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Mundial de fúlbol Brasil 2014

El fútbol y la ‘españolía’

La inminente convocatoria de Diego Costa evoca las experiencias de otros nacionalizados como Rubén Cano, Donato o Senna

Rubén Cano, tras la victoria, gracias a un gol suyo, de España ante Yugoslavia en Belgrado, en 1977, que valió el pase al Mundial de 1978.
Rubén Cano, tras la victoria, gracias a un gol suyo, de España ante Yugoslavia en Belgrado, en 1977, que valió el pase al Mundial de 1978.

La inminente convocatoria de Diego Costa para jugar con la selección española, retrasada por cuestiones burocráticas que hoy mismo la federación intentará agilizar ante la FIFA, ha desatado un debate de tintes nacionalistas en los aledaños del mundillo del fútbol. Costa, nacido en Brasil, está, para ciertos puristas, invalidado espiritualmente para ponerse la camiseta roja. La reacción no es nueva. Pero es mucho más insólita que la vieja historia de la nacionalización de futbolistas nacidos fuera del país para incorporarlos al equipo de España, cuya génesis se remonta a los años 20, y que incluye a ilustres como Di Stéfano, Puskas y Kubala.

El exseleccionador Luis Aragonés, que impulsó el uso de La Roja como grito de guerra deportivo y mercantil, y que cultivaba lo que él denominaba “españolía” entre sus hombres, cree que el jaleo sobre la presunta falta de “españolía” de Costa es retórico y absurdo. “La cuestión del amor a unos colores no es cuestión ni del seleccionador ni de la selección”, afirma Luis. “Es cuestión del jugador. De dónde quiere estar. El jugador siente los colores nada más ponerse la camiseta de un equipo o de una selección. Siente los colores porque lo que desea es jugar lo mejor posible. En el caso de Senna, que nació en Brasil, él estaba deseando jugar con España. Cuando más sufrió es cuando dejaron de llamarle. La patria de un futbolista es la camiseta que viste. Ellos lo quieren hacer bien de motu proprio. ¡Este debate es imposible de descifrar! ¡Un futbolista cuando sale al campo es como un torero cuando sale a una plaza! ¿Qué de dónde son? ¡Solo quieren salir a hombros! Está por encima de todo esto. Los debates nacionalistas se producen fuera del fútbol porque dentro del fútbol no tiene sentido. Tú no llamas a un jugador porque sea más o menos español. Lo llamas porque desea estar en tu equipo”.

Luis Aragonés: “La patria de un futbolista es la camiseta que viste”

El defensa argentino Mariano Pernía tenía 29 años cuando lo llamó Luis para ir al Mundial de Alemania en 2006. “Sonó el teléfono de madrugada”, recuerda. “Estaba en Argentina de vacaciones, durmiendo. Me felicitó por el año que había hecho con el Getafe y me preguntó si quería formar parte de la selección. Recuerdo que le dije que sí de inmediato y se lo agradecí, y, típico de Luis, me hizo saber que no le tenía que agradecer nada porque me lo había ganado. El mismo día me fui a España y me uní al grupo. Fui con algunas dudas, con un poco de miedo a sentirme apartado, pero el recibimiento del grupo, de los aficionados y de la prensa fue excelente. El primero en recibirme fue Raúl, que me presentó a todos los compañeros. Me hicieron sentir uno más. Los equipos de fútbol son así. Si aportas algo humanamente, si pones al grupo por delante de tus propios intereses, los compañeros te tratan como si te conocieran de toda la vida en todos los países. Y si no lo haces, el grupo te rechaza aunque compartas lugar de nacimiento”.

Entre los mejores recuerdos de Donato Gama da Silva, nacido en Río en 1962, se encuentra su debut con España en Sevilla. “Aquel partido contra Dinamarca en 1994”, dice, “fue una cosa que jamás olvidaré. Ganamos 3-0, fui uno de los mejores en el campo, y después del partido la afición del Pizjuán me ovacionó coreando mi nombre: ‘¡Donato, Donato, Donato…!’ El cariño de los españoles fue asombroso. Seguramente si hubiera debutado con Brasil la gente no me habría recibido con tanto afecto. Ahí habría sido uno más. Yo nunca vi una ovación a un jugador de selección como la que me dedicaron a mí ese día. Para mí jugar con España fue la decisión más acertada que tomé en mi vida. Claro que a mí me habría gustado jugar con Brasil. Pero con la selección española abrí una puerta a otros brasileños, para que puedan defender la camiseta de otros países”.

