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Mundial de Motociclismo 2014

Los Márquez, gente corriente

Dos hermanos de Cervera y su amigo de la infancia son los nuevos campeones del mundo

Los españoles campeones del mundo: Tito Rabat, Marc Márquez y Àlex Márquez posan juntos, ayer, en el Circuito Ricardo Tormo de Cheste. Ampliar foto
Los españoles campeones del mundo: Tito Rabat, Marc Márquez y Àlex Márquez posan juntos, ayer, en el Circuito Ricardo Tormo de Cheste. EFE

Es la hora de comer en casa de los Márquez. Y Marc se escaquea de una de las pocas tareas domésticas que tiene asignada: poner la mesa. Àlex, el encargado de quitarla, tiene más trabajo desde hace unas semanas. Marc apenas puede moverse sin la ayuda de unas muletas. No ha empezado el Mundial y no sabe que el año que le espera va a ser, probablemente, uno de los mejores de sus vidas. Una temporada marcada no sólo por el dominio de los pilotos españoles, sino por el triunfo de una manera de hacer la cosas, por la internacionalización de una familia corriente rebosante de talento. Cuando se fracturó el peroné a finales de febrero practicando motocross a escasos kilómetros de su pueblo, no imaginaba lo que se le venía encima: sólo en sueños fantaseaba con ver a su hermano Àlex coronarse en Moto3 o a su amigo Rabat dominando en Moto2.

En Cervera, una pequeña localidad de menos de 10.000 habitantes en el interior de Cataluña, Marc Márquez, 21 años, el campeón de MotoGP más joven de la historia, es todavía el hijo de El Pichote, sobrenombre por el que se conoce a su padre, Julià. No es raro verles a él y a Àlex salir de casa ataviados con sus monos de ciclistas, casco incluido, dispuestos a cargar unos cuantos kilómetros sobre sus piernas. Compañeros de fatigas, lo mismo llenan la furgoneta y se van a alguno de los circuitos que tienen cerca de casa –en Rufea o Alcarràs– para practicar motocross o dirt track, que se echan un partidito de fútbol con sus respectivos mecánicos, a quienes cuidan como si fueran de la familia. Eso sí, siempre es el hermano mayor quien moviliza al pequeño. Seguidores del Barça, los hermanos Márquez, sin embargo, siempre pasaron más horas en los circuitos que en las canchas de fútbol. La culpa la tienen sus padres.

"Yo era un patata, iba muy lento, pero me divertía mucho”, ríe Àlex, que no tenía ambición

Julià y Roser, él de Cervera, ella de Bell-Lloc d'Urgell, se conocieron (y se gustaron) una noche en la discoteca Big Ben de Mollerusa, punto de encuentro en la comarca. Se hicieron socios del Moto Club Segre, en Bellpuig, y allí pasaban los fines de semana: ella hacía los bocadillos, él recogía las entradas para las carreras de motocross y enduro. Y el pequeño Marc, sentado sobre una bala de paja, no perdía detalle. Por eso, a los cuatro años, escribió una carta a los Reyes Magos y les pidió "una moto de gasolina, de las de hacer saltos". Y así comenzó: montado en una Yamaha PeeWee, de 50cc, rosa y blanca, a la que su padre tuvo que ponerle pequeñas ruedas a los lados pues entonces el niño ni siquiera sabía montar en bici. A los 13, confiesa Marc, ya sabía que quería ser profesional. Nada que ver con Àlex, que fue heredando las motos de su hermano mayor, y a quien nunca le obsesionó ganar –"Era un patata, iba muy lento, pero me divertía mucho", ríe. Su transitar por los circuitos siempre fue un juego de niños.

Incluso cuando entró en sus vidas Emilio Alzamora, campeón del mundo de 125cc, asiduo a los domingos moteros del Club Moto Segre. Ha guiado la carrera de los dos hermanos. Y ha visto cómo un niño al que le costó dar el estirón se ha convertido no sólo en el debutante más brillante de la historia de MotoGP, sino también en un piloto modelo que marca tendencia, rompe moldes y desborda carisma. Este domingo comprobó también que el relajo con el que el hermano pequeño afrontó siempre las carreras –resultado quizá de que nunca le presionaran los padres para definir su futuro como piloto profesional– es una de sus principales armas en la pista.

Otros tripletes

En 2010: Marc Márquez (Moto3), Toni Elías (Moto2) y Jorge Lorenzo (MotoGP).

