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COLUMNA

El grito homofóbico

El "¡Puto!" de México es una pequeña coreografía que exige de coordinación y ritmo

Aficionados mexicanos en el partido contra Brasil.
Aficionados mexicanos en el partido contra Brasil. EFE

La FIFA retiró su amenaza de sanción contra la Federación Mexicana de Futbol en relación con el grito de “¡Puto!” que la afición de ese país dirige en los partidos del Mundial contra el portero del equipo adversario, cuando éste se dispone a ejecutar un saque de meta. Como se sabe, el motivo de la posible sanción era la supuesta agresión homofóbica que encerraba ese grito. La FIFA anunció que iniciaría una “investigación” y al parecer no encontró suficientemente denigratorio el vocablo “puto”. Lo más probable es que la rica polisemia de esa palabra los mareó y decidieron dejar las cosas como estaban.

Por mi parte quisiera llamar la atención sobre los gestos que enmarcan ese grito. Mientras el portero toma impulso, los aficionados extienden sus brazos hacia adelante, sacudiendo las manos como chamanes que invocan un espíritu, al tiempo que emiten un “Eeeeeeee” in crescendo, al final del cual, en coincidencia con la patada de despeje del portero rival, viene la atronadora exclamación de “¡Puuutooooo!”.

No se trata de un simple grito lanzado desde las gradas, sino de una pequeña coreografía que exige, como toda coreografía, un mínimo de coordinación y de ritmo. Sobre todo durante el “¡Eeeeeeee!” in crescendo se crea una conexión entre los que gritan y el portero rival, ya que de éste y de nadie más depende la duración de esa exclamación prolongada. Así, aunque sea durante unos pocos instantes, la multitud se subordina a la voluntad del portero y depende de sus movimientos. Imaginemos qué debe sentir ese portero al tener en vilo a cincuenta mil gargantas.

¿Qué pasaría si decidiera engañar a esos cincuenta mil en su contra y, en el último momento, con una finta digna de Pirlo, se frenara de golpe y no pateara la pelota, para luego cruzarse de brazos y mirar hacia las tribunas con un gesto de burla? ¿Cómo reaccionaría la gente? Estoy seguro de que se reiría a carcajadas, tomándolo como una contra-broma. Porque de eso se trata, de una broma, de una coreografía, de una fulminante puesta teatral, y es en este contexto lúdico en el que se grita la palabra “puto”. Lo que ha hecho la FIFA para lanzar su acusación de agresión homofóbica es aislar esa palabra de su contexto, de la escenografía colectiva con la cual, al igual que con la célebre ola, la multitud estelariza su propio espectáculo. No es ningún misterio que de un tiempo para acá la multitud ha descubierto que la multitud es divertida y hay cada vez más personas que asisten a los estadios para disfrutar del escenario y no del juego, del marco multicolor que rodea a la justa deportiva, más que de la justa deportiva misma. Un grito colectivo, por más grosero que sea, si es parte de una performance, no puede tomarse como una ofensa.

Distinto es el caso de tirarle un plátano a un futbolista negro para recordarle que se parece a un mono. Ahí no hay performance, ni escenario, ni conexión con el otro. El gesto genial de Dani Alves, que recogió el plátano que le tiraron de la tribuna y se lo comió, nos ganó a todos porque recuperó la broma perdida, restableció el juego que el triste lanzamiento desde la tribuna había matado. Dani Alves ignoró el plátano como símbolo de denigración y lo transformó en una fruta suculenta. Hizo triunfar el sentido común, que es la base del sentido del humor.

Ese mismo sentido del humor que le faltó a la FIFA, desde que anunció pomposamente que iniciaría una “investigación” sobre el asunto del término “puto”. ¡Madre mía! Me gustaría saber qué clase de investigación fue esa y a quiénes comisionaron para realizarla. ¿Se consultaron diccionarios para desentrañar el último matiz de la palabra bajo acusación? ¿Se contó con la ayuda de lingüistas y expertos en cultura popular? ¿Se entrevistaron vía telefónica a mexicanos de todos los estratos sociales y preferencias sexuales para configurar el uso preciso de esa expresión en nuestro país? Me imagino a unos pobres tipos trabajando hasta altas horas de la noche, alimentándose de sándwiches y café, apremiados para elaborar a la mayor brevedad un reporte exhaustivo sobre el asunto. Como suele ocurrir con los reportes de esta clase, seguramente incluyeron al final unas recomendaciones, en las cuales probablemente sugirieron reemplazar la palabra “puto” por expresiones de más genuino aliento deportivo, del tipo “¡Vamos!”, “Anotemos!”, o de plano “¡Goooool!”, aunque en esa zona de la cancha sea algo francamente inconcebible.

Igual que ha pasado con la ola mexicana, el “¡E-Putoooo!”dará la vuelta al mundo y, personalmente, le deseo larga vida. Al contrario de muchos de mis colegas, no me parece una estupidez. Tiene gracia eso de conectarse con el portero rival, de subordinarse a sus movimientos, de querer espantarlo con un grito atronador que es mitad susto y mitad jolgorio. Y sueño con el genial coreógrafo que logre un día fusionar el “¡E-Putoooo!” con la ola. Ese día sólo echaremos uno que otro vistazo a los partidos que, dicho entre nosotros, son cada vez más aburridos.

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