LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Boyata desafía el protocolo con un beso a Crujik

El jugador celebra el gol en propia meta del Hoffenheim encariñándose con su compañero del Hertha de Berlín, contra la normativa sanitaria que proscribe abrazos y otros tocamientos entre colegas

Boyata besa a Crujik.
Boyata besa a Crujik.THOMAS KIENZLE / POOL / EL PAÍS

Los banquillos solían ser uno de los mentideros más recurrentes del fútbol hasta el advenimiento del nuevo coronavirus. Recogidos bajo el techo de metacrilato en la segunda línea de sillones, los jugadores intercambiaban las últimas novedades de la vida balompédica confortablemente protegidos, hombro con hombro, aislados por el ruido de la grada. Eso es historia. La Bundesliga presentó los nuevos banquillos, sin techo, con una sola línea de asientos separados a un metro y medio, de forma que los futbolistas quedan expuestos a miradas inquisitivas y si hablan se les escucha.

El fútbol bajo el signo de la pandemia obedece a un diseño represivo. Todo son alarmas. Lo saben bien los jugadores del Hertha de Berlín, que hace una semana asistieron perplejos a la sanción de su compañero Salomon Kalou, apartado del equipo tras publicar un vídeo en el que se exhibía dando la mano a dos compañeros. Si darse la mano es un tabú que el nuevo protocolo sanitario de la Liga de Fútbol Profesional de Alemania (DFL) tipifica como infracción, darse un beso es una cosa tan grave que no hay código penal que lo registre. Esto fue lo que hicieron Marcus Thuram y Dedrick Boyata este sábado: besar. Besar a un compañero. Besarlo en público. Ante las cámaras y los ojos fríos de una nación escandalizada.

Thuram metió el segundo gol del Mönchengladbach al Eintracht y besó a su compañero Tobias Strobl, que se le acercó a felicitarlo. Boyata sabía lo que arriesgaba porque, al igual que el ajusticiado Kalou, juega en el Hertha. Su beso se pareció mucho a un homenaje al compañero ausente cuando en el minuto 58 del partido que enfrentaba a su equipo con el Hoffenheim en el Rhein-Neckar Arena, resolvió hacer añicos las recomendaciones sanitarias que prescriben el distanciamiento social.

Sucedió cuando Kevin Akpoguma se hizo un gol (0-1) en propia meta, dándole la ventaja al Hertha. Liberado por el júbilo —o decidido a exhibir su rebeldía—, Boyata se abalanzó sobre su compañero Marko Grujik y le estampó un beso en la mejilla, muy cerca de la boca.

Bruno Labbadia, el técnico del Hertha, se mostró comprensivo. “Las emociones son parte del juego”, lo justificó. El Hertha acababa de imponerse por 0-3 en el partido de regreso a la Bundesliga tras dos meses de interrupción de la competición por la pandemia de la covid-19. En plena fiesta por el éxito conseguido no había lugar a sanciones. Tampoco la DFL quiso actuar de oficio. La patronal del fútbol alemán resolvió que, esta vez, no haría nada.

La jornada fue previsiblemente rara. Christian Streich, el entrenador del Friburgo, que empató en Leipzig (1-1), admitió que debió inhibirse de dar indicaciones a sus jugadores, ya que sin público los micrófonos de las televisiones lo registran todo y resulta vergonzoso. “Me hizo recordar mis tiempos de entrenador sub-18”, dijo Streich; “entonces procuraba no gritar demasiado para no confundir a los jugadores. Ahora tienes más posibilidades de intervenir en el juego porque al no haber público todo se escucha mejor. Pero es mejor no hacerlo”.

“No esperaba que la calidad del juego se resintiera”, observó Streich. “Me recuerda a los entrenamientos. Son situaciones que se conocen porque se entrenan, pero no se conocen en competición. Pero echo de menos a los espectadores porque nosotros amamos el fútbol y ellos aman el fútbol, y necesitamos encontrarnos los fines de semana. Lamentablemente no se puede”.

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