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“Garrincha driblaba por placer”

Su biógrafo, Ruy Castro, cree que la mayoría de sus anécdotas fueron inventadas

Garricha, con la Copa del Mundo de Chile 1962. Ampliar foto
Garricha, con la Copa del Mundo de Chile 1962. Getty

A poco más de 50 kilómetros de Río de Janeiro, camino de la concentración brasileña en Teresópolis, un desvío de la autopista conduce hasta Pau Grande, el pueblo que vio nacer en 1933 a Mané Garrincha, El ángel de las piernas torcidas, el diablo que convirtió el regate en el arte de hacer reír a las gradas.

La carretera se estrecha y sus arcenes rezuman vida. Abundan los coloridos puestos de frutas, algunos carros tirados aún por mulas y numerosas bicicletas que transitan en dirección contraria con una soltura libertaria que ignora cualquier norma de circulación. Las chinelas (chanclas) de los viandantes repican con pausa sobre la calzada marcando los tiempos de una existencia en la que el estrés parece estar por inventarse. La poblada y agitada antesala del cementerio en el que reposan los restos de La estrella solitaria, título de la impactante biografía que escribió Ruy Castro, da paso al silencio que inunda otro angosto y empedrado camino que serpentea hasta las faldas de la Sierra de la Raíz.

“Aquí descansa Mané Garrincha, la alegría del pueblo”, se lee en la lápida de su tumba

“Un jugador de la categoría de Garrincha no precisa de explicaciones para escribir un libro. Lo que me interesaba era entender por qué un hombre tan exitoso y querido —nadie lo fue más en Brasil entre 1958 y 1962 con los dos Mundiales ganados— fue destruido por el alcoholismo. Las personas tienden a pensar que los alcohólicos son perdedores, pero Garrincha siempre bebió mucho, y desde que era joven. Era un ganador que fue destruido por el alcoholismo”, explica Ruy Castro.

La formación montañosa da nombre al campo santo de Pau Grande. El anonimato de la lápida obliga a una búsqueda imposible entre calles empinadas de sepulturas. Un enterrador que cava en la parte alta de la desvencijada necrópolis se ofrece a mostrar el lugar en el que reposan los restos de aquel extremo que bailaba con el balón. “Cuando no tenía que jugar le gustaba venir aquí y hacer lo de siempre, beber y cazar pájaros. Tenía buena puntería”, rememora, pala en mano y el torso desnudo, el operario, que también asegura haber sido novio de una sobrina suya. “Aquí descansa Mané Garrincha, la alegría del pueblo”, se lee sobre la alargada piedra blanca. Unos metros más arriba, un pequeño mausoleo le homenajea. En la parte superior, alguien ha depositado la figurita de un ángel. La inscripción apenas puede descifrarse.

“Era inculto, pero inteligente para escapar de las concentraciones”

“De vez en cuando vienen turistas, sobre todo europeos, pero durante el Mundial nadie ha venido a visitar la tumba”, apunta el enterrador. En Pau Grande, un bar bautizado Mané Garrincha, es el principal lugar de reunión de sus habitantes para seguir los partidos de Brasil. “Cerveza, samba, pagoda y mujeres bonitas, todo al estilo Mané”, advierte un hostelero que ofrece pescado y camarones en un chiringo a la entrada del pueblo. Allí aun residen tres hijas de las ocho que tuvo con Irma, su primera mujer.

Garrincha con sus hijas. ampliar foto
Garrincha con sus hijas. Getty

La vida de Garrincha está sobrepasada por su propia leyenda en la que se entremezclan su promiscuidad, tuvo 13 hijos, el alcohol y fútbol. “Durante tres años de trabajo en mi libro, me preocupé de averiguar el origen de las anécdotas que rodeaban su vida y casi ninguna de ellas sucedió. Fueron invenciones de periodistas que eran amigos suyos para hacerlo parecer más genuino. Una de esas historias falsas fue la de llamar a todos sus marcadores Joao”, matiza Ruy Castro sobre ese sobrenombre que decían le ponía a todos los defensas que le marcaban porque los driblaba a todos por igual. “Nunca hizo eso y odiaba esa historia porque hacía que sus marcadores se emplearan con más violencia para no convertirse en un Joao más”, prosigue Castro.

“Mané”, le recuerda Pepe, ex delantero del Santos de Pelé y campeón del mundo en el 58, “fue un driblador excepcional, pura fantasía. Las piernas torcidas le permitían hacer esos regates”. “En una gira por Alemania compró una radio por 40 dólares y Américo, el masajista, le dijo que solo hablaban en alemán, que para qué la había comprado. Américo se la compró luego por 20 dólares. Así era él, sencillo, inocente. El pueblo le amó, pero las autoridades brasileñas le abandonaron”, abunda Pepe. “Era inculto, pero inteligente para ciertas cosas como escapar de las concentraciones y salir para beber o hacer el amor”, le describe el autor de La estrella solitaria, que a lo largo de las más de 100 entrevistas que hizo para escribir la obra se encontró con “un hombre bueno, incapaz de hacer daño a nadie, solo a sí mismo”.

Separado de Irma, su romance con la cantante de samba y jazz Elza Soares fue todo un acontecimiento en el Brasil. En el Mundial de Chile, con Pelé lesionado, Garrincha jugó como nunca. Los puristas dicen que él, entonces, y Maradona en México 86 han sido los únicos jugadores en ganar una Copa del Mundo por sí solos. Se decía que, en Chile, Garrincha jugó para su nueva musa. “Puede ser, pero él jugaba principalmente para sí mismo, driblar contrarios era su verdadero placer”, sugiere Castro de un hombre que tenía un lema que le resumía: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí”.

 

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