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La culpa de Messi la tiene Guardiola

El extécnico del Barça entendió tanto al 10 que dejó una receta contraproducente: todo consiste en hacerle feliz

Messi protesta durante el duelo ante Croacia. Ampliar foto
Messi protesta durante el duelo ante Croacia. Getty Images

Messi tenía hasta hace poco dos vidas paralelas que con el tiempo y por sorpresa se han encontrado después de la derrota de la Albiceleste con Croacia. Había un futbolista feliz y ganador en el Camp Nou y un jugador apesadumbrado y perdedor en Argentina. Hoy, sin embargo, la pregunta es la misma en Rusia que en Barcelona: ¿Por qué Argentina no gana la Copa del Mundo, o difícilmente podrá conquistarla en Moscú, ni el Barça alcanza la Champions, después de Berlín 2015, cuando ambos tienen al número 1? No hay respuesta ni se espera del protagonista: Messi.

La sensación es que el equipo azulgrana ha empeorado después de la partida de Puyol, Xavi, Neymar y recientemente de Iniesta, y por otra parte no se observa ninguna mejoría en la Albiceleste. Los cambios de seleccionador no han ayudado precisamente a encontrar la mejor versión del 10 y la última generación de jugadores argentinos se encuentra presa de la angustia y la frustración, víctimas del legado de Maradona, un oráculo que funciona en las fiestas y ante las cámaras, difícilmente en la cancha, como pasó contrariamente con Cruyff.

Ningún entrenador ha sabido interpretar mejor a Cruyff que Guardiola y puede que no haya habido un técnico más influyente para el del delantero argentino que el hoy preparador del Manchester City. Guardiola “mató” por Messi. Tomó decisiones que todavía se le reprochan como la de prescindir de Eto’o después de oficiar el adiós de Ronaldinho. Aún sabiendo que le desafiaría cada día, incluso desechó a uno de los mejores solistas del mundo, como Ibrahimovic. No se hablaba entonces solo de Messi sino de Messi como falso 9.

Guardiola solo cometió un error que hoy tiene confundida a Argentina y al Barça: afirmar que el fútbol es un juego tan sencillo que consiste simplemente en hacer feliz a Messi. Así de fácil y así de complicado porque a día de hoy el rosarino está extraviado y a merced de la corriente, víctima de la crítica que exige su cabeza por pecho frío, como si el fútbol no fuera solo un asunto de goles sino también de guerreros que se saben el himno y miran a la bandera aunque después sean vulnerables en la cancha como el desdichado portero Caballero.

Messi no responde, ni siquiera habla, y sin embargo Sampaoli se empeñó en almorzar cada mes en su casa para saber qué quería, qué le convenía, que necesitaba para ser el chico feliz dibujado por Guardiola. No sabía que al 10 conviene a veces provocarle, estimularle o retarle, más que complacerle, como hizo por ejemplo Luis Enrique, que sacrificó su liderazgo a favor del tridente Messi, Luis Suárez y Neymar. Ahora le toca a Valverde. Y el Txinguirri no solo es un muy buen entrenador sino que ha sabido ganarse de momento la confianza del 10.

El punto de partida del técnico del Barça es Roma de la misma manera que para Argentina será Nizhny Novgorod. El reto es el mismo: hay que montar un muy buen equipo para que Messi pueda triunfar y no organizar una alineación de servidores del 10. El rosarino necesita socios y no amigos, un asunto capital en cualquier empresa, también en el fútbol y especialmente en el Barça. La grandeza de Cristiano Ronaldo, y su diferencia con Messi, es que marca goles indistintamente con quien juegue y a quien se enfrente, siempre alimentado por su ego y su marca CR.

El portugués es un solista como Ibrahimovic, nada que ver con Messi. “Argentina juega como si no existiera Leo”, afirma Valdano, una reflexión tan certera como la de Guardiola. No se trata de rebajar la importancia del 10, el mejor futbolista del mundo y puede que de la historia, sino de contextualizar su rol en el Barça y en Argentina. El asunto es colectivo y no individual como bien sabe Sampaoli, el mismo que supo cómo ganarle a Argentina con Chile y ahora no sabe cómo hacerla jugar contra Croacia o Islandia y ya se verá ante Nigeria.

No es una cuestión de liderazgo sino de identidad: la clave para entender a Messi no está en tenerle para ganar, y menos para que confiese cómo se hace, salvo que quiera irse al Madrid. Hay que convencerle desde el juego y hacerle tan partícipe de él que por nada del mundo se quiera perder un partido con aquel equipo azulgrana o albiceleste que evoque sus sueños de infancia en Rosario. Acabada su doble vida, Messi ya no está para arreglar los problemas de los demás sino para salvarse como número 1 con la ayuda del Barça y de Argentina.

Más que pedirle hay que darle las gracias y ganarle para la causa desde la reivindicación futbolística, cosa que no debería ser tan complicada en una selección con tanta tradición como la Albiceleste y un club de la categoría histórica del Barça.

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