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“La lucha no fue en vano”

Conchi Amancio, pionera del fútbol femenino en España, reconstruye las dificultades hacia el profesionalismo y celebra la evolución de los últimos años

Conchi Amancio
Conchi Amancio, antes de un partido en 1974. DIARIO AS

El distrito madrileño de Villaverde, al sur de la capital, acogió el primer partido de fútbol femenino de la era moderna en España. Y ese mediodía de 1970, en el estadio Boetticher, lució como nadie una niña de 13 años que entonces firmó cinco goles, los cinco de ese partido, y abrió una vía crucial. “Hubo una explosión del fútbol femenino”, recuerda a este periódico Concepción Sánchez Freire (Madrid, 1957), a la que su irrupción le mereció el sobrenombre de Conchi Amancio, en honor a una de las figuras históricas del Real Madrid en los sesenta.

“Mi hermana y yo llegamos en autobús y no había más de 20 personas, pero cuando salimos del vestuario el campo estaba hasta arriba. Había unas 8.000, fue algo mágico”, aporta la madrileña, precursora y pionera, artífice fundamental del despegue del fútbol femenino en el país y orgullosa del buen devenir y la bonanza actual, después de sortear un sinfín de obstáculos y terminar con el tabú de que las chicas no pueden tratar bien el cuero.

“Veo lo que está consiguiendo la selección sub-20 y me alegro por que todo lo que hemos luchado no haya sido en vano”, celebra la madrileña, que a sus 60 años contempla con satisfacción el éxito de las españolas en el campeonato disputado en Francia. “Me siento unida a ellas. Es un orgullo. Este éxito es el de todas las generaciones”, afirma Conchi Amancio antes de entrar en detalle del histórico estreno de 1970.

“Éramos unas benjaminas. Nuestro equipo era el Sizam y nos enfrentábamos al Mercacredit, pero como éramos las más pequeñitas nos pusieron a cada una en uno. Quedamos 5-0 y yo metí todos los goles”, cuenta; “ese día había muy buen rollo. No me dijeron ninguna burrada, y eso que yo sacaba los córners pegada a la gente. Al final se echaron al campo y tuvimos que salir escoltadas. Fue una fiesta”, rememora la madrileña, que desde entonces se quedó con el apodo que todavía le acompaña.

“Vino la prensa y me bautizó así, Amancio. Fue un honor y además le conocí”, apostilla, a la vez que matiza que la mayoría de jugadoras que saltaron al campo aquel mediodía no volvieron a jugar un partido y que ese día supuso un antes y un después: “Desde ese partido las chicas empezaron a jugar más. Se formó el Olímpico de Villaverde y otros equipos en Madrid; surgieron como 300 en toda España, o al menos eso decían en los periódicos. Se hicieron muchos reportajes que ahora han desaparecido. Hubo una explosión, mucha publicidad, muchas niñas que querían jugar al fútbol. Estaba creciendo y la gente venía a ver los partidos, pero las instituciones empezaron a boicotearlo, a hablar mal de ello. Nosotros solo queríamos disfrutar del deporte. La opinión pública entonces cambió. Había mucha ignorancia”.

A contracorriente, entre muchas dificultades, mostraron el camino pese a todas las adversidades. “Había pocos campos, no teníamos donde entrenar. Lo hacíamos en canchas de baloncesto, solo una hora. No había entrenadores preparados, pero siempre trabajábamos muchísimo. Fuimos una generación que sin que nadie lo dijera habíamos hecho historia; ahora todo el mundo hace historia...”, precisa Amancio, la primera capitana de la selección en un debut que transcurrió en La Condomina de Murcia, frente a Portugal, con un marcador definitivo de 3-3 y un buen puñado de contratiempos.

Selección sin escudo

“Creo que era febrero de 1971, cuando la federación aún no reconocía el fútbol femenino, algo para lo que tuvo que pasar más de una década. Pero no éramos clandestinas, ese término no me parece justo; jugamos delante de muchas personas”, evoca; “éramos muy jóvenes, no llegábamos a los 15 ó 16 años, y las portuguesas eran tres años mayores. Cuando llegamos al estadio nos encontramos con la papeleta. Empezó a retrasarse, había lío...”. Y prosigue: “Al árbitro, un árbitro federado, le prohibieron salir de negro con la vestimenta oficial. Se puso un chándal para sacar el partido adelante. Nosotras no pudimos salir con el escudo, pero queríamos jugar. Había unas 3.000 personas y hacía mal tiempo; lloviznaba, era un día desapacible. Fue un triunfo empatar”.

Posteriormente llegaron los cruces contra Italia, dos en cada país. Una selección que iba muy por delante, con una federación propia y dominante en los setenta. “Habían quedado segundas en el Mundial de México, no reconocido por la FIFA. Su entrenador era Amadeo Amadei, un jugador histórico del calcio. Nosotras no teníamos federación. De hecho, algunas fueron sin botas y tuvimos que comprarlas en un mercadillo”, recuerda en torno a una experiencia que le permitió ganarse la vida haciendo aquello que más le gustaba: “Uno de esos partidos lo jugamos en Padua y allí había observadores del Gamma 3. Me vieron y se enamoraron de mi juego. Era un equipo puntero, el más profesional. Hacía lo que se está tratando de hacer ahora. Eran emprendedores. El nombre venía de su negocio de lámparas de diseño. En España ganaba unas 400 pesetas al mes, pero allí ya fue más. Viví del fútbol”.

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