La Real Sociedad cobra ventaja ante el Villarreal

Los de Eusebio se imponen en un duelo marcado por los golazos y algún error de bulto

Oyarzabal intenta llevarse el balón.
Oyarzabal intenta llevarse el balón.Juan Herrero (EFE)

Hay goles y partidos que se estudian a ras de suelo y otros que caen del cielo como témpanos para quien los encaja o los padece. Partidos en los que empatas a casi todo menos a goles. Eso debía sentir el Villarreal y lo mismo debía pensar la Real, igualados ambos en presión, en derecho de tanteo, en control, en especulación. Pero nunca se sabe cuándo se va a levantar la ventisca y el que agitó el viento del norte fue Oyarzabal.

El Villarreal no olió la pelota desde que la sacó de banda hacia Mikel González, que la prolongó hasta Oyarzabal, que trasteaba por dentro, y su pase interior a Willian José fue igual de solvente que la finalización del brasileño. El Villarreal, que pretendía un comienzo más diplomático, con futbolistas menos habituales, pero muchos titulares, se encontraba con un sopapo inesperado.

Y la Real tiene argumentos e inercias que hacen que con el viento a favor navegue con piloto automático. Una leve ventaja la convierte en un sprint y para los sustos tenía la mejor versión de Íñigo Martínez, impecable al cruce, orientado por algo más que la estrella del Norte. Y en esto llegó lo impensable, la jugada increíble, la que parece imposible entre jugadores de calibre. José Ángel despejó en la defensa de forma horrible, hacia adentro, un globo que congeló el balón por tan alto como subió. Nadie de la Real se asomó a su lenta caída. Asenjo acudió a acunarlo con los brazos. Mario lo veía caer sin ver a su portero. Si hubo silencio o sordera, no se sabe, pero el portero chocó con el defensa, el balón dio en este último y lo dejaron a un metro de gol, a puerta vacía para Carlos Vela o Willian José. Lo empujó el mexicano porque estaba más cerca, pero tenían tiempo para habérselo jugado a piedra, papel o tijera.

Sin mordiente

Se antojaba tormenta para un Villarreal tan aseado y laborioso como siempre, pero con las uñas tan rapadas que no cazaba ratones. Pato y Sansone resultaban intrascendentes. El primero sacó el catálogo de taconazos, pero nunca llegaban a buen puerto. Sansone, ni eso. Demasiado lejos jugaba el equipo de Escribá, y se encontró con dos goles con esa facilidad que la Real tiene para sacar rédito a lo bueno y a lo regular. Era el día de Oyarzabal, intratable en velocidad, sutil en el regate, solidario en defensa, asistente eficaz. Y el premio personal le llegó en una acción en la que rompió la cintura de Musacchio y lanzó un rayo con la zurda que pasó ante los ojos de Asenjo como una estrella fugaz.

Se había roto el partido, algo que a buen seguro desagradaría a Eusebio, más deseoso del fútbol control para proteger una ventaja que sentenciaba casi la eliminatoria. Y pudo haber más goles: de Willian José, dos veces, de Pato (la única vez que se sacó la foto). Pero era día de artistas, de soliloquios. Y le llegó el turno a Trigueros que lanzó un zambombazo desde más cerca del medio campo que del área grande que sorprendió a un adelantado Rulli. Trigueros evitó la ejecución de la sentencia y aún Musacchio, en los últimos segundos, pudo reducir la herida a rasponazo. Con todo a favor mandó la pelota fuera.

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