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Faas Wilkes, el holandés errante

Wilkes intenta llevarse la pelota ante Muñoz, Navarro y Becerril, en el Valencia-Real Madrid de diciembre de 1953.
Wilkes intenta llevarse la pelota ante Muñoz, Navarro y Becerril, en el Valencia-Real Madrid de diciembre de 1953.

Muy niño aún, cuando apenas sabía lo que era el fútbol, presencié una conversación entre dos de mis tíos. Uno defendía el regate de Ben Barek, el otro el de Molowny. En eso medió un tercer tío, el hermano mayor de los contendientes. Y zanjó: “Ni Ben Barek ni Molowny. El mejor regate que se ha visto en España es el de Faas Wilkes”. Fue la primera vez que escuché ese nombre. Despertó mi curiosidad para siempre.

Fue el primer futbolista cuyas grandes jugadas hicieron flamear pañuelos.

Servaas Wilkes nació en Rotterdam el 13 de octubre de 1923. El fútbol holandés, entonces menor, se le quedó pronto pequeño. En 1947 formó parte del equipo FIFA creado para jugar contra Gran Bretaña en festejo del retorno de los británicos a su seno. En la temporada 48-49 obtuvo un supercontrato con el Inter. En la 52-53 pasó al Torino, que luchaba por rehacer el equipo que se estrelló en Superga en 1949. En junio de 1953, el Valencia contrató al Torino para un amistoso a fin de recaudar dinero para el fútbol modesto. Allí estaba Wilkes. Al partido asistió, aún chiquillo, Luis Casanova Iranzo, hijo del mítico presidente del Valencia, Luis Casanova Giner.

—Apenas hizo nada. Pero Eduardo Cubells, que era un gran secretario técnico, vio que era el hombre a fichar y se lo dijo a mi padre. En la misma cena oficial se arregló.

Cuentan que el presidente de la Federación Valenciana, Guzmán Zamorano, preguntó: “Ché, ¿y cuántos camiones de naranjas costará?”. Para él, la unidad de moneda para grandes magnitudes era esa: el camión de naranjas.

El hijo de Luis Casanova, mítico presidente del Valencia, aseguraba que era mejor que Di Stéfano y Kubala

Wilkes llegó al mismo tiempo que Di Stéfano. Tres años después que Kubala. Formaron una trilogía sagrada. Para Luis Casanova Iranzo, Wilkes fue el mejor de los tres:

—Lo que le he visto hacer a él no se lo he visto hacer a nadie. Medía 1,90, tenía una zancada enorme. Bale me lo recuerda en algo, pero era mucho más habilidoso. Imagine la zancada y el poder de Bale y el regate de Robben. Pero más imaginativo. Cuando arrancaba era incontenible, podía encadenar seis o siete regates y sentar al portero.

Era, eso sí, muy discontinuo. “Cuatro o seis jugadas por partido. Y eso en Mestalla y en los campos de Madrid, Barcelona o Bilbao”, confiesa Luis Casanova Iranzo. “¡Pero qué jugadas!”. En una de ellas, ante el Sevilla, ocurrió de forma espontánea aquello del flamear de pañuelos, que pasó a ser costumbre, traída del toro. Luis Casanova padre acababa de ampliar Mestalla. Muchos aseguran que Wilkes contribuyó a pagarlo, porque cada partido fue un llenazo.

Lo de Faas era apócope de su nombre, Servaas. Su mujer le llamaba así, Vaas, pero la pronunciación germánica de la V tira tanto a F que se tradujo en Faas. Y venía bien, porque a veces hacía cosas tan inverosímiles que ni sus compañeros las captaban y le preguntaban ¿qué haces? en valenciano: “¿Qué fas, Faas?”. Se extendió entre el público, que lo decía jocoso. Y cuando se lo encontraban por la calle, o en una tienda, o un restaurante, siempre la misma broma. “¿Qué fas, Faas?”.

Se alojó en la Pepica, hostal-restaurante sobre la playa, de ambiente futbolístico y también parada fija de Hemingway en sus giras taurinas. Se hizo adicto a la paella. El raro español que habló desde muy pronto, reconstruido desde el italiano que traía, resultaba muy gracioso. Su mujer era de raza indonesia, muy guapa, simpática y lista (discutía ella los contratos) y el exotismo de la pareja les provocó mayor cariño aún. Eran los favoritos de la ciudad.

