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Helenio Herrera va a Mestalla con Canito de 9

El Barça visitó al Valencia en la Recopa y el jugador marcó dos goles, lo que no evitó la victoria local (4-3) y la eliminación azulgrana

Herrera (a la derecha) en un partido en el Camp Nou en noviembre de 1980
Herrera (a la derecha) en un partido en el Camp Nou en noviembre de 1980

El Barça ganó en Basilea la Recopa de 1979, ante el Fortuna de Düsseldorf. José Luis Núñez había llegado a la presidencia un año antes prometiendo un Barça triomfant. Y, en efecto, aquello pareció el albor de una nueva gran época.

Para la temporada 79-80 incorporó un brillante fichaje, Alan Simonsen, danés del Borussia Moenchengladbach, Balón de Oro en 1977. También a Canito, excelente líbero del Español, y al cerebral interior Landáburu, entre otros.

Pero el hombre propone y Dios dispone. El curso empezó mal. Rifé, el entrenador de la Recopa, chocó con Heredia y forzó su salida. En noviembre fue traspasado al River Plate. Pero nada mejoró. Al final de la primera vuelta, el Barça era noveno y Rifé señaló a Krankl, héroe del curso anterior. En febrero se marchó al First de Viena. No traspasado, sólo cedido. Núñez no quería perderle definitivamente. Para compensar tanta baja en ataque, el Barça fichó a un imponente delantero del Vasco de Gama, Roberto Dinamita, cuya llegada causó un gran revuelo. Pero daría el petardazo.

Mientras, se perdió la Supercopa de Europa ante el Nottingham, otra decepción. En la Recopa pasó dos eliminatorias fáciles y en la tercera le tocó el Valencia. Un gran Valencia, con Kempes y Bonhof como estrellas extranjeras y Di Stéfano en el banquillo.

El 5 de marzo, el Valencia gana 0-1 la ida en Barcelona y desencadena la crisis. Cae Rifé, sorprendido por la difusión de una charla telefónica con Alex Botines, de Radio Barcelona, en la que pone a caldo a Núñez. Rifé no sabía que le grababan. Núñez prohibió a Botines la entrada en las instalaciones del Barça, con el consiguiente revuelo.

Núñez hurgó entonces en la historia del Barça y fichó a Helenio Herrera, entrenador del club en las temporadas 58-59 y 59-60, con dos títulos de Liga, uno de Copa y una Copa de Ferias. Dos grandes años. Luego triunfó en el Inter. Pero había pasado el tiempo y ya no le iba tan bien. Del Inter había pasado al Roma y de ahí al humilde Rímini. Su llegada fue vista con escepticismo salvo por algunos antiguos devotos. Al tiempo, Núñez hizo gestiones para recuperar a Krankl, pero el First se agarró al contrato.

Helenio Herrera trata de animar el ambiente con buenas palabras. Se defiende de las pegas que le ponen por la edad (la Federación dudó si expenderle la licencia por un infarto reciente): A mis 63 años no soy viejo. Ahí tienen a Tito, y también a Sandro Pertini, quien hacía el servicio militar cuando yo llevaba chupete y ahora es el presidente de la República Italiana”. Algún año se quitaba. En un cambio de papeles se hizo nacer cuatro años más tarde de lo que de verdad nació. Carrasco lo recuerda como un gran motivador, pero algo desgastado por los años: “Los jugadores notamos que a partir de treinta metros no veía”.

Tras comprobar que Krankl no volvía y que Roberto Dinamita no pitaba, tomó una decisión sorprendente: colocar al líbero Canito como delantero centro. Algunos lo vieron como la chaladura de un gagá. Otros, como una de las genialidades que le eran propias.

Canito, natural del pueblo ilerdense de Llavorsí, fue un jugador singular con una biografía tormentosa. Abandonado por la madre, se crió en un hospicio del que se escapó a los 14 años. Se formó en la calle. El fútbol le salvó… por un tiempo. El Español lo fichó del Lloret, lo cedió al Lleida y por fin lo incorporó. La mili le llevó a jugar una temporada en el Cádiz, hasta que regresó al Español, que siempre fue su amor. Enorme jugador, como medio, líbero o central. Con estatura, empaque, control, desplazamiento largo… Fue internacional con Kubala.

