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La Real baja con cuatro madridistas

Simonsson, una estrella internacional, Villa, Raba y Chus Herrera. Ni con ellos se evitó la catástrofe del descenso a Segunda

Villa, Simonsson, Raba y Chus Herrera, durante un entrenamiento.
Villa, Simonsson, Raba y Chus Herrera, durante un entrenamiento.

A mediados de la temporada 60-61 el Madrid fichó a Araquistain, eslabón brillante de una larga saga de grandes porteros que produjo la Real durante muchos años. En principio, se iba a quedar aún en la Real la 61-62, pero el Madrid necesitó incorporarle ya esa temporada, por lesión de Vicente en la muñeca. La Real no quería. El Madrid mejoró la cantidad hasta llegar a los seis millones (lo que limpiaba la deuda del club) y cedió a tres jugadores, que luego serían cuatro.

Dos de los cedidos procedían de la cantera. Uno era Valentín Raba, medio de ataque. Santanderino, su padre había sido el portero del Racing en la fundación de la Primera División, en 1929. Campeón de España amateur con el Madrid en 1960, había pasado luego un año de cesión en el Salamanca. El otro era Villa. Extremo o interior, exquisita clase, regate y visión de juego. Era hijo de un directivo del Madrid. Había jugado un año y medio en Segunda, en el Plus Ultra, antecedente del Castilla. Dos buenas promesas.

El tercero era el sueco Simonsson, una estrella internacional. Marcó en la final del Mundial de 1958, la que el Brasil de Pelé le ganó a Suecia. Hizo dos goles en Wembley, en 1959, en la primera victoria de Suecia en casa de los inventores (2-3). Ese año fue quinto en el Balón de Oro, tras Di Stéfano, Kopa, John Charles y Luis Suárez. En el verano del 60, el Madrid jugó un amistoso en Goteborg frente a un combinado sueco. En el descanso, los suecos ganaban 2-1, los dos de Simonsson. El Madrid acabó ganando ese partido 4-5. Antonio Ruiz, que lo jugó, me contó hace años que en el descanso hubo una gran bronca en el vestuario entre Santamaría y Del Sol. “Simonsson se movía del sitio, iba atrás, arriba, nos volvía locos”. Bernabéu le fichó de inmediato, en la plaza de extranjero que dejó libre Didí. Aún no tenía 25 años, Di Stéfano ya estaba en los 34. Bernabéu pensó que podría ser su sucesor.

Jugó en el Madrid la Liga 60-61, pero sólo tres partidos (marcó un gol), y eso que Bernabéu, para hacerle sitio, había cedido a Pepillo, suplente habitual de Di Stéfano, al River Plate. Simonsson, gustaba en los amistosos entre semana, frecuentes en la época, pero a Di Stéfano no le había llegado la hora.

Su llegada a la Real se acogió con gran interés. He leído alguna vez que fue el primer extranjero del club, pero no es cierto. Aparte de los ingleses de primera hora, que los hubo en todos los clubes, la Real ya había tenido después de la guerra al portugués Bravo y al italo-francés Caligaris. Pero eso había sido años antes y la llegada de Simonsson provocó tal revuelo que hay quien le tiene por el primero. (También lo he leído recientemente sobre el malogrado Chipirón Atkinson, error sobre error).

Raba, Villa y Simonsson llegaron desde el principio. La afición de la Real se las prometía muy felices. El año anterior, el equipo había sido noveno. Ahora no estaría Araquistain, pero estaba Goicoechea, buen portero. Y Arriaga. Y había otro foco de ilusión: por segunda temporada, el Sanse, el filial, jugaba en Segunda. Era un equipo joven, activo, de ataque, bello. Iñaki Gabilondo, entonces un joven aficionado, se entusiasma aún con el recuerdo: “Jugaban en Atocha, así que había buen fútbol cada domingo. La Real uno, el Sanse el siguiente. El Sanse tiraba, llegó a ir casi tanta gente como a la Real. ¡Unas goleadas! Amas, Urreisti, Olano… El culmen fue su enfrentamiento con el Madrid, en la Copa. El Madrid no se fiaba y fue con los titulares. Ganó 1-3, pero con mucha fortuna. Di Stéfano, con el que siempre nos las teníamos tiesas, hizo tras el partido un gran elogio del Sanse que sentó muy bien”.