El primer año marcó 18 goles en 28 partidos. En el segundo llegaron algunas lesiones (le pegaron mucho) y en el tercero una mala enfermedad. Un sábado se presentó en casa de los Casanova. Le abrió el hijo. Eran las nueve de la mañana. Insistió en ver al padre-presidente, que estaba en la cama, con gripe. Este se levantó. Wilkes le dijo que le habían diagnosticado bocio, que quería operarse en Holanda. Le pidió rescindir el contrato. Casanova, claro, accedió.

Se fue, dejando una atmósfera de nostalgia. Se operó, salió bien, volvió a jugar en Holanda, en el VV Venlo. Pero echaba de menos Valencia. Todo: el aire, el mar, la gente, las Fallas, las paellas. En el verano del 58 volvió, tras un viaje a Barcelona en misiones un poco ya de intermediario de una promesa holandesa. Su aparición en Valencia agitó el ambiente. Hubo una especie de presión de los medios y la afición para que fichara de nuevo, pero no se podía: el límite era de dos extranjeros por club y ya los había: Joel y Walter, brasileños.

El Levante estaba en Segunda. Su presidente, Antonio Román, era un hombre hábil y atrevido. En Segunda no podían jugar extranjeros mayores de 26 años y él tenía casi diez más, pero el Levante tuvo mano en las altas esferas y pudo saltar la prohibición. Le fichó por un millón de pesetas el primer año (del que él tenía que pagar su liberación al VV Venlo) y 650.000 el segundo, condicionado al ascenso. Antes de hacerse oficial, Wilkes envió una carta a Casanova, para que no se enterara por fuera.

¡Al Levante! A los valencianistas no les sentó bien, pero muchos de ellos fueron, más o menos de tapadillo, al viejo Vallejo, a ver sus diabluras. Ya no jugaba en punta, sino como segundo delantero, pero aún era especial. Allí encontró un buen socio, Montejano, apodo futbolístico de Gómez Pintado, aquel aspirante a la presidencia del Madrid del eslogan Bueno para el Madrid. Montejano estaba cedido por el Madrid. Compartieron habitación. Montejano canalizaba el juego y se la echaba a Wilkes cuando le veía desmarcado y descansado, las dos cosas a la vez. Wilkes se lo agradecía.

Pero vivía entre dos amores. En marzo, el Valencia le invitó a participar en el partido de inauguración de la luz en Mestalla, contra el Stade Reims, y aceptó. Los levantinistas torcieron el gesto.

No se consiguió el ascenso directo. El Levante acabó segundo, tras el Elche. Él aportó 12 goles. Cayó el entrenador, Álvaro, con la plantilla en contra. Antonio Román propuso a Wilkes ser el entrenador en lo que quedaba, Copa y promoción. (El Elche había subido con la fórmula del gran veterano César como entrenador-jugador). En la Copa, contra el Zaragoza, la cosa no fue bien: el Levante perdió 3-0 en la ida, y aunque ganó 3-1 la vuelta no bastó. No jugó Wilkes. Los extranjeros no jugaban la Copa.

Lo importante era la promoción… y salió mal. En casa, con Wilkes de entrenador-jugador, el Levante pierde 1-2. Wilkes, muy marcado por Felo (que más adelante ficharía por el Madrid) no da una. El mismo Montejano me cuenta con dolor: “¡Hasta yo le grité! Hubo mucha leña y se inhibió”. La gente se fue enfadadísima. Encima, entre la ida y la vuelta de la promoción, jugó otro amistoso con el Valencia, contra el Inter. Fue el acabóse. A Las Palmas ni viajó. El entrenador ese día fue Agustín Dolz, un hombre de la casa. El partido acabó 1-1. Subió Las Palmas.

Ahí terminó su aventura en el Levante. Aún jugaría un último partido con el Valencia, contra el Nottingham Forest, homenaje compartido para él e Ignacio Eizaguirre. Jugó un año en el Levante, sí, pero seguía siendo del Valencia.

Él creyó que eso era compatible, pero no lo era.

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