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Pista Libre COLUMNA i

El alegato del Eibar contra el fútbol pijo

En Ipurua se escenificó la metáfora crítica del fútbol elitista que pretenden los impulsores de la Superliga Europea

Gonzalo Escalante hace un gol contra el Real Madrid. En el vídeo, José Luis Mendilibar tras la victoria.

Ya se sabe que el fútbol funciona como un abigarrado perchero de metáforas, desde las trascendentes hasta las más triviales. No fue banal lo que ocurrió en Ipurua, donde el Eibar barrió al Real Madrid con un brillante ejercicio de temperamento, convicción, orden, atención y excelentes recursos futbolísticos. En definitiva, con un gran fútbol. Al Madrid le corresponde la lectura inversa: un desastre que acentúa las sospechas sobre el diseño de la plantilla, la dejadez de algunos jugadores y el peso de los años en varios de sus mejores futbolistas. Sin embargo, el partido dejó una lectura que escapa al estricto análisis futbolístico. En Ipurua, el Eibar envió un alegato contra el pijerío.

A través de una filtración de Football Leaks se ha conocido el intento de creación de la Superliga Europea, proyecto que según fuentes de algunos clubes está encabezado por el Real Madrid y el Bayern de Múnich. No se trata de un globo sonda. Se conocen los equipos que lo integrarían —Real Madrid, Barcelona, Bayern, Manchester United, Manchester City, Chelsea, Arsenal, Liverpool, Juventus, Milan y París Saint Germain—, la fecha del inicio de la competición (2021), su carácter empresarial —una sociedad radicada en España, con un porcentaje de propiedad que encabezarían el Real Madrid, con el 18% de las acciones, el Barça con el 16% y el Manchester United con el 12%—, su formato cerrado, sin descensos al menos durante 22 años, y la participación de cinco invitados, graciosa concesión de los propietarios al Atlético de Madrid, Inter de Milán, Roma, Borussia Dortmund y Olympique de Marsella.

Es una fórmula a la americana que concentra el fútbol para ricos y poderosos en metrópolis o grandes áreas urbanas, una competición de diseño donde los equipos abjuran de su procedencia y de su pasado porque no les gusta el olor a pies de los rivales en sus respectivas Ligas. El motor es la pasta, el dineral que imaginan jeques, oligarcas, banqueros y magnates, empeñados en convertir el fútbol en un capricho exclusivo, discriminatorio, de puertas cerradas y palcos bañados de intriga y oro. Poco importa que varios de sus integrantes hayan estado en la bancarrota, al borde la desaparición o en una profunda irrelevancia deportiva. Ahora nadan en la abundancia, y eso es lo que importa.

Mendilibar, durante el partido contra el Real Madrid.
Mendilibar, durante el partido contra el Real Madrid. REUTERS

A este mundo sólo le interesa repartirse el poder, el dinero y la influencia política. Piensan que más allá de ellos no existe nada, excepto la pobreza y la podredumbre. Es una visión discriminatoria y elitista del fútbol que cuadra perfectamente con los tiempos que corren. Todo indica que el proyecto se ha derrumbado temporalmente por la tenaz oposición de la UEFA, el impacto de la filtración y las dudas de algunos clubes, especialmente los ingleses, pero el interés por este modelo exclusivo no decrecerá. Persistirá.

El fútbol, que creció entre parroquias y descampados, ofreció en Ipurua un baño de realidad a estos corporativos del fútbol pijo. El Eibar significa todo lo que detestan: un pequeño pueblo de 28.000 habitantes, sin apenas espacio llano, un campo diminuto —construido sobre los escombros que en 1945 nivelaron 250 prisioneros comunistas y socialistas madrileños—, la extrema voluntad para sortear dificultades y alcanzar la Primera División, la imaginación para desarrollar la campaña que permitió al club jugar en la máxima categoría —aficionados de 50 países se adhirieron como socios— y el éxito de un equipo que nunca desmaya.

A ese relato volvió a ajustarse el Eibar, que recordó una vez más la verdadera naturaleza del fútbol, lo fascinante de su diversidad, lo importante que resulta para la gente y no solo para los privilegiados, el valor del mérito cotidiano y el derecho a soñar. Es decir, todo lo que desprecian los gerifaltes del fútbol de diseño.

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