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Cristiano empezó la fiesta

Cuando llegó CR7 al Bernabéu, el Madrid sufría al mejor Barça de la historia; nueve años después, Cristiano se va del mejor Madrid del último medio siglo

Cristiano Ronaldo, durante la entrega del Balón de Oro en 2014. En vídeo, 'explainer' de Antonio Nieto sobre la marcha de Cristiano Ronaldo del Real Madrid. FOTO: AFP / VÍDEO: EPV

Hay un momento maravilloso del día de la presentación de Cristiano Ronaldo en el Real Madrid. Miles de aficionados se amontonan frente al Bernabéu, mientras a sus espaldas un coche cruza la Castellana. En él, Cristiano Ronaldo observa divertido la escena.

En nueve años nunca se bajó de ese coche, nunca se dirigió a la afición salvo para reñirla o reivindicarse y nunca hizo del madridismo una causa de fe. Es probable que no sepa cuántas Copas de Europa tiene el Real Madrid, pero sí los minutos de los goles que marcó en la fase de grupos de la temporada 2010/2011. Y sin embargo nadie ha dejado semejante huella en el madridismo moderno, nadie como él ha ayudado a construirlo, rediseñarlo y hacerlo crecer en todo el mundo; nunca el Madrid manejó una marca tan descomunal. Cuando llegó Cristiano Ronaldo al Bernabéu, el Madrid sufría al mejor Barça de la historia. Nueve años después, Cristiano se va del mejor Madrid del último medio siglo, el único club que ha ganado tres Champions consecutivas en una competición en la que nadie ha podido ganar dos seguidas con este formato.

Esto ha sido Cristiano Ronaldo. Una contradicción perpetua. El hombre más seguido del mundo en redes sociales (más de 300 millones de personas) se puso de charla hace años media hora con un repartidor de comida a domicilio porque en aquella mansión blindada de La Finca estaba solo. “No puedo bajar a tomar el café con nadie”, se quejaba. “¿Gente en la que de veras confío? No mucha. La mayor parte del tiempo estoy solo. Me considero una persona aislada”, le dijo al escritor Jimmy Burns. “No me gusta dormir acompañado. Me gusta dormir solo”, dice en un documental sobre su vida. Una estrella que sobrevive a su falta de intimidad exhibiéndola en redes y películas. Un huérfano (“vete con tu papaíto”, le gritó Van Nistelrooy cuando CR salió con Queiroz del campo tras pelearse con el holandés; “¡Mi padre está muerto!”, le gritó llorando el portugués) que ha jugado, como diría Gistau, el partido de vuelta de su padre contra la vida, y del que sabemos gracias a las redes que su hijo de ocho años se hace tatuajes, levanta pesas y sabe pronunciar Lamborghini. Un multimillonario involucrado en causas sociales que pide el anonimato y un defraudador a Hacienda condenado a dos años de prisión y a pagar casi 20 millones. Una estrella que da ejemplo llegando a Valdebebas una hora y media antes del entrenamiento bien capaz de pasarse esa hora y media mirándose al espejo.

Cuando Cristiano Ronaldo anunció la producción de una película llamada Ronaldo (“¿en España me llaman Cristiano?”, preguntó en el túnel de vestuario al escuchar por primera vez el cántico del Bernabéu), se pensó que era su oportunidad en frío de despegarse de la imagen que traslucía en los medios y sus propias redes. Su visionado, que empieza con un reto a su hijo para saber qué coche de lujo falta en el garaje (“¿El Rolls?, ¿el Porsche?”) confirmaba lo presentido: Cristiano Ronaldo se había convertido en su propia caricatura. Ese personaje tan consciente de sí mismo y de su leyenda, esa figura rodeada al mismo tiempo de hermetismo y exhibición, ha sido el mejor jugador del Real Madrid que los nacidos a partir de 1970 hemos visto en nuestra vida. Y mucho me temo que el que verán también los que ya han nacido en el siglo XXI.

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