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‘Better call’ Ñíguez Esclápez

El gol de Saúl al Bayern fue maradoniano en su creatividad, pero también un contrapeso simbólico al gol de Schwarzenbeck

Saúl celebra con  Koke su gol al Bayern. rn
Saúl celebra con Koke su gol al Bayern. REUTERS

Contará la reina Leonor a sus nietos –he aquí una profecía- que estuvo en el gol de Saúl un remoto 2016. Un gol maradoniano en su creatividad, pero también una categoría, un contrapeso simbólico al gol de Schwarzenbeck, un exorcismo a la leyenda del Pupas, cuyo fatídico origen proviene de una ocurrencia de Calderón aquélla tarde de San Isidro.

No debió valorar entonces el presidente rojiblanco el alcance del maleficio. Ni que iban a transcurrir 42 años hasta poderse malograr el maleficio de Heysel. Lo narra Wagner en un pasaje Parsifal: sólo la lanza que te provocó la herida podrá sanarte.

Y sólo el Bayern podía asumir la solución a la maldición del Bayern. Aunque sólo hubiera dos alemanes en el equipo inicial. Y aunque no hubiera futbolistas tan difíciles de pronunciar como Schwarzenbeck en las Naciones Unidas que dirige Guardiola con su casco azul.

Lo que sí hubo fue ganas de emular el pelotazo inmisericorde de aquel central germano. Incapaces de pisar el búnker del área rojiblanca, los atletas del Bayern remediaron la impotencia desde posiciones remotas. Y Alaba estuvo muy cerca de conseguir la igualada, pero ocurre que Simeone ha logrado estimular la buena suerte como si tuviera entre sus manos el báculo de Gandalf.

Parecía que nuestra meta tenía las puertas cerradas. Y predominaba la impresión de que tanto asedio territorial no iba a prosperar en el resultado. Cuestión de orden, de coreografia, de mentalidad y hasta de fe, pues no se explica la revolución cholista sin las connotaciones intangibles. Llamémoslo magia, brujería, chamanismo. Llamémoslo Saúl.

No ya por evocar la precuela de Breaking Bad (Better call Saul), sino porque el prodigio rojiblanco y el enésimo Pigmalión de Simeone simboliza el modelo evolutivo del proyecto de Simeone, reuniendo, como reúne, la calidad y el estajanovismo, la clase y la intensidad, la personalidad y el talento. Tanto talento que su slalom de fútbol sala levantó del asiento a la infanta Leonor, estimulando el origen del relato premonitorio a los nietos: yo estuve en el gol de Saúl.

Estar significa mucho más de haberlo visto. Y de haberlo memorizado. Y de haberlo teatralizado en el pasillo de un bar. Implica haber asistido a una catarsis balompédica. El gol de Saúl representa un hallazgo de la memoria colectiva, sobreentiende un pasaje de iniciación que aspira a sepultar en San Siro la leyenda del Pupas.

No es difícil imaginar la dramaturgia del partido de vuelta. Y entran ganas de llevarse el balón al córner desde el primer minuto. Instalarse junto al banderín como si fuera un estandarte de la resistencia, pero este mismo planteamiento mojigato y cobardón pertenece a la aprensión y al victimismo que ha logrado exorcizar Simeone.

El míster ha conseguido que el Atlético de Madrid sea un equipo temible. Temible e imbatible, asumiendo que la modulación de la idiosincrasia al orgullo de la victoria sólo podía concebirse partiendo por la mitad la lanza de Schawarzenbeck. Nos ha costado mucho trabajo aprender a pronunciar ese maldito apellido, ahora corresponde a los alemanes deletrear el de Ñíguez Esclápez.

 

 

 

 

 

 

 

 

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