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Y el cuento se acabó

Al Barça le faltan los valores rojiblancos: humildad, presión y sentido de equipo

Martino, cabizbajo durante el partido.
Martino, cabizbajo durante el partido. JAVIER SORIANO / AFP

Hay partidos diseñados para una explosión de alegría, pocos como el de Stamford Bridge, cuando un gol de Iniesta llevó al Barcelona hasta la final de Roma. Los miles de aficionados azulgranas cargaron en el último minuto la pierna del volante manchego en su tiro al marco de Cech. No había dudas sobre el equipo, los futbolistas ni el entrenador, porque el barcelonismo soplaba entonces en la misma dirección y la pelota no se movía del campo del Chelsea.

Y se dan también encuentros en que el fracaso se adivina, días donde se manifiestan de una vez y sin reservas, de manera cruel y en un marco solemne, los males incubados en las jornadas laborables, errores disimulados ante rivales y torneos menores. Los azulgrana han ido perdiendo detalles poco a poco, sin que los futbolistas y los técnicos se quisieran dar cuenta, hasta quedar desnudos ayer en el escaparate de la Champions. Nadie dio nunca un duro por el Barça con 1-0 en el marcador del Vicente Calderón a diferencia de la noche de Londres. El partido acabó sin Iniesta en el campo, con Messi dimitido y Neymar peinando de nuevo el cuero con el flequillo, síntoma de derrota, señal de dimisión, prueba inequívoca de decadencia después de la goleada ya encajada el año pasado con el Bayern. No escarmientan los azulgrana ni aprenden a corregirse en la cancha y en el banquillo por más que rote la plantilla. El famoso traje de los cuatro centrocampistas se reveló finalmente tan inocuo como la apuesta por los dos extremos, frágiles como los zagueros, muestra de lo poco trabajado y desgastado que está el equipo con Martino.

El ridículo del Barça fue mayúsculo, víctima de su propio desafío, esclavo de una bravata ridícula si se atiende al fútbol desplegado ayer en el Manzanares. Hablaron los azulgrana de valentía en la previa, de dominar el marcador más que de controlar el juego, de alcanzar la portería contraria con el remate y no con el pase, de marcar el 0-1 para cambiar el guion del Atlético. El plan propio de un equipo pequeño que todavía se supone grande, consecuente con su condición de seis veces consecutivas semifinalista de la Copa de Europa y no con su última eliminación europea, propio del que cuenta con la figura de Messi y no con el ausente Messi.

El famoso traje de los cuatro centrocampistas se reveló finalmente tan inocuo como la apuesta por los dos extremos, frágiles como los zagueros, muestra de lo poco trabajado y desgastado que está el equipo con Martino

La afrenta resultó ser pura comedia, un chasco, sometidos como quedaron los barcelonistas nada más sacar de centro y tomar la bola el Atlético. No hubo más equipo que el rojiblanco, excelso en la presión, intenso en el despliegue, siempre enfocado hacia el marco del Barça, más reconocible que nunca, incluso sin Diego Costa ni Arda Turan. Algunos azulgrana advirtieron en el Atlético la reencarnación del Bayern. Los delanteros de Simeone no paraban de rematar a gol y a los palos de Pinto, que se dio media vuelta hacia su marco con la pelota, como si se hubiera espantando, ya vencido por Koke. Inalcanzable para Alba, Raúl García ganaba la pelota, Villa quebraba el espinazo de los centrales y no había zaguero que detectara a Adrián.

No había quien agarrara el cuero en el Barcelona, ni siquiera Busquets, reincidente en las pérdidas, incapaz de contener la marabunta del Atlético. Las pelotas divididas, las primeras y segundas jugadas, el juego pertenecía exclusivamente al grupo de Simeone. La zaga azulgrana era una broma y de nada le sirvió a Alves encontrar una vez a Messi. No tenía el Barça finura ni velocidad de pelota, requisitos indispensables para combatir al Atlético, superior física y tácticamente, excelente desde el punto de vista ofensivo, solo desafortunado en el tiro. Al primoroso ejercicio en ataque le siguió después una a exhibición en defensa del Atlético. Las llegadas del Barça fueron mínimas, reducido como quedó por un rival que pronto retomó el mando. Los azulgrana se repiten en la victoria y en la derrota, en el 4-4-2 y el 4-3-3, que son fáciles de descifrar para Simeone. Martino empieza por quitar a Cesc y acaba por poner a Alexis y/o Pedro. Ayer apostó por ambos y le dio por quitar a Iniesta, prueba de rendición.

El partido de ayer estaba pintado para la gloria del Atlético y la miseria de un Barça falto de fútbol, de jugadas y de figuras, necesitado precisamente de los valores rojiblancos: la humildad, la presión y el sentido de equipo, que nada tienen que ver con la autogestión ni la complacencia. Vestido de luto y caducado el Barça en Europa, el club primaveral es ahora el Atlético. Uno juega al pie, como los veteranos, y el otro al espacio, como los juveniles.

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