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Una prórroga, un Vietnam

Gol de Thiago Silva en el Chelsea-PSG del miércoles. Ampliar foto
Gol de Thiago Silva en el Chelsea-PSG del miércoles. REUTERS

Cuando llega la prórroga el partido se eriza y se vuelve salvaje. Parece fútbol, pero es otra cosa. Si miras hacia el banquillo ves al entrenador ordenando con lirismo “si se mueven, mátalos”, al estilo de los western de Sam Peckinpah. De pronto, el campo está lleno de minas, apenas ocultas bajo un centímetro de césped, como le gusta a Xavi Hernández, y el juego resulta feroz, caótico y divertidísimo, igual que algunos entierros. Tal vez el reloj sugiera que todo acabará enseguida, pero en realidad empieza. Solo ahora, cuando el cansancio no le presta fuerzas al miedo, el futbolista se desata y juega como si al final del partido fuesen a cortarle la cabeza. A veces piensas que entre que acaba el tiempo reglamentario y arranca la prórroga, estaría bien permitir que los jugadores realizasen una llamada a casa, para despedirse. La prórroga equivale a Vietnam. Hay futbolistas, incluso equipos enteros, que nunca regresan. Quizá sea el caso del Chelsea, que tras tocar la gloria se olvidó de cerrar el puño, y en los últimos instantes el PSG se la arrebató.

La belleza feroz de la prórroga te succiona. No importa si no te interesa el fútbol

El fútbol descubre sus adjetivos preferidos, como vertical y febril, en esos minutos en los que se disputa con las corbatas en la frente y la camisa por fuera, y se arroja a la basura el orden táctico. En la efervescencia de la prórroga, te gusta lanzarte a la portería contraria con los ojos cerrados gritando “¡bomba!”, en recuerdo de las tardes de piscina. Qué sería del fútbol si de vez en cuando no lo interpretasen tipos, en la línea de Thiago Silva, sin miedo a morir. Gianni Rivera o Gerd Müller, que en México 70 inventaron una prórroga de cinco goles, escupían de lado si les mencionabas la muerte, con indiferencia otoñal.

En fútbol la muerte es algo serio, pero no hay que ponerla en los altares. Tuve un vecino que alegó lumbago para no acudir al funeral de su padre, e ir a Valencia a ver la final de Copa de 2011. Olió que habría prórroga, supongo, y que al fin Mourinho tumbaría a Pep Guardiola. En su defensa señaló que su padre habría hecho lo mismo si el fallecido fuese él. La muerte es la muerte, argumentó, pero “el fútbol es el fútbol”. Me pareció un razonamiento demoledor, con la fuerza del número pi. Me recordó a aquel fumador que, para explicar la pasión por el tabaco, enfatizó que una persona es solo una persona, pero “un cigarro... es fumar”.

Tuve un vecino que alegó lumbago para no acudir al funeral de su padre e ir a ver la final de Copa de 2011

La belleza feroz de la prórroga te succiona. No importa si no te interesa el fútbol. Quién ha dicho que una prórroga tenga que ver con el fútbol. Tonterías. Algunos días, como en el gol de Iniesta, o el de Thiago Silva, es la constatación de un milagro. Todo parece condenado a los penaltis —emocionantes, aunque pánfilos— y de repente oyes un silbido parecido a una bala, y un sombrero sale volando diez metros. Cuando te das cuenta, el portero rival recoge el balón de la red, desolado, como cuando se te cae la tortilla de la sartén, y tu equipo es campeón. Ante algo así, un entierro apenas significa un mísero agujero en la tierra. Después de varias prórrogas, con sus milagros, empiezas a sospechar que quizá mi vecino llevaba razón, y que al lado de una prórroga todo lo demás pierde sentido. Y más la muerte, aunque sea la de tu padre.

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