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Un heroico Nadal vence a un irreductible Djokovic

El español gana en cinco sets (6-4,3-6, 6-1, 6-7 y 9-7) al serbio y jugará la final en París contra David Ferrer

Rafa Nadal, durante el partido ante Djokovic. Ampliar foto
Rafa Nadal, durante el partido ante Djokovic. AFP

Esto es historia viva, leyenda conjugada en presente, un monumento a la superación en la vida. Rafael Nadal jugará la final de Roland Garros tras tumbar 6-4, 3-6, 6-1, 6-7 y 9-7 a Novak Djokovic, el número uno, tenista de siete vidas, competidor irreductible, uno que rompe el saque del español cuando saca por el duelo (6-4, 3-6, 6-1 y 6-5); que se adelanta con break en la quinta manga; y que siempre tiene garras y tiros con los que agarrase al encuentro. Gane o pierda la final, que disputará el domingo contra el ganador del Ferrer-Tsonga, Nadal ya es el campeón del deseo, ya tiene la Copa que le reconoce como rey de lo imposible: luchará por convertirse en el primer hombre que gana ocho veces un grande y nueve cursos seguidos un título del Grand Slam; y tras volver en febrero de una lesión de siete meses, habrá jugado el partido decisivo de todos los torneos que ha disputado (nueve, ganando seis) y podrá presumir de haber vuelto a derrotar al mejor tenista del planeta, Djokovic el temible.

Esta es una batalla como la de la final del Abierto de Australia 2012, como la del partido decisivo de Roland Garros del mismo año, un clásico del tenis y del deporte, un concentrado único de fuerza, talento, clase y épica. Los dos contrarios llenan de llamas su partido, esto es un incendio, un terremoto, un partido de cataclismo en cataclismo. Al mallorquín le favorece el día caluroso, que acuna su efecto liftado, y que esta es su pista, que París es su reino. A Nole, su impresionante capacidad al resto, que pilla casi siempre a pie cambiado al mallorquín, y su ira, su violenta respuesta, cuando el marcador le dice adiós, chao, está todo perdido, nos vemos en la próxima. El número uno recupera breaks de desventaja en la segunda y la cuarta manga. Logra uno a su favor en la quinta y parece que nunca va a soltarlo, por mucho que Nadal le apriete, por mucho que Nadal lo intente, lo busque y lo quiera. Niega una bola de break con 0-1. Otra con 3-4. En ese juego toca la red y concede una segunda, que neutraliza. Sin embargo, ahí que sigue Nadal, tenista que nunca desespera. Llega la tercera, y el español iguala el duelo.

Es 4-4 en la quinta manga, cuatro horas de batalla que dejan a los dos contrincantes agotados, rotos por dentro y por fuera y sin ventaja para ninguno. El partido ya no es de tenis. Esto es un pulso de voluntades, una lucha de deseos, campeón contra campeón en un día eterno. Nole aprieta de lo lindo. Juega convencido. Se topa con Nadal. Extendido por segunda vez en su carrera hasta las cinco mangas en París, el número cuatro mundial gana con menos piernas que antes, aprovechando que en su cabeza hay un diamante y en su raqueta dinamita.

Gane o pierda el domingo, Nadal ya es el campeón del deseo, ya tiene la Copa que le reconoce como rey de lo imposible

Durante casi toda la tarde, Nole no tiene respuesta para eso. Los sets que se apunta Nadal son limpios y claros, fruto de su gran trabajo para neutralizar las virtudes del serbio. El revés paralelo del número uno acaba destruido, el cruzado es irrelevante. Nadal construye su asalto a derechazos y con alto ritmo.

Y sin embargo, este es el número uno, el rey, el mejor del mundo. Djokovic construye su vuelta al partido desde el resto. Sin esfuerzo aparente, empieza a devolver los saques de Nadal con tiros que se posan en las líneas. Sus gestos técnicos, pies rápidos y muñeca fina, son maravillosos. Al aderezar eso con algunos pelotazos antológicos, el número uno remonta. Del 4-6, 2-3 y saque de Nadal, Djokovic pasa a ganar la segunda manga (4-6 y 6-3, le propina un 4-0 al español). Pega. Ruge. Castiga el segundo saque del mallorquín, que pasa de sumar el 67% de esos peloteos en la primera manga a solo llevarse el 36% en la segunda. Nunca se rinde, no saca bandera blanca Es un Djokovic de dos caras, espléndido a ratos, desdibujado en una tercera manga para el olvido. Ocurre que Nadal siempre está de ocho y que Djokovic fluctúa entre el 5 y el 10. La media debe llevar al español a la victoria, pero en los momentos decisivos, sobre todo cuando saca por el partido (6-5 de la cuarta manga) y en el desempate, se topa con un espejo, con otro Nadal, un tipo irreductible, Djokovic el terrorífico. El serbio da un paso adelante y Nadal, pasadas ya las 3h30m de partido, parece no poder seguirle.

Y, sin embargo, este es el heptacampeón, el dueño de Roland Garros, el titán más grande que jamás ha visto la tierra. Nadal se niega a perder. Su banquillo se llena de puños. Su garganta de gritos. Su brazo de celebraciones en búsqueda de las emociones que lancen su remontada en el quinto. “¡Tranquilo!”, le gritan al número cuatro los suyos. “¡Qué bonito! ¡Qué bonito!”, le animan gargantas españolas desde la grada. “¡Rafa! ¡Rafa!”, grita el gentío, los mismos que antes decían “¡Nole! ¡Nole!”, porque tremendo está siendo el partido.

Igualada la quinta manga (4-4), Djokovic no entiende por qué está en este sitio. El partido ya debía ser suyo. La victoria parecía cosa hecha. Se suceden los juegos de tanteo. Nadal saca el garfio, recupera pelotas imposibles, y Nole, como en la semifinal de los Juegos de Pekín 2008, empieza a fallar remates que llevan su nombre escrito. El español buscará el domingo su 12º grande, 8º Roland Garros, y convertirse en el primer tenista en la historia que consigue ganar grandes nueve cursos seguidos. Esos son los números. La pista, la cancha, el cuadrilátero que ha visto sus victorias, sus derrotas y sus sufrimientos, sus sonrisas y sus lágrimas, dice otra cosa: como este tenista español no hay ni habrá ninguno.

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