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Capítulo 100 del ‘folletín Tour’

Sobre las cenizas de Armstrong, desposeído de sus siete coronas, la carrera presenta hoy una centenaria edición de folleto turístico

Carlos Arribas
Armstrong, en septiembre de 2010.
Armstrong, en septiembre de 2010.LUCAS JACKSON (reuters)

Como así lo habría querido el mejor guionista, la bruma espesa que envuelve el viaje en tren desde Ginebra, donde se consumó la tragedia de Armstrong, vuela al llegar a París, donde luce el sol cálido, donde espera el Tour, donde puede leerse, en Le Monde: “El éxito del Tour no se apagará nunca: las audiencias son buenas, crónicas y reportajes pululan en los periódicos en julio, los ayuntamientos se pegan por conseguir etapas… Desde 1998, desde el caso Festina, el Tour ha sobrevivido a numerosos terremotos. La caída de Armstrong es el último episodio del magnífico folletín que es el Tour de Francia. ¿Revolución? ¿Qué revolución?”.

Las palabras, la desesperanza sobre un posible cambio en el ciclismo, las pronuncia en una entrevista Patrice Clere, que fue presidente de ASO, la empresa propietaria del Tour, durante los años Armstrong, que forzó un pulso insólito con la Unión Ciclista Internacional (UCI) por el control del ciclismo y la lucha contra los excesos —suya, fue, por ejemplo, la decisión de que Contador no pudiera correr el Tour de 2008 por estar en el Astana, el último vetado por motivos éticos— y que se tuvo que ir en agosto de 2008 cuando la familia Amaury, los dueños de ASO, sellaron la paz con la UCI bajo los auspicios de Jacques Rogge, el presidente del Comité Olímpico Internacional.

El estadounidense ya ha borrado de su Twitter toda referencia a sus victorias francesas

Sobre las cenizas de Armstrong —reducida su huella en la carrera que dominó durante siete años hasta apoderarse de ella en casi todos los sentidos, su peripecia en la inmensa novela-río que nunca terminará de escribirse, a un cráter en el palmarés, siete años en blanco que se pueden contabilizar como las 11 ediciones no celebradas desde la primera, en 1903, por culpa de las guerras—, como si nada hubiera pasado, el Tour alcanzará hoy su capítulo 100, la presentación del recorrido número 100.

En París no se habla del sol negro, la metáfora de Libération para referirse a Armstrong, ni de sombras oscuras, sino de luz, paisajes y castillos polvorientos del patrimonio artístico. El Tour para tan señalada edición, la de 2013, promete un recorrido digno de un documental televisivo en alta definición, de bellezas naturales para quitar el hipo: salida de Córcega (el único departamento que quedaba por tocar), la bien llamada isla de la belleza, sus playas y sus riscos; ascensión al Mont Ventoux, tan terrible y fotogénico; doble subida al Alpe d’Huez, la ascensión más icónica de los Alpes; etapas en Versalles, en Saint Malo y en el Mont Saint Michel, que tanto gusta a los turistas británicos.

Al ciclista que quiso tanto al Tour que llegó incluso a estar a un tris de comprarle la carrera a la familia Amaury, el asunto ya no le interesa lo más mínimo

Las lenguas de los chicos del pelotón, tan modositos, tan silentes a la hora de tomar posiciones respecto al caso Armstrong, la persona, el campeón, el sistema y su época —todo lo más, como Contador, han propugnado un olvido del pasado, asunto de arqueólogos en todo caso, y un pensar en el futuro, sin más— volverán a soltarse para hablar como futbolistas: hablarán de si el recorrido les gusta o no, de si hay mucha montaña o excesiva contrarreloj, de si habrá espectáculo o eso se queda para la Vuelta a España, de si será el Tour de Froome, el que dejó ganar a Wiggins en 2012, de si Wiggins participará o no, de si Andy Schleck podrá andar sin su hermano… Hablará Contador y se hablará de él, que regresa al Tour después de su ausencia obligada en 2012, de cómo se notó que no estuviera este julio para haberle dado caña a Wiggins en las montañas. Estará también Evans, el campeón de 2011. Estarán en París los cuatro ganadores que quedan en activo de las 57 personas (58 hasta el lunes) que pueden decir que han ganado el Tour alguna vez. Será el pack completo: paisajes, figuras, tradiciones.

Y todo ello parece que a Lance Armstrong más bien le importa poco. Al ciclista que quiso tanto al Tour que llegó incluso a estar a un tris de comprarle la carrera a la familia Amaury —y hasta habló con el expresidente de la UCI, Hein Verbruggen, para hacerlo a medias— el asunto ya no le interesa lo más mínimo. Eso dicen sus amigos —“a diferencia de otros, que se aferran y al menos simbólicamente se considerarían ganadores en su situación, Lance es diferente, no va a recurrir al Tribunal Arbitral del Deporte, no va a pelear para que le devuelvan lo que ganó: ha dado un paso adelante y ya está pensando en otras cosas”, cuenta uno de sus próximos—, y eso hace ver él, Lance, quien en su perfil de Twitter, la biografía que él mismo escribe de sí mismo, ha borrado ya toda referencia a su condición de ganador de siete Tours de Francia, la carrera por cuya victoria lo arriesgó todo hasta perder.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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