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Llull, todo menos increíble

El baloncestista más decisivo de Europa ha hecho de los milagros algo cotidiano

Llull celebra con el público una de sus canastas ante Oklahoma.
Llull celebra con el público una de sus canastas ante Oklahoma. EFE

Vaya de entrada una simpleza como tantas que se escriben: lo cotidiano nunca será increíble. Viene esto a cuento porque hay ocasiones, pocas, en las que en el deporte profesional te encuentras a un tío que hace las mismas cosas que muchos mortales, comprar el pan, pasear al perro o tomar una caña en una tasca en la que la cuenta te la escribe el camarero en la barra con una tiza. Es gente rara en ese mundo, el del hiperprofesionalizado deporte, donde antes de dirigir la palabra a la estrella de turno hay que pedir permiso a su ego. Tan raro es en ese ambiente el tipo del que hablamos, con aspecto de atorrante, con barba recortada de aquella manera, al que no se le avería el avión privado (con lo que molesta que se le averíe a uno el avión privado), que no conocemos a su peluquero, al que le hace la manicura y a su fabricante de calzoncillos y que se limita, cuando su equipo triunfa (casi siempre), a subir una foto de celebración a las redes sociales junto a sus compañeros del Madrid o la selección sin acompañarla del emoticono de un eructo.

Asegura el diccionario de la RAE que increíble es aquello que no puede creerse. No podía asegurar otra cosa. Dicho esto, cada día que pasa es más absurdo calificar de increíble a Sergio Llull. Algo puede ser increíble cuando ocurre una, dos, tres veces, pero deja de serlo cuando se convierte en habitual. Es Llull un individuo al que se le ha metido entre ceja y ceja convertir el baloncesto en un milagro. “Nada hay más difícil en este deporte que meter la canasta definitiva”, aseguraba hace años Sasha Djordjevic, otro que pasó por este deporte en estado de inspiración perpetua. Habrá que deducir, por tanto, que nada hay más difícil en el baloncesto que hacer lo que hace Llull.

Conseguir que un compañero (Felipe Reyes, por ejemplo) te lance la pelota en un saque de fondo y encestarla desde allí, desde 20 metros más o menos, y hacerlo además cuando el reloj dice que solo quedan cuatro décimas de segundo para el final puede resultar un accidente. Ocurrió la pasada temporada en Valencia y el protagonista de la proeza fue, por supuesto, Llull. Que ya había probado suerte en anteriores ocasiones, cierto que desde distancias más humanas, con enorme puntería. Que se lo digan al Barça en la final de la Copa del Rey de 2014. Pero lo ocurrido hace una semana en el partido que enfrentó al Real Madrid con Oklahoma Thunder, por mucho que parezca tener que ver con las ciencias ocultas, resultó la prueba irrefutable de que para este tío pasar un camello por el ojo de una aguja es como desayunar. Llull consiguió encestar sobre la bocina al final del segundo cuarto, al final del tercero y al final del cuarto. Imposible recordar algo similar. El baloncesto ha dado algún que otro dios, con Michael Jordan al frente, capaces de hacer todo y todo a la perfección. No llega a tanto Llull, por supuesto, pero pocas veces se ve a un jugador parando el tiempo, engañando al método, a la lógica, a las estadísticas y al sentido común, una, y otra, y otra vez...

Hace tiempo Llull recibió una oferta de los Houston Rockets que cuadruplicaba su sueldo en el Madrid. Le ofrecían ocho millones de dólares por temporada. Pero el baloncestista más decisivo de cuantos pisan suelo europeo la rechazó. Hay ocasiones, pocas, en las que en el deporte profesional te encuentras a un tío comprando el pan, paseando al perro o tomando una caña en una tasca en la que la cuenta te la hace el camarero en la barra con una tiza. Y quizá ese chico, Sergio Llull, que tan normal parece, esté imaginando su próxima canasta, que será imposible pero no increíble. Ya no.

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