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Hegemonías europeas

Ver cómo la Juventus y el Madrid superan eliminatorias de Champions año a año hace suponer que son depositarios de una convicción secreta hereditaria

Cristiano Ronaldo celebra su gol al PSG en el Parque de los Príncipes.
Cristiano Ronaldo celebra su gol al PSG en el Parque de los Príncipes. EFE

Algunas victorias llevan tanto tiempo sucediéndose que ya no hay un porqué para ellas. Simplemente suceden. La vida es así. La hegemonía consiste en que casi siempre pase lo que sucede. Ver cómo Juventus o Real Madrid superan eliminatorias de Champions año tras año, por mucho que cambien los tiempos, hace suponer que estos clubes, y tal vez solo alguno más, son depositarios de una convicción secreta que se hereda de unas plantillas a otras. Sus triunfos están más allá de toda razón. La razón se perdió en el tiempo, y en su lugar se instaló la pura costumbre o la manía. El destino es ganar. Conocen todas las formas de hacerlo, y unas veces eligen realizar un gran partido y otras aliarse con la fortuna. Qué más da. Su hegemonía también está más allá del cómo. Ganan sin detenerse, sin mirar atrás, sin preguntarse de qué modo fue posible. El qué importa más que el cómo. A veces, aun persiguiendo su ruina, sobreviven, a semejanza de aquel relato de Woody Allen en el que un hombre corroído por los celos que sentía hacia su loro, nombrado subsecretario de Agricultura, decidía suicidarse; con tan buena suerte que elegía una de esas pistolas de las que sale una banderita que pone “Bang”, y no le pasaba nada.

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Ganan porque ya ganaron antes y la tradición los estrangula hasta acabar por hacer lo que ella les dicta. En cierta ocasión le preguntaron a Ezra Pound cómo acabó siendo poeta, y, sin un porqué claro, se remitió a la historia familiar, que no pudo sortear, limitándose a ejercer la vieja hegemonía de los antepasados. “Por una parte”, respondió, “mi abuelo solía sostener correspondencia con el banco del pueblo en verso. Por la otra, mi abuela y sus hermanos utilizaban rimas en sus cartas muy a menudo. Era un hecho: todo el mundo escribía en verso”. Solo podía ser poeta. De un modo análogo, en los grandes clubes se superan eliminatorias difíciles porque están llamados a hacerlo. Actúan igual que esos objetos cuyo propósito es arrasar, quitar de en medio, enviar al destierro, como las tijeras, el cuchillo o la lima.

No formar parte de ese viejo grupo en el que militan Madrid, Juventus y Bayern de Múnich exige del resto de aspirantes a conquistar el título una inspiración asombrosa, sostenida, o quizá a una carambola irrepetible, que se da un año, o como mucho dos en un siglo. En el caso del Barça, debió esperar a que llegase al banquillo Cruyff, y más tarde, a que un día existiese Messi. En el fútbol europeo, la historia habla, y cuando lo hace es para decir lo mismo de siempre. Estamos ante uno de esos casos en los que para saber qué te deparará el futuro no hay que mirar hacia delante, a ver qué viene, sino hacia atrás, a ver qué vino. Es un hecho verdaderamente notable contemplar a la historia jugar al fútbol. No se distingue mucho de un fantasma, que de por sí es algo intangible, pero se las arregla para hacer goles, mientras le susurra al rival: “No tienes nada que hacer”.

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