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Columna
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El otro Neymar

Neymar, durante el partido contra el Ajax.
Neymar, durante el partido contra el Ajax.David Ramos (Getty )

Definitivamente, me gusta Neymar. Creo que el día que abandone su excesiva admiración a Messi y ocupe el terreno de juego sin perfilarse siempre en busca del crack argentino, ese día, nos dará alegrías definitivas. Neymar es un jugador completísimo. El gol de falta de Messi al Ajax también lo podría haber metido Neymar si hubiera decidido hacerlo sin el permiso de aquél. Es un gran lanzador de faltas y un no menos eficaz lanzador de centros, como el que posibilitó el cabezazo a la red de Gerard Piqué.

Pero a mí ahora me interesa subrayar otra virtud en el jugador brasileño. Su condición de fajador, no menos importante que su privilegiada visión de juego y su artístico método para encarar porterías. Creo que ya está demostrado que Neymar es y será el delantero más zancadilleado, golpeado y pateado de la liga española. Y creo que él también ya lo sabe. Lo sabe tanto que ni se preocupa por esquivar los guadañazos de que es víctima. A veces da la impresión de que los provoca, cuando encara o cuando ya tiene en su mente el túnel o el regate acrobático que infligirá al defensa.

Me sorprende esa capacidad para encajar la agresión, ese don para metabolizar la furia vengativa del defensa agraviado por su delicadeza balompédica. Neymar cae varias veces en un partido y en lugar de quejarse (como lo hace con sistemático aspaviento Cristiano Ronaldo), se levanta sin rechistar. Neymar está programado para hacer daño al contrario con la pelota y sabe que la única manera de pararlo es hacerle daño a él sin ella.

Siento una especial admiración por la gente sufrida, por los fajadores. Neymar reúne en su figura una rara condición que le permite asimilar toda la lluvia de faltas que se urdan contra sus piernas. Hay algo elástico en sus huesos, una ligereza en sus caídas que hace que parezca que antes de caer al césped ya esté levantado para proseguir su camino al gol o a la asistencia mortífera. Un artista y un fajador en una sola persona. ¡Qué lujo!

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