FC BARCELONA | ELECCIONES A LA PRESIDENCIAAnálisis
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Traga Bartomeu, manda Laporta

El arrebato del exdiputado contrasta con el silencio del sustituto de Sandro Rosell

Joan Laporta, durante un discurso en su sede.
Joan Laporta, durante un discurso en su sede. ALEJANDRO GARCÍA / EFE

Un socio muy cualificado del Barça, ya exdirectivo, buen conocedor del club, reflexionaba ayer en un almuerzo en el que se le requería su opinión sobre quién ganará las elecciones del 18-J. “Laporta es un seductor, un líder carismático con el que estás de acuerdo en muchas cosas, seguramente la mayoría. No me importaría que fuera de nuevo el presidente; se puede decir que es mejor que Bartomeu. El problema es que yo no le daría la llave de la caja”.

Laporta fue un muy buen presidente mientras delegó y ejerció el cargo de manera institucional, hasta que se vio obligado a mediar en el pulso Soriano-Rosell, y tomó partido por el vicepresidente económico, seguramente porque el deportivo no se podía ver con Cruyff. Laporta acabaría peleado también con Soriano, cambió de director general para no reparar en gastos y no hubo heredero que continuara su obra en los comicios 2010 ganados por Rosell.

La venganza de Rosell fue tan desmesurada que se volvió en su contra cuando en la asamblea promovió una acción de responsabilidad contra la junta de Laporta. El entonces presidente quedó retratado cuando remató una buena exposición con una mala decisión: votó en blanco y se lavó las manos, como siempre, utilizando a terceros. No se conformó con reprobar los números sino que se ensañó en el ajuste de cuentas, en propiciar la fractura social, en negar la obra de Laporta.

Rosell no ha salido desde entonces de los juzgados y ha resucitado al mejor Laporta: el líder carismático del que se acuerda hasta Guardiola, defensor del club y del país

Rosell no ha salido desde entonces de los juzgados y ha resucitado al mejor Laporta: el líder carismático del que se acuerda hasta Guardiola, defensor del club y del país, próximo a los jugadores, desafiante con los poderes fácticos, y amable con las figuras emblemáticas como Abidal, presentado como secretario técnico cuando podía haber sido embajador o un trabajador cualificado del Barça. Agitador y populista, Laporta se permite muchas licencias, como las de reprender también públicamente a un periodista o comparecer el lunes, como si no hubiera pasado nada, con personajes que evocan su última y discutida etapa de presidente: la del espionaje, negocios con Uzbekistán, moción de censura y del despilfarro simbolizado en el puro y el champán de Luz de Gas. Nadie ha definido mejor la situación de Laporta que Sergi Pàmies: “Cuando con gran acierto el candidato avisa que la mayoría ya conocemos sus defectos, apela a los valores de la franqueza y la indulgencia retrospectiva”.

El discurso de Laporta es arrebatador ante el silencio de Bartomeu, que actúa siempre como si no supiera ni hubiera hecho nunca nada, razón de más para sospechar que el triplete tampoco es cosa suya y que si necesita seguir con Qatar es para acabar de pagar la ficha de Neymar. Bartomeu actúa por omisión y su paciencia es tanta que hoy aspira a que Laporta se meta un gol en propia puerta después del fracaso del acusador Rosell. Y puede que le salga igual de bien. A Bartomeu, al fin y al cabo, no le importa que se diga que Laporta sería un gran presidente y que el equipo y el club están en manos de Messi mientras los socios le confíen la llave de la caja.

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