Golpe de estado de Dimitrov

El búlgaro deja mudo a Djokovic, 7-6, 6-7 y 6-3 en un partido vibrante y en el que el público silbó en varios momentos al número uno

Dimitrov devuelve la bola durante el partido con Djokovic
Dimitrov devuelve la bola durante el partido con DjokovicAlberto Martín (EFE)

Cuando cae el telón, Grigor Dimitrov emerge victorioso (7-6, 6-7 y 6-3 en 3h 05m) frente a Novak Djokovic en un partido para fuertes. Silba la grada al número uno. Se golpea Nole el pecho con la raqueta mientras el público alienta a su contrario (“¡Dimitrov! ¡Dimitrov!”). El búlgaro no se amedrenta frente a la carga del mejor tenista del planeta. Sobrevive con tiros rebosantes de talento a los zarpazos del rey del tenis y a su propia mala cabeza: pierde el saque cuando sirve para abrochar la primera manga; cede break de ventaja en la segunda; y concede dos pelotas de rotura en la tercera cuando ya va por delante. Es Dimitrov contra sí mismo y Dimitrov contra una fiera, Nole, que se grita a sí mismo por las esquinas mientras se duele de un tobillo. Finalmente, el búlgaro levanta los brazos entre calambres, con Djokovic asfixiado por sus tiros, reverberantes de grandeza. Bajo los focos que iluminan la noche de Madrid se produce un golpe de estado.

Tras la final de Montecarlo (en la que derrotó a Rafael Nadal), no me entrené durante 12 días por mis problemas en el tobillo (...) Todo el mérito es de mi oponente Novak Djokovic

“Tras la final de Montecarlo (en la que derrotó a Rafael Nadal), no toqué la raqueta durante 12 días. No sabía si vendría o no a Madrid por mis problemas en el tobillo”, dice luego Djokovic, que siente dolores en la articulación desde los cuartos de la Copa Davis, que Serbia ganó a los Estados Unidos. “Todo el mérito de la victoria es de mi oponente. No me preparé bien. No quiero buscar excusas”, añade. ¿Y el público?, le preguntan sobre el gentío, que durante el duelo aplaude sus errores, celebra los aciertos de su contrario y le abuchea cuando pide la intervención del juez árbitro en las pelotas dudosas. “Eligen a quién apoyar, es todo lo que puedo decir”, se despide Nole, lejos siempre de su mejor versión y enfrentado por momentos a la mejor de Dimitrov.

No siempre, claro. Los fantasmas que habitan en la cabeza del búlgaro rugen con fanfarrias tenebrosas cuando saca para ganar la primera manga: igual que en Indian Wells 2013 contra el serbio, y que en Miami contra Andy Murray, cede su servicio cuando sirve para ponerle su sello. La vida, sin embargo, es un proceso de aprendizaje y el número 28 es un alumno aventajado.

Djokovic se duele del tobillo durante el segundo set.
Djokovic se duele del tobillo durante el segundo set.DOMINIQUE FAGET (AFP)

De derecha a derecha, Nole no puede. La pelota del búlgaro le quema, devora los segundos que él necesita para armar su golpe, le hace perder la iniciativa. Igual que ocurre con Roger Federer, el tenista a cuya imagen y semejanza se ha modelado Dimitrov, el revés debe ser el golpe más débil de tan espléndido repertorio, ahí tiene que estar la diana, el camino por el que ganar los puntos, piensa Nole. Pero no. El búlgaro se monta sobre la pelota, aguanta las acometidas del serbio y revienta la bola cuando los intercambios acaban en su derecha. Tiene tacto, fuerza y decisión. Eso no deja a su contrario otra solución que la de la épica y el orgullo, la de lanzarse por el encuentro, porque en la estrategia no encuentra soluciones ni respuestas hay en la táctica. En la noche de Madrid, mientras en los descansos suena Jamiroquai por los altavoces, Dimitrov juega demasiado bien como para que el número uno pueda ganarle solo con la raqueta.

Los dos contrarios resbalan en la arcilla mientras cae el frío de la noche. La humedad de la tierra dificulta los agarres y les coloca en posiciones extremas. Contorsionados, hablan las muñecas. Todos conocen la de Djokovic, el número uno del mundo. En la central de Madrid, Dimitrov presenta la suya al planeta consiguiendo la victoria más prestigiosa de su carrera. Una cosa queda clara: cuando Nole tira con todo, Baby Federer tiene el suficiente tacto como para devolverle hasta sus pelotas más pesadas. El suyo es un ejercicio brillante al que solo le resta un saque tembloroso con el marcador en ventaja.

Llegados a la tercera manga, Nole cree que su momento ha llegado. Dimitrov se agarra las piernas, acalambrado tras terminar de madrugada su partido de la víspera. Está tieso. Al serbio, sin embargo, tampoco le sobran las fuerzas, y entrega su primer servicio del parcial. Ya nada puede evitar el triunfo de Dimitrov, el número 28 mundial, de 21 años. Ya no hay ejército que detenga el golpe de estado. Ya se despide el mejor del mundo, que venía de destronar a Rafael Nadal sobre la tierra de Montecarlo y se va silbado. A la espera de la prueba de los cinco sets de los grandes, que medirá esas piernas con tendencia a los calambres, la victoria de Dimitrov es como un grito: aquí estoy, poco a poco voy llegando.

Sobre la firma

Juan José Mateo

Es redactor de la sección de Madrid y está especializado en información política. Trabaja en el EL PAÍS desde 2005. Es licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo por la Escuela UAM / EL PAÍS.

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