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Viaje al infierno

Renacer de las cenizas representa uno de los milagros mundanos más bellos, pero es posible solo si has estado muerto

Fernando Cavenaghi celebra con un selfie junto a sus compañeros la victoria de la Copa Libertadores Ampliar foto
Fernando Cavenaghi celebra con un selfie junto a sus compañeros la victoria de la Copa Libertadores AFP

Quienes han estado en el infierno, y regresan, como es el caso de River Plate, saben que ahí abajo no se está tan mal, si la estancia es pasajera. En cierto sentido, el infierno es necesario, aunque sea horrible. Nosotros lo inventamos, así que por algo sería. Si no existiese, de hecho, parece muy posible que en su lugar hubiese alguna cosa todavía peor. Rara vez la trayectoria de un equipo de fútbol, a semejanza de la biografía de una persona, no está marcada por una cicatriz fea, producida en un descenso a lo más hondo e inmundo. Ese surco en la piel sirve para recordarte que la vida no es fácil.

Visto con perspectiva, un descenso a segunda división, como el que sufrió hace cuatro años River, representa una de esas experiencias traumáticas que, cuando quedan atrás, y un día vuelves a saborear el éxito, tras mucho sufrimiento, empiezan a adquirir la silueta de un hermoso recuerdo. Tiene lógica preguntar si el equipo del Monumental habría ganado la Copa Libertadores hace unos días de no haber perdido la categoría en 2011, causando tanto dolor a sus seguidores, pero a la vez dotándose de un espíritu inquebrantable. Renacer de las cenizas representa uno de los milagros mundanos más bellos. Pero eso solo es posible si previamente has estado muerto, de forma que la belleza atañe también al fallecimiento. El Chava Jiménez solía decir que para cuidarse primero hay que descuidarse, porque si no, no haría falta cuidarse.

Felicito a los equipos que no han descendido nunca de categoría, pero no me dan envidia. Las vidas inmaculadas cansan la vista

Felicito a los equipos que no han descendido nunca de categoría, pero no me dan envidia. Las vidas inmaculadas cansan la vista, siempre tan monótonas y correctas, peinadas con la raya al medio. Esa sensación de comodidad y alegría perpetua, salpicada apenas por alguna que otra tristeza cuando no ganas un campeonato, contribuyen a formarse una idea equivocada de la vida, donde a todos nos dan unas hostias de un modo u otro casi todos los días.

En caliente, la caída al infierno, después de haber llevado una existencia apacible y desahogada, se vuelve insoportable. Hay que tener los nervios muy fríos para soportarla. No vale cualquiera. Pensemos en algunos jugadores de la Juventus, que le declararon amor eterno al club cuando perdió la categoría. Fue duro, pero ascendieron y después volvieron a conquistar el Scudetto. Ocurrió lo mismo con el Atlético de Madrid. Visto desde hoy, aquel descenso fue maravilloso. Nos gustó tanto que nos quedamos dos años en segunda, para planificar con más detalle el asalto a la Liga de 2014.

Hay caídas al infierno que pueden esperarse de cualquiera, menos de un gran club. Por eso impactan tanto al principio, y quieres morirte, y despertar solo cuando vuelvas a estar arriba. Pero si dejas que pasen las semanas, los meses, te rehaces. Al poco encuentras la alegría y un nuevo carácter. Creo que si me preguntasen cuál ha sido el mejor momento de mi vida diría que el día que suspendí literatura en segundo de BUP. El tiempo le proporciona una belleza casi clásica a algunas decepciones.

 

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