a entrenamiento. Esa es mi pelea actual. El baloncesto ha sido mi vida desde niño y todos me animaron a seguir intentándolo. Tengo solo 20 años”, cuenta Sureda desde su tierra natal, donde ahora ha vuelto a jugar en el Bahía San Agustín, entre la Liga EBA y la Leb Oro, el equipo del que salió para hacer carrera.

“Mi padre se fijaba en la disciplina de todos los deportistas que llegaban lejos y me intentó inculcar eso desde pequeño. Nunca me puso la mano encima pero esa exigencia psicológica me marcó hasta la adolescencia”, relata Sureda. “Me remarcaba los fallos, los puntos débiles… ‘no defiendes una mierda y así no vas a llegar a nada’, me decía tras cada partido. Con esa presión, a los 13 años quería dejarlo todo. Pero, superado aquello, me forjé una dureza de carácter que impulsó mi autoconfianza. Vi con claridad todo lo que podía conseguir. Dependía de mí”, prosigue antes de detallar una progresión ascendente que parecía imparable. “Comenzó a llegar el reconocimiento a nivel balear y a nivel nacional. A los 15 años probé con Unicaja, Barça, Fuenlabrada… y había más clubes interesados. Eso me dio mucha confianza, las cosas estaban saliendo bien. Piensas: 'al final de ese camino durísimo de crecimiento puede estar esperándote el paraíso”, rememora. Los informes de los ojeadores hablaban de un alero-escolta con físico, carácter y muchos puntos, un proyecto de internacional con recorrido, una mezcla de San Emeterio y Abrines.

Acabó la ESO en el centro de alto rendimiento de Mallorca y, entre todas las ofertas, eligió el proyecto del Fuenlabrada, por las facilidades para compaginar el bachillerato y los entrenamientos, para avanzar con progresividad —"los clubes humildes apuestan con más decisión por los jóvenes. Los grandes si falla uno tienen otro", dice—. Pero, sin tregua, reapareció la marcialidad. “Me topé de entrenador con el Sargento, Armando Gómez. Ni un hola o un bienvenido al club. ‘Que puta mariconada llevas en la oreja. Ya te lo estás quitando si quieres entrenar conmigo’, me dijo al verme un pendiente. Me fui acojonado a la sala de fisioterapia y me lo quité como pude, con unas tijeras”. Regresaba el martirio psicológico y a ello se le sumaron los problemas en el instituto. El calvario acababa de empezar. A su madre le diagnosticaron un cáncer y a Sureda le reaparecieron unas taquicardias esporádicas que creía olvidadas pero fueron a más. “Las sentí por primera vez a los 13 años. Si hubiera hablado igual me hubieran hecho las pruebas antes y todo se hubiera solucionado”. A los 17 volvieron los problemas cardiacos y, tras numerosas pruebas y diagnósticos contradictorios que le tuvieron meses apartado de la práctica deportiva, Sureda acabó en el quirófano para someterse a un cateterismo que duró cuatro horas. Acabó bien, pero continuó la pesadilla. Esa temporada jugaba cedido en el Salamanca de la Leb Plata y, a los dos días de reincorporarse a los entrenamientos tras recibir el alta del cardiólogo, una leve cojera fue el primer indicio de otro calvario aún mayor.

“Tenía un dolor en la rodilla desde hacía un año, pero no lo dije porque bastante tenía con todo lo demás”, explica Sureda. “Te he visto cojeando. Hay que ir al hospital a hacer pruebas”, le dijo el físio del equipo. "Me hicieron una radiografía y encontraron un tumor en la rodilla. Una resonancia magnética confirmó que tenía osteocondritis disecante. “El hueso de la rodilla estaba muerto, no le llegaba la sangre. Requería dos operaciones. Tenía que ponerme en manos de los mejores especialistas porque me jugaba poder continuar o no mi carrera”, cuenta el jugador. Ahí comenzó una doble batalla, sanitaria y administrativa. Las operaciones costaban en torno a 20.000 euros. Sureda contaba con la cobertura de la Asociación de Jugadores (ABP), pero esta le negó el respaldo del fondo de asistencia. “Aporté toda la documentación que me pidieron, pero no recibí ayuda. Todo fueron trabas… Nunca hubo voluntad de atender a mi causa, me ningunearon”. El Fuenlabrada pagaba por el jugador como miembro del filial vinculado al primer equipo, pero él no tuvo derecho a la ayuda por no cumplir con la condición de haber sido inscrito en un partido de ACB.

Con dos operaciones dirigidas por el doctor Guillen, una en marzo de 2019 y la otra en mayo, y un estricto plan de rehabilitación de algo más de un año, la rodilla de Sureda quedó “perfecta”. Pero la erosión de la adversidad, el desgaste de la pelea administrativa y la falta de suerte, le dejaron tambaleándose. Con los buenos recuerdos aplastados por las desgracias. “Hace tres años, me llamó la selección sub 18 y, después, Jaume Comas me convocó para el Europeo 3x3. Aquel verano fue maravilloso”, responde al rebuscar los escasos momentos en los que tuvo tiempo para disfrutar de la profesión. En ese torneo, España consiguió el bronce, él fue el mvp y también logró la plata en el concurso de triples. Poco premio para tanto castigo. Para un suplicio interminable. “Cuando tenía la rodilla curada y empecé a entrenar, de repente, nos confinaron. Y ahí me quería morir. Después de tres años de calvario fue una hostia brutal. Sentía una impotencia infinita”, desarrolla Sureda. La relación contractual con el Fuenlabrada quedó resuelta de mutuo acuerdo y regresó a entrenar a su tierra para volver a empezar. “Hay que seguir luchando para que todo tenga sentido”, afirma Sureda, que ha vivido muchas vidas en poco tiempo, pero tiene solo 20 años. Estos días, en el Palau Municipal d’Esports de Son Moix, trabaja en su reconstrucción personal y deportiva. “Voy paso a paso. Lo importante es que estoy de vuelta”, cierra.

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