En 2013: Maverick Viñales (Moto3), Pol Espargaró (Moto2) y Marc Marquez Moto GP).

Marc Márquez, a quien tuvieron que hacerle una moto a medida el año en el que debutó en el campeonato de España, pues solo pesaba 32 kilos, es hoy un jovencito musculado, dos veces campeón de MotoGP, que ya mide 1,70m. Y ha cumplido así con las previsiones de los médicos a los que visitaban sus padres, preocupados por su crecimiento. "Me tomaba todos los días un zumo de litro y medio: plátano, manzana, naranja...", recuerda él. De aquel handicap sacó un pilotaje fino y una trazada limpia. Y, también, la lección de que aprendía con cada accidente. "Volvía llorando, pero nunca le he visto con miedo tras una caída. Siempre quiere ir más rápido", rememora Jordi Castella, uno de los mecánicos de su equipo en MotoGP, que viste de Honda por expreso deseo del piloto.

Castella conoció a los Márquez cuando el mayor tenía 13 años y el pequeño diez. Los recogía del colegio cada miércoles, el único día de la semana que no había clases por la tarde, y comían en casa de la abuela Sole y el abuelo Ramon. Luego iban a entrenarse: Marc daba vueltas y más vueltas, buscando la perfección; Àlex, tres años menor, sólo se divertía. Jugaba a ser piloto, como ha estado jugando hasta hace dos años, cuando empezó a ser consciente de que tenía aptitudes para ser mucho más que la sombra de su hermano. "Algunos pensaban que tenia ventaja por apellidarse Márquez, creo que es al revés. Ha sentido más presión, todos le miran. Y me siento orgulloso de que esté construyendo su propia carrera", declaró ayer Marc.

Àlex, enjuto, nunca necesitó batidos de frutas para ganar talla. Para él, que a los 18 mide 1,80m, la altura fue un problema. Y antes que a dar gas tuvo que aprender a esconderse tras la cúpula de su moto para no perder en las rectas lo que ganaba en las curvas. Algo más holgazán que Marc y menos perfeccionista, Márquez junior, igualmente fino y con una agresividad contenida en el cuerpo a cuerpo, se jugó este domingo el título de Moto3 con Jack Miller en el circuito de Cheste y lo ganó porque tiene unos nervios de acero. Marc le ha enseñado en los últimos meses en Rufea a sacar los dientes en la pista, a utilizar su cuerpo para defender una posición, a buscar los espacios para meter rueda. Y lo mismo ha hecho el campeón con su amigo Rabat, a quien insufló una confianza que no tenía.

Han crecido. Pero han cambiado poco. Ayer, en Cheste, se hicieron una foto que les acompañará toda la vida: los tres campeones del mundo 

Fue en los circuitos de Cataluña donde los Márquez conocieron a Tito, tantas veces al ritmo de los dos hermanos de Cervera, tantos días en la pequeña caravana con la que Julià llevaba a sus niños a las carreras, tantas tardes alimentándose de los macarrones de Roser o desayunando "todas las guarradas del mundo: bollicaos, donuts y cacaolat", recuerda Marc.

Han crecido. Pero han cambiado poco. Ayer, en Cheste, se hicieron una foto que les acompañará toda la vida: los tres campeones del mundo frente al mismo objetivo, los tres amigos que se entrenan juntos en Rufea periódicamente celebrando no un título, sino tres. "Es un día increíble para mí y para mi familia. Estoy muy contento, más que cuando gané yo. Con mi hermano lo he vivido mucho. Y también estoy feliz por Tito, porque es uno más. Cuando nos conocimos yo tenía nueve añitos". Y siguen siendo buenos amigos. Tanto que ninguno teme a lo que pueda pasar el año que viene, cuando Tito y Àlex sean compañeros de equipo en Moto2.

Así son los Márquez, tan corrientes como sus vecinos de Cervera. Chicos sin aditivos, ni tatuajes. Que viven en el mismo adosado en el que se criaron con su padre, un conductor de excavadoras en paro, y su madre, administrativa de una empresa de construcción. Por allí aparece a veces Rabat, para completar la foto. Como ayer, cuando el curso, que empezó en febrero con una fractura y muchas horas de sofá, terminó en una discoteca de Valencia. No había toque de queda. Los campeones tienen hoy el día libre.

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