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El drama de Luis Enrique

Al técnico le toca activar al talentoso Messi, ahora sin la mediación de Xavi ni de Bartomeu, que hace un año convocó elecciones y destituyó a Zubizarreta

Luis Enrique.

No hay club más extremista que el Barça, de manera que si la temporada pasada ganó el triplete, un año después es también muy capaz de revalidar los tres títulos o perder de forma consecutiva la Champions, la Liga y la Copa. Necesita un punto de inflexión para romper una dinámica negativa tan inédita como lo fue la positiva desde la llegada de Luis Enrique.

El entrenador intervino para bien en la adversidad, cuando hizo de entrenador porque el calendario era difícil y no pudo contar con Messi. A partir del liderazgo de Neymar y los goles de Suárez, los azulgrana se ganaron en la primera vuelta el derecho a resolver la Liga en el Camp Nou. El equipo empezó a funcionar como la seda, ya con Messi, más goleador que nunca desde enero, excelente también como pasador, aspirante al sexto Balón de Oro.

La caída contra la Real compromete tanto al entrenador como a Messi. Alejado del área, el 10 ha perdido explosividad, presa de una melancolía contagiosa

A veces opulento y en otras saciado, el barcelonismo se llenó la boca por tener al que fue calificado por amigos y enemigos como el mejor equipo del mundo, entregado a un tridente al que le salían los goles por las orejas, resumida la fórmula en la frase que pronunció Luis Enrique en Londres: “Les digo abracadabra y fluye la magia”. El técnico rompió el hechizo y empezó a penalizar el Barça.

La pegada de los delanteros enmascaró durante un tiempo las disfunciones colectivas hasta que se presentó el Madrid. El Barça desperdició la oportunidad de rematar al Madrid y cerrar la Liga y se entregó a un final de curso complicado porque no hay partido que deje más secuelas que el clásico, también en el Camp Nou. El tridente se quedó seco de nuevo en Anoeta, Messi sumó su cuarto partido sin marcar su gol 500, el portero volvió a ser vulnerable por quinta jornada consecutiva y, superado en las dos áreas, el Barça encajó su derrota número 11 con Luis Enrique.

La caída contra la Real Sociedad compromete tanto al entrenador como a Messi. Alejado del área, camuflado como volante, el 10 ha perdido explosividad, presa de una melancolía contagiosa, como si estuviera aturdido desde el 1-2 de Cristiano. Neymar ha dejado de ser un valiente risueño y hoy vaga por la cancha, extraviado y dependiente de la garra de Suárez. Aunque no es fácil teorizar sobre las relaciones de pareja y menos respecto a los tríos, Neymar cumplió como solista y ahora no mezcla con Messi. La parálisis es de tal gravedad que afecta incluso a Busquets.

Necesita el entrenador desbloquear al equipo, dividido entre suplentes y titulares, fatigado por sumar 12 partidos más que el Madrid. La duda está en saber si Luis Enrique debe ser Ancelotti (contemporizador) o intervencionista (Guardiola). Ocurre que los aficionados disfrutan de Messi mientras los técnicos lo sufren: no son nadie cuando Messi es Messi y se les requiere cuando Messi deja de ser Messi. Ya lo dijo Guardiola: la clave es hacer feliz a Messi.

A Luis Enrique, representante del método, le toca activar al talentoso Messi, ahora sin la mediación de Xavi ni de Bartomeu, que hace un año convocó elecciones y destituyó a Zubizarreta. El reto es igualmente interesante para entrenador y jugador porque supone regresar sin intermediarios al punto de partida — la derrota en San Sebastián—, para tener la misma respuesta victoriosa que llevó al triplete en Berlín. La diferencia es que el equipo se acostumbró a contragolpear y ahora le cuesta atacar como se vio en Anoeta.

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