Donato fue el primer brasileño nacionalizado español que jugó con la selección. Le siguieron Catanha y Senna. Tal vez el siguiente sea Diego Costa, con quien Rubén Cano se siente identificado. “Mi situación es igual a la de Diego”, observa, “con la salvedad de que cuando yo me decidí a jugar por España la selección no estaba clasificada para el Mundial del 78. Un Mundial es lo máximo para todo futbolista”.

Donato: “Con la selección española abrí una puerta a otros brasileños”

“Me nacionalicé en 1974, cuatro meses después de llegar a jugar al Elche”, recuerda Cano, que luego marcó una época como delantero del Atlético. “Mi padre era español, nacido en Almería, en el pueblito de Purchena. Tuve una charla informal con gente de la federación argentina pero nunca se comprometieron. España me citó y me pareció que si yo estaba jugando en España era más honrado y más justo ir con España”.

El destino quiso que Cano marcara el gol que le dio la clasificación mundialista a España. “Lo que más recuerdo es el partido contra Yugoslavia en Belgrado”, dice. “Ese 0-1 con un gol mío. Fue la revancha, porque España había perdido la clasificación del Mundial 74 en Alemania y había perdido la de México 70 contra Yugoslavia. En el 77 fue una batalla campal. Le dieron un botellazo a Juanito, lesionaron a Pirri, marqué...”

Cano recuerda con un dejo de amargura su tránsito final por el equipo. “En ese momento”, dice, “no había tanta pasión en toda España con la selección. Iba poca gente a ver los partidos. Había muchas comunidades en donde la gente estaba contra la selección. El regionalismo deportivo estaba muy exacerbado y se trasladaba al equipo. Yo lo sentí en carne propia. En Salamanca todo el estadio me gritaba: ‘¡Indios fuera!’ No era xenofobia. Era desprecio deportivo, porque yo era del Atlético. Como vi que esto se acentuaba, después del Mundial de 1978 le pedí a Kubala que no me llamara más. En 1979 los españoles no se tomaban tan en serio a su selección. Recuerdo partidos en Madrid a los que iban cuatro gatos locos”.

De Luyk y Dujshebaev a Zivanevskaia y ‘Juanito’

Robert Álvarez | Barcelona.

La historia de nacionalizados españoles es antigua en varios deportes, además del fútbol. La llegada de Clifford Luyk y Wayne Brabender marcó un antes y un después en el baloncesto. Luyk, nacido en Siracusa (Estado de Nueva York), renunció a la nacionalidad estadounidense y disputó su primer torneo con España en 1966. Brabender, nacido en Montevideo (Minnesota), se nacionalizó en 1969 gracias a una legislación que reconocía los méritos deportivos contraídos. La contribución de ambos fue capital, especialmente la de Luyk, que medía 2,03 metros, hizo famoso su gancho y fue uno de los grandes pívots de la selección, plata en el Europeo de 1973. Más adelante pasaron por ella otros nacionalizados como Sibilio, De la Cruz, Biriukov, Mike Smith, Rogers, Kornegay e Ibaka. La FIBA admite uno por selección. Muchas cuentan con nacionalizados a la carta que apenas han estado en su país de acogida o no hablan su idioma. Los ejemplos, en el último Eurobasket, son: McCalebb (Macedonia), Draper (Croacia), Jeter (Ucrania), Diener (Italia) o Hickman (Georgia), tras la estela de los estadounidenses Robert Holden y Rebecca Hammon con Rusia. La selección española femenina cuenta con Sancho Lyttle, jugadora de San Vicente y las Granadinas, nacionalizada por carta de naturaleza. Su aportación ha sido esencial en el bronce en el Mundial de 2010 y el oro en el Eurobasket de 2013.

En el waterpolo, fue capital para España el concurso de nacionalizados como Iván Pérez o Perrone, como lo han sido para el balonmano los de Dujshebaev, Uríos, Xepkin o Sterbik, para la natación los de David y Martin López Zubero y Zivanevskaia, para el atletismo los de Myers, Lino, Montalvo, Alozie o Quiñonez, para la esgrima el de Chappé, para el tenis de mesa el de Juanito He Zi Wen, para el fútbol sala los de Fernandao, Alemao, Paulo Roberto y Ferreira... El caso del esquí es atípico. El alemán Johann Muehlegg, nacionalizado en 1999, fue tratado con todos los honores hasta que dio positivo y desposeído de sus tres medallas de oro en los Juegos de 2002. Muchos países aprovechan el filón para contar con deportistas nacionalizados de élite, caso, sobre todo, de Francia, Israel y, en los últimos tiempos, Catar.

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