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El sueño de Bélgica duerme sus nacionalismos

Tras dos ausencias seguidas, los ‘diablos rojos’ buscan reeditar el Mundial del 86, cuando cayeron en semifinales ante Argentina

Eden Hazard controla un balón durante el Mundial. Ampliar foto
Eden Hazard controla un balón durante el Mundial. AP

Será la reedición de la semifinal del Mundial de México 86. Bélgica buscará ante Argentina colarse por primera vez en 28 años entre los cuatro mejores del mundo, algo inimaginable para un país de apenas 11 millones de habitantes —el segundo más pequeño de los ocho supervivientes, tras Costa Rica—, con solo 34 equipos profesionales e inscrito geográficamente en la confluencia de tres potencias futbolísticas —Alemania, Francia y Países Bajos, todas ellas cuartofinalistas—, y, sobre todo, batallará para seguir uniendo en un sentimiento a las tres principales comunidades en que se divide Bélgica: Valonia —francófona—, Flandes —donde prima el neerlandés— y Bruselas —oficialmente mixta pero dominada en la práctica por la lengua de Émile Zola—.

En una nación próspera pero deshecha por los nacionalismos, que ha sobrevivido a cinco cambios en la jefatura del Ejecutivo en los últimos seis años —incluido un año y medio sin Gobierno, récord absoluto en Europa— y que gana en inestabilidad política a la mismísima Italia, el fútbol y la monarquía se han erigido en los únicos lazos de unión entre sus ciudadanos. La mera clasificación para el Mundial llevó a las calles de Bruselas una inyección de ilusión por esta joven camada de jugadores —la edad media apenas sobrepasa los 26 años, frente a los más de 28 de Argentina, la selección más veterana—.

Abonado históricamente al contraataque, el combinado de Marc Wilmots emprendió en 2001 una profunda reconversión que les ha llevado a jugar un fútbol vistoso y dinámico que ha desatado una ola de respeto impensable en 2010, cuando ni siquiera lograron clasificarse para el Mundial de Sudáfrica. Era su segunda ausencia consecutiva de la máxima competición de selecciones.

Valonia, Flandes y Bruselas se han ilusionado con una joven camada de jugadores

El punto de inflexión fue doble. En 1998, al caer eliminado en la fase de grupos del Mundial de Francia, la realidad del pobre juego del combinado belga llevó a su cuerpo técnico a replantearse su estilo de juego. El tiempo apremiaba y, pese a tener identificado el problema —un sistema táctico y formativo obsoleto—, nada pudieron hacer para evitar la debacle que supuso la eliminación en la fase de grupos en el año 2000 en su Eurocopa, que coorganizó con Países Bajos, llevó a la federación a tomar dos decisiones cruciales: el nombramiento como director técnico de Michel Sablon, entrenador de amplio reconocimiento local y escasa relevancia internacional, y la construcción de una nueva ciudad deportiva en Tubize (a 25km de Bruselas).

La llegada de Sablon trajo consigo un cambio en la filosofía de juego de Bélgica. Apostó por el 4-3-3 como formación táctica base en todas las categorías inferiores y en la selección absoluta; firmó un convenio con la Universidad de Lovaina —la más prestigiosa del país— para analizar al milímetro la evolución jóvenes talentos belgas y fijó el desarrollo futbolístico de los chavales como objetivo fundamental de la preparación, otorgándole prioridad sobre las victorias. Casualidad o no, el plantel de convocados por Bélgica para la cita brasileña puede preciarse de ser el que más universitarios tiene en sus filas: Nicolas Lombaerts, Simon Mignolet y Vincent Kompany.

Los belgas siguen teniendo la organización por seña de identidad —solo han encajado dos goles en lo que va de campeonato—, pero han añadido registros a su juego. Con claro dominio de los jugadores de la Premier —12 de sus 23 mundialistas juegan en la liga inglesa—, los belgas han conseguido nutrir su juego de los mejores atributos del fútbol británico (verticalidad, velocidad y agresividad) sin olvidarse de su vocación defensiva. Eden Hazard y Dries Mertens, punzantes y privilegiados técnicamente, son los encargados de generar fútbol y, para el gol, Wilmots ha conseguido suplir la baja por lesión de Christian Benteke, por una exitosa rotación entre Romelu Lukaku y el semidesconocido Divock Origi.

Fue crucial el nombramiento como director técnico de Michel Sablon, entrenador de amplio reconocimiento local y escasa relevancia internacional

Pero, por encima de cualquier máxima futbolística, la selección ha logrado un imposible en la pequeña y fragmentada Bélgica. Desde su debut frente a Argelia, el país se ha volcado con su selección, celebrando sus victorias como si alzasen la Copa del Mundo cada cuatro días. Para contribuir a la cohesión interna del grupo y dar muestra de su diversidad al conjunto de la población, la federación cuida al máximo los pequeños gestos, detalles mínimos que pasarían desapercibidos en cualquier otra nación pero que en Bélgica se convierten en centrales: Wilmots es bilingüe, sus ayudantes también manejan el francés y el neerlandés con soltura y el equilibrio entre valones y flamencos se mantiene también en el plantel.

Las banderas nacionales —que presiden desde principios de junio los balcones de Bruselas, Amberes y Gante— y las primeras páginas de los principales diarios del país —en las que la selección se erige en principal protagonista los días de partido y los que no—, son las señales más evidentes de la esperanza creada en torno a sus 23 mundialistas que, en su mayoría no habían nacido la última vez que Bélgica se coló entre las cuatro mejores selecciones del planeta. Aquel 25 de junio de 1986, el combinado belga liderado por Pfaff, Gerets y Scifo quedó apeado por la Argentina de Maradona, luego campeona del Mundo.

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