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Islandia: pequeña pero matona

El secreto del éxito de este pequeño país es que han invertido en su fútbol base en los últimos diez años con eficiencia y pasión

Eurocopa 2016
Los jugadores islandeses celebran la clasificación. EFE

Islandia tiene toda la suerte. Para los seres que habitan latitudes al sur de los 66 grados norte el fútbol sirve de consuelo para los males de la vida. Es el medio que les permite escaparse, aunque sea solo por un rato, del agobio de un matrimonio cansado, de las indignidades del desempleo, del miedo a caer víctima del terrorismo, de tener que soportar políticos vacuos o, en el caso de los megarricos que se compran clubes como el Chelsea o el Paris St Germain, de inyectar emoción a sus almas áridas.

Pero los islandeses, que acaban de conquistar la gloria al clasificarse por primera vez en su historia para la Eurocopa, no necesitan la terapia colectiva que ofrece el fútbol porque no sufren estas mundanas penurias. En las encuestas globales siempre salen bien posicionados en los índices de felicidad. Fueron los primeros, eso sí, en tocar fondo tras la crisis económica del 2008 pero han sido los primeros en salir. Hoy no solo no existe el desempleo, sino que la actividad económica de esta gélida isla de 300.000 habitantes ya supera lo que fue antes de la crisis. No hay ni terrorismo islámico ni de ningún otro tipo en un país donde la media de homicidios es menos de uno al año. Los más ricos mandan a sus hijos a los mismos colegios estatales que los más pobres (o, mejor dicho, los menos ricos); el sistema de salud es igual para todos. Y tienen un índice saludablemente alto de divorcios. Como me explicó una vez una amiga islandesa, “Nosotros los islandeses no nos quedamos en matrimonios de mierda.”

Hasta hace poco tiempo la selección islandesa de fútbol sí era, en cambio, una mierda. Era carne de cañón para los afortunados equipos de los países grandes europeos que les tocaba Islandia en la fase de clasificación para una Eurocopa o un Mundial. La historia demuestra que nunca Islandia le ha ganado un partido a Bélgica o a Bulgaria o a Polonia o a Rumanía o a Dinamarca, muchos menos a Francia, Alemania o Inglaterra. Tampoco habían vencido a Holanda en doce partidos consecutivos hasta que en octubre del año se produjo el milagro y en la fase de grupos de la Eurocopa ganaron 2-0 a la legendaria selección conocida en todo el planeta como la Naranja Mecánica, finalista contra España en el Mundial de 2010.

Hubo mucha gente que eligió ver ese resultado como un accidente. Argentina pierde, con cierta frecuencia, contra Bolivia en La Paz en un estadio a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar; Holanda perdió en un estadio a tres metros sobre el nivel del mal pero con un frío y unos vientos tan feroces que solo lo pueden soportar los zorros árcticos, los renos, los frailecillos (una especie de pájaro primo hermano del pingüino) y seres humanos como Eidur Gudjohnsen, que jugó para el Barcelona y el Chelsea, o el goleador Gylfi Sigurdsson que juega en la Premier para el Swansea City.

La población se echó a la calle para celebrar el logro como vikingos, lo que son

Pero un accidente no fue ese encuentro el año pasado entre Islandia y un país que tiene 50 veces más población y cien veces más tradición de triunfos en el fútbol internacional. Se demostró la semana pasada cuando Islandia ganó 0-1 a Holanda en Amsterdam con gol de Sigurdsson, el héroe nacional que había marcado los dos en octubre, un resultado que los puso a un paso de las finales de la competición el año que viene, hazaña que completaron el domingo tras empatar 0-0 con Kazajistán.

La totalidad de los habitantes de Reykyavik salieron a la calle a festejar el triunfo como vikingos, que es lo que son, y podemos tener la seguridad de que invadirán Francia como sus ilustres antecesores hace mil años pero con más buen humor y menos intención de pillaje, salvo en el campo donde serán capaces de aterrar a cualquiera.

¿Cuál ha sido el secreto? En primer lugar que Islandia es un país tan fanático del fútbol como cualquiera y, siendo una gente extremadamente práctica (no hay más remedio si uno pretende sobrevivir en un clima tan despiadado), han invertido en su fútbol base en los últimos diez años con eficiencia y pasión. Como consecuencia, han exportado jugadores a las primeras divisiones de Inglaterra, Italia, Alemania, Francia y Holanda. Si una vez tuvieron complejos frente a las grandes selecciones, ya no. Y encima les anima en el campo el amor que sienten por su remota isla y la feroz determimación de demostrar al mundo que serán pequeños pero eso no quiere decir que no sean matones. Y cuando su selección gana, y encima logra un éxito sin precedentes como el de hoy, los isleños lo celebran no como una victoria contra las penurias de la vida, ni como el rabioso desahogo de un resentimiento existencial, sino como la guinda, la feliz guinda, de un rico pastel de helado.

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