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Robben y las golondrinas

Estás en racha, eres feliz y uno de los grandes del fútbol moderno, pero también eres conflictivo y hombre no siempre fácil

Robben celebra un gol a México. Ampliar foto
Robben celebra un gol a México. Getty

Robben, estás en racha, eres listo, tienes carácter. No puedes negar que la diosa Fortuna te ha agregado a su constelación de protegidos. Lo cual no puede sorprender a quienes siguen de cerca los acontecimientos de la Bundesliga, donde tu estrella es hoy por hoy una de las más brillantes.

Estás a un paso, no ya de convertirte en uno de los grandes del fútbol moderno, cosa que ya eres, sino de que lo sepa y lo reconozca todo el mundo. Brasil no es país de montes, pero me da que te tiene reservada una cima.

A veces me pregunto qué piensa la dirección deportiva del Real Madrid cuando te ve meter o propiciar goles decisivos y levantar copas y trofeos. Me acuerdo entonces de aquella doliente canción de Luz Casal, que decía: “Yo te dejé marchar después de la última noche”.

Te lo preguntan a menudo en las entrevistas. El año pasado, también este, poco antes de enfrentarte con el Bayern Múnich en la Liga de Campeones a tu viejo equipo blanco, donde estuviste dos años y del que te marchaste, dicen, para compensar los gastos del fichaje de Ronaldo y Kaká. Respondes sin resquemor, con dientes complacidos, y yo lo entiendo, puesto que respondes desde una posición de hombre afortunado. Ya sólo faltaría que te lamentases de ser feliz.

Y eres, sí, feliz, además de futbolista conflictivo y hombre no siempre fácil, aunque últimamente el éxito te está sosegando. Te llevas bien con cualquier entrenador a condición de que te dé la titularidad. Porque sentarte a ti en el banquillo de los suplentes es como obligar a un tigre a calzarse sandalias. Esto no lo ha cantado Luz Casal, pero quién sabe si lo lee y al día siguiente le inspira una canción.

Tengo por seguro que ya le has costado a Guardiola una o dos cenas de restaurante para hablar en privado. Aquel enfurruñamiento que tuviste a la vista del público porque no te permitió tirar un penalti en un partido de la Bundesliga ya no se volvió a repetir. Algo hablasteis, que os conozco. Desde entonces no has parado de sonreír y eres titular indiscutible, y parece como que gozas de autorización para saltarte un poquillo a la torera las directrices tácticas guardiolescas.

Me cuentan que nunca habías estado tan en forma como ahora. Todos los años te lesionas, pero esta última temporada no te ha ido mal. El portero del Augsburgo te dejó la rodilla hecha un chorizo. Nada, un desgarrón feo de ver (el cámara no tuvo en cuenta que a esas horas los telespectadores solemos estar cenando) y curable sin más consecuencias que una cicatriz.

Te tienen contadas hasta 64 carreras a toda pastilla durante el partido del otro día contra España. Y hay que reconocer que eres rápido. Nadie lo diría al verte caminar con ese meneíllo que recuerda un tanto a Chiquito de la Calzada. En cambio, cuando te arrancas a correr, se diría que conduces una moto invisible.

Te cuidas, trabajas duro, planeas con un especialista las sesiones de entrenamiento. El equipo médico del Bayern, que es uno de los más competentes que existen en el sistema solar, ha consentido en la incorporación del osteópata holandés que te atiende y te asesora. No todo han de ser carreras de caballo, coraje y ambición. Conviene desempeñarse con cabeza y trazarse un plan, especialmente cuando las piernas, los tobillos y las rodillas de uno, como es tu caso, ya han cumplido los 30.

A veces me pregunto qué piensa la dirección deportiva del Real Madrid cuando te ve meter o propiciar goles decisivos y levantar copas y trofeos

A mí me admira verte meter una y otra vez el mismo gol de futbolín. Parábamos la bola con la figurita del extremo y, de un impulso subitáneo, se la pasábamos a la del centro, que hacía un quiebro y, zas, gol. ¿No están avisadas las defensas? ¿No les muestran vídeos? A veces lo haces tú todo: paras el balón, corres hacia el interior del campo en paralelo a la línea de portería y, en cuanto ves el hueco, chutas con o sin efecto, a ser posible con el pie izquierdo; pero, si no hay más remedio, también con el derecho. Y en última instancia le pasas el balón a un compañero para que se encargue él de hacer el gol. Últimamente estás menos acaparador y más solidario.

Tu otra especialidad son las golondrinas. En alemán, Schwalben. Este concepto usual en la Bundesliga equivale al rudo y antipoético piscinazo del periodismo deportivo español. Con él se designa una acción fraudulenta, encaminada a engañar al árbitro, que practicas con frecuencia poco edificante. El nombre de la jugada es anterior a ti; de otro modo habría que pensar en pájaros más grandes.

Te he visto hacer bastantes, no siempre con astucia. A menudo el árbitro juna el engaño. No es improbable que te muestre por ello la tarjeta. Pero, ¿qué quieres que te diga? A veces la golondrina funciona, logras tu objetivo y el equipo se beneficia. ¿Constituye esto un problema moral? Bueno, quizá sí y por eso medio pediste el lunes pasado perdón. En Holanda no van a dejar de adorarte por ello. En México lo vas a tener más difícil.

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