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Gascoigne

Es interesante la caída del exjugador en relación con el público de masas, siempre sensibilizado con la autodestrucción de los demás

Paul Gascoigne
Los hinchas del Lazio muestran una bandera con la imagen de Gascoigne, en 2012. Getty

Cada cierto tiempo —tres años, según búsqueda reciente en Google— aparece en los tabloides británicos la figura maltrecha de la estrella Paul Gascoigne. Es una decadencia con la que el lector va reparando en los destrozos que el alcohol y la droga hacen en el cuerpo y la cara de Gascoigne casi del mismo modo que, en la versión contraria, puede apreciarse la madurez en los rasgos de Nadal siguiendo su álbum familiar en Roland Garros, donde permanecen colgadas sus fotos de la adolescencia a la juventud.

Es interesante la caída de Gascoigne en relación con el público de masas, siempre sensibilizado con la autodestrucción de los demás, sobre todo si fueron mejores. A medida que Gascoigne caía el tabloide iba exigiendo más: la demanda se sofisticaba, como ocurre con el terrorismo. Si alguna cosa buena tiene la prensa sensacionalista inglesa es que lo lleva a mucha honra: a estas alturas de la vida una foto de Gascoigne borracho no les vale, ni de Gascoigne con una botella en la mano dando tumbos por la calle, ni de Gascoigne a punto de desplomarse. De ahí que la novedad Gascoigne haya sido la sangre: un Gascoigne descamisado, con el pantalón desabrochado y la cara llena de heridas.

Otra noticia extraordinaria hubiera sido la de Gascoigne paseando un domingo con un niño rubio con triciclo. Es probable que esa foto haya existido algún tiempo, y que sin embargo no haya habido mucho interés en difundirla. La información de The Sun, ajustándose al canon, asegura que Gascoigne llevaba meses sin beber; es una afirmación que dobla el valor de las imágenes (“¡oh, oh, otra vez!”) y descubre una carencia de los reporteros: ¿no hubieran sido espectaculares las fotos de Gascoigne sobrio y haciendo cosas de sobrios?

Paul Gascoigne
La imagen de Gascoigne difundida por The Sun.

Paul Gascoigne estimula los bajos instintos de los medios y de sus nuevos lectores, los clientes. Pero ya ocurría en el pasado. Lo que pasa con las autodestrucciones es lo mismo que con la pornografía, que ya todo sabe a poco. La cultura del juguete roto es una rutina devoradora que, como toda industria, exige cada vez peajes más tremendos. Se considera natural que la misión de esas fotografías sea que el lector piense en la próxima y terrible muerte de Paul Gascoigne, la estrella rota. Y no es tan natural, quién sabe si por improbable, que su rehabilitación no vaya a generar la misma expectación en el público y sus divertidas correas, los medios.

Se hace periodismo contra el público, dice Martín Caparrós en La Nación. Pero para eso necesitamos que deje de pagar de una vez por todas. Bien es verdad que no queda mucho.

 

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