El Barça lo compró a cambio de Fortes, Amarillo y 35 millones. Cuando llegó Helenio Herrera, supo que en sus inicios había sido delantero centro, y de ahí que le buscara como solución. El estreno no fue bueno: el Barça perdió en Atocha 3-0 y quedó eliminado de la Copa en octavos (había ganado 2-1 en la ida, todavía con Rifé). Aún así, Helenio Herrera insistió con Canito de nueve en Burgos, donde empató 0-0.

Y con Canito como delantero centro acudió al encuentro de Valencia, donde se jugaba la temporada. Repetir título de Recopa hubiera compensado todo. El partido se jugó el día de San José, en plenas Fallas, con luz diurna. Se televisó en simultáneo con un Madrid-Celtic de Copa de Europa. Yo asistí al de Valencia y lo recuerdo trepidante: 1-0, 1-1, 1-2, 2-2, 3-2, 4-2 y 4-3. Canito marcó dos, el primero y el tercero del Barça, y la leyenda elevó con el tiempo la cifra a tres. Así creen recordarlo muchos culés. En todo caso, con dos goles cumplió y el fallo se produjo atrás. El Barça defendió mal, en una tarde particularmente infeliz de Olmo. Muchos opinaron que el Barça hubiera necesitado dos Canitos: uno en su sitio natural, el otro en el que no habían sabido defender ni Krankl ni Roberto Dinamita. Regresó encumbrado.

Pero el fulgor de Canito en el Barça acabó pronto. Un mes después jugaban en el Camp Nou el Barça y el Athletic. El partido estaba aburrido y el público malhumorado. En eso, el marcador simultáneo anunció gol del Español en Alicante. Canito lo celebró visiblemente. A la afición le sentó como un tiro y se le volvió todo en contra. Se comentaron sus salidas, su extravagante manera de apalear el dinero. Y se dijo, y aún se comenta, que jugaba con una camiseta del Español debajo de la del Barça. Carrasco me asegura que eso no es cierto, pero sí que era españolista radical.

Y al Español volvería, año y medio más tarde, junto a 65 millones, por Urruti. Pero chocó primero con Maguregui, luego con la directiva. Pasó al Betis, al Zaragoza... Siempre era lo mismo, chocaba con el entrenador, o con la directiva, o con ambas partes. Aquella infancia tremenda le pesó siempre, le hizo llevar una vida desbocada. Murió a los 44 años, víctima de sí mismo. Su hermana y los veteranos del Barça y el Español le estuvieron tirando cables hasta el último día.

Cese y repesca

Aquella Recopa la ganó el Valencia, ante el Arsenal. Helenio Herrera cesó a final de temporada, aunque quedó en el club como consejero. Hurgando de nuevo en el baúl de los recuerdos, Núñez dio el banquillo a Kubala, pero sólo le duró hasta noviembre. Una derrota ante el Colonia en Copa de la UEFA por 0-4 acabó con él. Entonces, qué lío, Núñez repescó a Helenio Herrera, que aparcó la coquetería y se puso gafas.

Consiguió la Copa de ese curso, ante el Sporting en el Calderón. Claro que para entonces, ya tenía resuelto el problema del nueve: ahora era Quini, fichado el verano anterior precisamente del Sporting de Gijón. Él marcó a los suyos dos de los tres goles del Barça en aquella final. Antes había sufrido aquel célebre secuestro, cuando el Barça iba lanzado en persecución del Atlético hacia la cabeza de la Liga, que acabaría siendo para la Real, con aquel gol de Zamora en El Molinón. Sin secuestro, quién sabe. Quizá Helenio Herrera hubiera conseguido un doblete otoñal.

La Copa no le alcanzó para seguir. Núñez contrató a Udo Lattek, cuyas peleas con Schuster serían legendarias. El Barça de aquellos años era un lío incesante.

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