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Es el mejor

Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo.
Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo. AFP

Cada vez que alguien dice de un futbolista que “es el mejor” parece que el mundo tiemble, pero al final nunca pasa nada. Ocurre a menudo con las frases ociosas, que lo dejan todo igual que estaba. Las pronuncias para atrincherarte en una idea. Afirmar que alguien es el mejor no sirve tanto para aclarar que lo sea, como para fijar con quién están tus simpatías. Necesitamos un referente, identificarnos con un ídolo, sentir que formamos parte de un bando, que estamos con “los nuestros”, y que esa pertenencia casi nos hace tan buenos como al futbolista que admiramos. “Es el mejor” resulta una frase hueca, ficticia, y sin embargo impresiona.

Nunca está de más desconfiar de las grandes admiraciones. O por lo menos descansar de ellas media hora. En cierta ocasión, Jorge Amado acudió a un encuentro de escritores brasileños en Roma, y al entrar reparó en un cartel con su foto que decía: “Jorge Amado, el mejor escritor de Brasil”. Se sintió radiante y continuó andando, muy erguido. Para su sorpresa, un poco más adelante vio otro cartel que rezaba: “Joâo Ubaldo Ribeiro, el mejor escritor de Brasil”. Su entusiasmo se vino abajo de golpe, aunque él no perdió la línea recta, y al encontrarse con el primer conocido, tuvo humor para comentar que “durante cien metros” había sido el mejor.

Nos demanda tanto ensañamiento y tiempo discutir quién es el mejor, que al final sólo quedan los dos bandos más resistentes. Y entonces, el mundo se reduce a eso, a algo tan simple como hablar todo el día de Cristiano y Messi, o de Guardiola y Mourinho. Tal vez sean los mejores. Puede. Me importa un bledo. No es eso lo que provoca hastío. Si son los mejores, que lo sean. Lo malo es que hayamos traspasado la frontera en la que un ídolo pasa de “ser el mejor” a “ser el único”, más allá del cual sólo existen las afueras. Hay días que todo se reduce a unos pocos nombres instalados en la conversación, como si con ellos se sostuviese el mundo en pie, y el resto pudiese irse a su casa a hacer tarta de queso.

Las temporadas se suceden, pero casi siempre son la misma. Nos hemos acostumbrado a un modo de mirar, así que siempre vemos lo mismo. Se enfrentan Manchester United y City, y reducimos el partido a un duelo Mourinho-Guardiola, y juegan Barça y Madrid, y una tarde más la vida se empequeñece ante Messi y Cristiano. En el fondo, no soportamos el desorden, y necesitamos que todo esté apilado, de modo que haya una cúspide y un fondo, y sólo nos interese la cúspide. Esta manera de organizar el fútbol, donde los mejores lo ocupan todo, evita que la competición se desparrame en un gran caos, pero expulsa a los terceros, los cuartos, los quintos… todo lo que no esté arriba, y se compendie en un bello nombre, lustrado por el marketing, se vuelve un suburbio. Es curioso, porque España fue campeona del mundo con un equipo formado por los segundos y terceros, incluso cuartos o quintos jugadores en importancia de sus clubes.

 

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