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Aquel verano de 2009

Benzema pasará a la historia del club como el perfecto mayordomo: la figura servicial y silenciosa que pasa la bandeja, aquí y allá, para que todo fluya y no falte de nada

Benzema celebra uno de sus goles ante el Girona por LaLiga.
Benzema celebra uno de sus goles ante el Girona por LaLiga. AFP

A Benzema lo intuían en Barcelona como el complemento ideal para desatar el talento de Messi pero un viaje de Florentino Pérez a Bron, el suburbio de Lyon donde vivía el francés, lo cambió todo. O quizás no cambió nada, es difícil saberlo. Los números indican que el argentino ha brillado en todo su esplendor desde aquel verano de 2009, cuando su destino y el de Karim estuvieron a punto de tocarse, pero la imaginación no deja de insistir en que la fusión de sus virtudes nos habría regalado algunas de las páginas más brillantes y emotivas en la historia del fútbol. Como alternativa al francés, el Barça terminaría presentando a Zlatan Ibrahimovic pocas semanas después, y no habría que esperar mucho más antes de que, uno y otro, fueran identificados como figuras sospechosas a ojos de sus respectivas aficiones.

Sobre Benzema siempre ha sobrevolado el mito del nueve clásico, emparedado por el costumbrismo de un estadio que se alza como un muro y escrutado, sin compasión, por quienes todavía besan cromos de Santillana y Hugo Sánchez para curarse los espantos. Nunca gustó su juego en una casa donde los porteros paran, los defensas despejan, los medios asisten y los delanteros marcan. Así ha respirado estos años el Santiago Bernabéu: un convento que ruge ante el libre albedrío del fútbol moderno, natural e inteligente que brota de las botas de Benzema. “Yo juego al fútbol para ayudar a mis compañeros”, declaraba el francés en una reciente entrevista a la revista Vanity Fair. No es de extrañar, por tanto, que excepto Jose Mourinho en puntuales arrebatos de carcunda, todos sus técnicos hayan valorado la excepcionalidad del francés como parte fundamental de sus planteamientos.

La llegada de Julen Lopetegui y sus intenciones corales se intuyen como la mejor noticia posible para un delantero con alma de centrocampista, un procesador andante de gesto despistado que pide la pelota al pie y la devuelve bañada en oro, como esos bombones que solo se fabrican en verano. Si Cristiano Ronaldo representaba como nadie el papel del lujoso aristócrata, Benzema pasará a la historia del club como el perfecto mayordomo: la figura servicial y silenciosa que pasa la bandeja, aquí y allá, para que todo fluya y no falte de nada. Sin él no se entendería la última dinastía europea de un equipo que, a menudo, nos ha parecido peleado con sus propias virtudes, como si entre la sustancia y la presencia optase siempre por lo segundo, por guardar esa apariencia heredada de bélico adalid.

No encajan los conceptos militares con un futbolista que se niega a cantar La Marsellesa porque, en su opinión, “es un himno que llama a hacer la guerra”. Por ahí comenzaron a fraguarse sus problemas en un país que entiende el deporte como una extensión de los campos de batalla y el nacionalismo exacerbado como parte fundamental de su esencia. Recién levantada la Copa del Mundo, no parece el mejor momento para recordar con nostalgia su ausencia en Rusia y, sin embargo, aquí estamos algunos: discutiendo que el futuro del fútbol pasa por la obsesión asociativa de jugadores como él, no por la letanía ultraconservadora que define a la actual campeona del mundo. Y también, por qué no, lamentando lo cerca que estuvieron Benzema y Messi de reconocerse sobre un terreno de juego en aquel, ya lejano, verano de 2009.

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