Mientras, la Real hizo una primera vuelta mala. Cayó el entrenador, Albéniz, sustituido por Joseba Elizondo. En enero, el Madrid cedió un cuarto jugador, el extremo Chus Herrera. Una figura en problemas. Había llegado al Madrid en la 58-59, procedente del Oviedo y les discutió el puesto un año a Kopa y el otro a Canario. Iba para estrella. Había debutado en la Selección. Fue titular en el 5-1 de la Intercontinental, en septiembre de 1960. De repente, empezó a tener molestias en un hombro. Acabó por salirle un bulto, que le extirparon en el verano del 61. Para fin de año parecía recuperado. Fue a la Real como último refuerzo, y para recuperar la forma.

Pero la Real no mejoró. Fue penúltima toda la segunda vuelta. Mientras, el Sanse iba muy bien, llegó a ser tercero. De cada grupo de Segunda (había dos, Norte y Sur), subía el campeón y promocionaba el segundo. De Primera bajaban los dos últimos y promocionaban los dos anteriores. Llegó a haber una intriga nacional: “¿Y si baja la Real y sube el Sanse? ¿Eso, se puede? ¿Quién jugaría en Primera, los del Sanse o los de la Real? ¿Y si promocionan entre ellos? ¿Obligarán a los del Sanse a dejarse ganar por los de la Real?”. De aquellas cosas hablábamos los chicos en Madrid y me figuro que en toda España, y más en San Sebastián, claro.

Al final, se consumó la catástrofe. La Real, penúltima, bajó. El Sanse acabó quinto, pero fue descendido reglamentariamente a Tercera, con lo que el desencanto en San Sebastián fue doble. Lo del Sanse provocó una oleada de lástima en toda España. Carmelo Amas, que jugaba en aquel equipo, lo recuerda como una decepción tremenda, un contraste enorme: “Jugamos muy bien, disfrutamos, todo era alegría, pero vino el mazazo. ¡Bajar así…! Pero eran las normas, y era lógico”.

A Araquistain le fue muy bien en Madrid: titularísimo, ganó Liga y Copa, fue finalista de la Copa de Europa (derrota ante el Benfica) y, a final de año, mundialista.

Por su parte, el papel de los madridistas cedidos fue desigual.

Raba jugó tres partidos de Liga y uno de Copa. Luego haría una digna carrera en Primera. De la Real marchó también cedido al Celta y al Racing, al que volvió, ya traspasado, tras un paso por el Melilla durante la mili. Allí acabó siendo el capitán.

Villa jugó 21 partidos de Liga (nueve goles) y uno de Copa. Fue figura en el Zaragoza, como uno de Los Cinco Magníficos: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Llegó a ser internacional. Evoca con cariño aquel paso por la Real: “Campo lleno, buen ambiente, me sentí bien. Jugué a gusto. Pero aquello salió mal, aún no sé por qué”.

Simonsson jugó 22 partidos, con nueve goles. Regresó a Suecia, a su club de siempre, el Örgryte. Un poco por morriña, otro poco porque veía que Di Stéfano no cumplía años. Siguió siendo estrella en la selección sueca, en la que acumuló 57 partidos y 32 goles.

Chus Herrera jugó seis partidos, con dos goles. Pero recayó. Murió al poco de acabar la temporada, en octubre de 1962. Sus problemas de hombro procedían de un sarcoma óseo, algo que hasta entonces sólo se había comentado en voz baja. Su fallecimiento, con 24 años, causó impacto nacional. Toda su familia era del fútbol. Su padre fue Herrerita, el célebre interior del Oviedo que hizo pareja con Emilín. El hermano mayor de Herrerita, Herrera El Sabio, también había sido jugador célebre. Y la madre de Chus Herrera era hermana de Chus Alonso, estrella del Madrid en los cuarenta.

La Real se quedó en Segunda hasta la 66-67, cuando regresó, con un empate a dos en Puertollano. La base de aquel equipo era el Sanse de aquel dichoso año. El fútbol siempre ofrece revancha a quien la merece.

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