Eusébio, un símbolo del fútbol universal

Portugal llora la muerte de un mito que llevó a la cima al Benfica y a la selección en los sesenta

Eusébio lleva el balón ante el milanista Trapattoni, en la final de la Copa de Europa de 1963.
Eusébio lleva el balón ante el milanista Trapattoni, en la final de la Copa de Europa de 1963.getty

A las tres y media de la mañana, de una parada cardio-respiratoria, murió este domingo en Lisboa el mítico futbolista del Benfica y de la selección portuguesa Eusébio da Silva Ferreira, conocido, como los grandes, por el nombre propio: Eusébio. La noticia de su muerte conmocionó por entero al país por encima de los amantes del fútbol (casi todos en Portugal, por otra parte), ya que Eusébio se había convertido hacía ya mucho tiempo en algo más que un extraordinario futbolista, comparable a Pelé o a Di Stéfano: era parte de la mejor memoria y de la mitología de un pueblo.

De hecho, muy pronto por la mañana, pocas horas después de que su muerte se hiciera pública, ya había flores y bufandas rojas al pie de la estatua que le muestra rematando a gol en el Estádio da Luz, en Lisboa. Poco después, el Gobierno declaraba tres días de luto nacional, el primer ministro, Pedro Passos Coelho, emitía un comunicado de pésame y el presidente de la República, Aníbal Cavaco Silva, le recordaba en un discurso.

Eusébio nació en 1942, en Lourenço Marques (hoy Maputo) en Mozambique, en el seno de una familia pobre. A los 15 años jugaba en un club llamado Los Brasileños Fútbol Club. Pero a los 19, en mayo de 1961 (después de que su madre interfiriera para que no fichara por el Sporting de Lisboa), ya jugaba en un Benfica que por entonces comenzaba a tutear a los grandes en la Copa de Europa. La Pantera Negra, como le apodó un periodista inglés, logró que su club se convirtiera en uno de ellos durante la gloriosa etapa de los sesenta. Con Eusébio, el Benfica participó en cuatro finales de la Copa de Europa, ganando dos de ellas, una al inabordable Real Madrid de Di Stéfano, el ídolo del futbolista portugués, en la campaña 61-62, en el Olímpico de Ámsterdam (5-3, tres goles de Puskas y dos de Eusébio); y un año antes al Barcelona, un 3-2 en Berna, la final de los palos.

Los futbolistas de la Selección de Fútbol de Portugal Torres y Eusebio, durante el Campeonato Mundial de Inglaterra 1966.
Los futbolistas de la Selección de Fútbol de Portugal Torres y Eusebio, durante el Campeonato Mundial de Inglaterra 1966.

Pero fue en el Mundial de 1966 de Inglaterra donde Eusébio alcanzó eso que pocos logran: tocar la gloria. Ocurrió en un partido que recuerdan todos los portugueses mayores de 50 años. Corrían los cuartos de final y Corea del Norte se colocó 3-0 en el minuto 25. Era la primera vez que Portugal participaba en un Campeonato del Mundo y muchos intuyeron que el camino de regreso a casa estaba cerca. No Eusébio, que le dijo a su compañero António Simoes que no se preocupase, porque iban a pasar. Dos minutos después marcaba el primero de los cuatro que iba a lograr esa tarde y de los cinco que conseguiría la selección y que llevaron a Portugal al triunfo y al éxtasis. Después el equipo embarrancaría en las semifinales. Con todo, Eusébio, fue elegido mejor jugador de ese campeonato. Marcó nueve goles en seis partidos. Anotó 44 tantos en 66 participaciones con la selección.

Consiguió dos Botas de Oro (1968 y 1973) y el Balón de Oro en 1965. Ganó 11 campeonatos de Liga con el Benfica. Con este equipo marcó 596 goles en 557 partidos. Fue operado seis veces de la rodilla izquierda. Jugó muchas veces lesionado. Los expertos recordaban su velocidad, su capacidad meteórica para internarse en el área enemiga y su explosivo remate con la pierna derecha. Las televisiones portuguesas emitían desde este domingo ininterrumpidamente esas mismas internadas en blanco y negro que terminan siempre en un golazo. Sus amigos prefieren advertir que, además, era un tipo franco, simpático, generoso y humilde, con la salud muy debilitada en los últimos años, pero empeñado en agarrarse fuertemente a la vida (“como el campeón que fue”).

El dictador Salazar prohibió que le fichara el Inter de Milán cuando estaba en la cima de su carrera y de sus aptitudes a fin de impedir que el símbolo del fútbol portugués defendiera otros colores que no fueran los de la selección o los clubes lusos. Lo recordaba el jugador (que llamaba al dictador “el padrino”) en una entrevista publicada hace dos años en el semanario Expresso. Supo sobrevivir convertido en mito a varios regímenes políticos. En esa misma entrevista, tras asegurar que la crisis también le afectaba, a la pregunta de quién era el culpable de la agonía económica del país, respondía, despejando a córner: “Mi política es el balón”.

El aluvión mediático que sacude Portugal demuestra que ha muerto alguien más que un gran jugador de fútbol. El músico de rock António Manuel Ribeiro lo supo definir en la televisión nacional: “Fue nuestro héroe. En un país en que no había héroes”.

Sobre la firma

Antonio Jiménez Barca

Es reportero de EL PAÍS y escritor. Fue corresponsal en París, Lisboa y São Paulo. También subdirector de Fin de semana. Ha escrito dos novelas, 'Deudas pendientes' (Premio Novela Negra de Gijón), y 'La botella del náufrago', y un libro de no ficción ('Así fue la dictadura'), firmado junto a su compañero y amigo Pablo Ordaz.

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