El ciclista que impresionó a…

Óscar Freire: “Gilbert nos hizo parecer juveniles”

El ciclista de Torrelavega, tres Mundiales y tres San Remos, admira al belga, a quien le falta solo una San Remo para igualar a Van Looy y a Eddy Merckx, los únicos campeones del mundo que ganaron los cinco monumentos

Philippe Gilbert, en el pavés de la París-Roubaix.
Philippe Gilbert, en el pavés de la París-Roubaix.CHRISTOPHE PETIT TESSON

Marcos Freire, que tiene 14 años y admira a Sagan, le gana al sprint a su padre y este, Óscar, tres Mundiales, tres San Remos, lo cuenta con orgullo y con fastidio. Orgullo de padre que ve crecer a su hijo y le descubre buen ciclista –“es bueno el chico, es bueno, parecía que no, pero, de repente, le veo muy bien, me ganó a mí y estoy en forma, lo sé porque salgo a correr con aficionados, y sé cómo van, y ya va a empezar a correr en un equipo”, dice--, fastidio de sprinter, de campeón, que no aguanta quedar segundo, y cómo el tiempo pasa.

“Le machacan mucho por el apellido que tiene pero tendrá que superarlo…”, dice Óscar Freire, de 44 años, un ejemplar único en la historia del ciclismo español. “Yo no tuve ese problema. Cuando yo empecé era el único de toda la familia que practicaba deporte, en mi casa no se hablaba de ciclismo y yo no sabía nada de su historia”.

Freire fue clasicómano, lo que para el ciclismo es algo tan incongruente como para la tauromaquia un torero belga, porque sí, porque ya desde amateur sabía que no estaba hecho para disfrutar en las vueltas por etapas, que, ciclísticamente, son algo así como el colmo de la españolidad. “Yo supe muy pronto cuál era el sitio mío en el ciclismo, dónde podía ganar y dónde no, lo supe antes incluso de quedar segundo en el Mundial sub 23 de San Sebastián”, dice el ciclista de Torrelavega. “Y me lancé a este territorio aun sabiendo que si no me iba bien no tendría dónde agarrarme, y que me tocaría correr solo en equipos extranjeros, Italia, Holanda. Las vueltas no eran una opción”.

Heredero de nadie, nadie le hereda. Una aparición, un paréntesis, una distopía. Se lanzó al vacío sin saber que antes de él, en España solo había existido otro de su raza, Miguel Poblet, ganador de dos San Remos a finales de los 50, podio en dos Roubaix --“solo oí hablar de Poblet después de ganar mi primer San Remo”, dice--, y, ahora, casi ocho años después de colgar la bicicleta, repasa el palmarés histórico de las clásicas que ganó aparte de Mundiales y San Remos –tres Brabanzonas, Tours, Gante, Hamburgo…-- y comprueba que él sigue siendo el único español cuyo nombre figura. “Y también soy el único con el maillot verde del Tour… Y no, no veo a ninguno en España que vaya a ser figura en las clásicas, bueno, en las clásicas y en las etapas. Nuestra generación [la de los nacidos entre principios de los 70 y principios de los 80] dejó el listón muy alto. Ahora los que vienen son los colombianos”.

Los belgas y los italianos son los que no se van, los que le impresionaron a Freire, aunque no tanto como para paralizarle, para impedir que se lanzara a pelear con ellos por los monumentos. “Y a mí me impresionaron, claro, los que podía ver, los que eran como yo, no los de las generales de las grandes vueltas, y el primero que me impresionó fue Paolo Bettini, quien cuando tenía el día era intratable, era generoso, no se guardaba nada, y ganaba de una forma muy bonita”, dice Freire (nacido en 1976), quien se enfrentó a ciclistas de varias generaciones, veteranos como Cipollini (1967), Bartoli (1970) o Zabel (1970); coetáneos como Bettini (1974) o Petacchi (1974); jóvenes como Boonen (1980), Gilbert (1982), Pozzato o Cancellara (1981), y jovencísimos como Sagan (1990).

Le impresionó Bettini, ganador de dos Mundiales, los Juegos de Atenas, dos Liejas, dos Lombardías y una San Remo, pero le impresionó más aún Philippe Gilbert. “Sobre todo el Gilbert de 2011 y 2012, el que ganó casi todo en la primavera del 11 [Strade Bianche, Amstel, Flecha, Lieja, Brabanzona] y el del Mundial del 12, en su Cauberg”, dice Freire, y hace elogio del ciclista belga, aún en activo, que fue capaz de ganar también, años después, los dos monumentos del pavés, el Tour de Flandes (2017) y la París-Roubaix (2019), y derribó la frontera cultural entre los dos ciclismos belgas, el valón (los escaladores que triunfan en la Flecha o en Lieja) y el flamenco (los adoquines, la lluvia, el viento de su Flandes). Y Gilbert, justamente, nunca ha ganado lo que más ha ganado Freire, la Primavera, la clásica italiana de 300 kilómetros, el Poggio y las flores que siempre se corre alrededor de San José y que este año, Covid-19 obliga, se disputará el 15 de agosto, el ferragosto italiano. Es el quinto monumento que, junto a Flandes, Roubaix, Lieja y Lombardía, coronaría su carrera y le permitiría hablar de tú con sus compatriotas Rik van Looy y Eddy Merckx, los únicos ciclistas que en la historia han ganado los cinco monumentos y el Mundial. A De Vlaeminck, monsieur Roubaix, le falta el Mundial.

“En el Mundial de 2012, mi última carrera, estaba atacando Nibali y salió él detrás, justo delante de las narices de todos, y le metió un repaso, vamos, nos metió un repaso, que nos hizo quedar como juveniles, y te puedo decir que íbamos a una velocidad tremenda; y en la Amstel de 2011, empezó a tirar del grupo contra el viento antes del Cauberg, y me acuerdo que Purito y yo pensamos lo mismo, bien, uno menos, porque se estaba gastando, y en el Cauberg le arrancó Purito, y Gilbert le cogió rueda y le soltó enseguida, y volvió a ganar”.

Y son la Amstel y Flandes las dos clásicas que más puede lamentar Freire no haber ganado. “La Amstel era ideal para mí, pero muchas veces el recorrido perfecto se te atraganta. Y a Flandes nunca llegué perfecto, pero me gustaba mucho y me iba muy bien”, dice Freire. “Y también me impresionaron otros ciclistas, pero cuando dieron positivo por dopaje dejaron de impresionarme…”

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